Manual del perfecto político

Oscar Pérez de la Fuente

Universidad Carlos III de Madrid

https://orcid.org/0000-0002-3708-846X

Resumen

El texto inaugura una serie de reflexiones sobre “manuales” entendidos, según la RAE, como compendios de lo esencial de una materia. El primero es el Manual del perfecto político (1991) del periodista y escritor José de Cora, obra humorística e irónica cuyos fragmentos se comentan. Se subraya que elegir colaboradores es una decisión decisiva: conviene rodearse de los mejores, incluso superiores al líder, pero con una virtud irrenunciable, la lealtad a valores y personas. Se relativiza la inteligencia como requisito único para la política, recordando que han gobernado tanto incapaces como sabios, y se distinguen estilos: desde el ideal platónico o erasmista hasta el maquiavélico, y entre quienes muestran empatía ciudadana y quienes buscan perpetuarse en el poder. Se defiende la sutileza —aprendible y necesaria para cuidar las formas— y se matiza la exigencia contemporánea de brevedad, reclamando espacios de deliberación. La provocación solo se justificaría si abre un debate valioso. También se aconseja aprender de las críticas, separando las destructivas de las constructivas, y se describe el aislamiento tras el cese, útil para reconocer amistades por interés. Por último, se cuestiona la idea de “triunfar siempre” por seguir en política y se reivindican límites temporales, rendición de cuentas y selección de los mejores.

Palabras clave: aprendizaje, dimisión, política, rendición de cuentas, sutileza, virtudes

Con este post, vamos a iniciar una serie dedicada a manuales, como un motivo para reflexionar sobre las dimensiones prácticas en determinados ámbitos.  Una de las acepciones de la voz “manual” en la Real Academia Española es «libro en que se compendia lo más sustancial de una materia».

Empezamos con el Manual del perfecto político. José de Cora Paradela, nacido en Lugo en 1951, es un destacado escritor y periodista español. A lo largo de su carrera, ha trabajado en diversos medios de comunicación, incluyendo agencias de noticias, periódicos, revistas, radio, cine y televisión.  En 1991, José de Cora publicó la obra Manual del perfecto político en la editorial Espasa Calpe, donde con humor e ironía gallega comenta aspectos de la actualidad con elementos más generales de reflexión. Algunos fragmentos de este libro serán comentados a continuación con el estilo de Estrategia Minerva. 

De cómo elegir a los colaboradores

“Si tiene posibilidad de ello, cada vez que acepte en su círculo de trabajo a un nuevo colaborador, estará ante una de las decisiones más importantes de su vida. De ahí que es conveniente no meter la pata, porque de la misma forma que una elección correcta puede ser una victoria anticipada, otra errónea sería equivalente a una derrota de antemano”  (Cora, 1991, 23).

El mejor consejo para formar un equipo es rodearse de los mejores, aunque sean  mejores que el jefe, pero siempre que tengan como virtud la lealtad. Los equipos han de basarse en la calidad y , como condición para participar de los asuntos públicos, deben tener la lealtad a unos valores y personas.

De cómo la inteligencia no es imprescindible 

“Tiene la práctica política tal mejunje de componentes que sería de todo punto estúpido pensar que el hombre más inteligente es también el mejor dotado para su ejercicio. Indocumentados, acémilas y hasta oligofrénicos han ocupado los más altos cargos políticos sin desmerecer: de la misma forma que sabios e ilustrados cometieron tantas barbaridades que dirían ser obra de seres inferiores” (Cora, 1991, 53). 

Hay diversos modos de inteligencia política. En la Historia de las Ideas se suele contrastar al Filósofo Rey de Platón, con las virtudes del buen príncipe cristiano de Erasmo de Rotterdam, con la hipocresía, sagacidad y fortaleza promocionadas por Maquiavelo. En la vida pública, se suelen distinguir a los políticos que saben mostrar inteligencia emocional hacia los ciudadanos y aquellos cuya máxima de actuación es mantenerse en el poder. 

De cómo ser sutil

“La dosificación de la sutileza, sabiendo cuándo debe usarse a chorro o distribuida a en un cuentagotas, es, querido príncipe, una enseñanza reservada la experiencia. Solo ella le informará sobre las dotes que le adornan en este apartado; pues la sutileza, como la estatura, se recibe sin intervención nuestra y únicamente mediante una complicada operación es posible modificar la cantidad de una y la longitud de la otra” (José de Cora, Manual del perfecto político).

 No estamos de acuerdo con José de Cora aquí.  Por un lado, la sutileza es encomiable para todo servidor público. Y debería serlo también para los políticos. No es necesario ofender y sí cuidar las formas, mejor hacer pensar en los temas de fondo. Además, y más relevante, la sutileza se pode aprender, no es innata. Es una virtud de la retórica que se puede adquirir y para la que es necesario ser entrenado. 

De cómo abreviar

“Las enseñanzas de Baltasar Gracián contra los planteamientos farragosos y a favor de la brevedad en las exposiciones son oro molido para un político con aspiraciones. Las frases que sobreviven a un autor y las que con mayor éxito calen en la opinión pública han de ser cortas y concentradas, como el café negro” (Cora, 1991, 62). 

Se decía que había dos tipos de discursos: los largos y los buenos. Actualmente con las redes sociales estamos abocados a la brevedad, al titular, a resumir el pensamiento en 140 caracteres. Los políticos entran en esta dinámica y ofrecen ruedas de prensa, donde los periodistas “pescan” titulares. Brevedad, quizá sí, pero demos espacio a la reflexión serena, la deliberación, el intercambio fructífero de opiniones, persuadir y ser persuadido, en fin…una opinión pública.

De cómo provocar

“Uno de los aspectos de la personalidad de Evita Perón que más llamaba la atención de los políticos extranjeros que la conocían, era su gusto por provocar y escandalizar al interlocutor de turno sin otro fin que su satisfacción personal al ver los rostros de sorpresa que sus salidas ocasionaban”  (Cora, 1991, 77). 

Cabría plantearse aquí: provocar ¿para qué? Si lo único que se busca es llamar la atención, parecería ser otra forma de manipulación. Si la provocación tiene un objetivo positivo y promueve un debate “libre y desinhibido” sobre alguna materia, habitualmente lejos de los focos, podría justificarse para ese caso.  

De cómo aceptar las críticas 

“Si ha decidido zambullirse en las aguas de la administración pública, le convendrá tener presente algo tan elemental como el agua para el pez por muy bien que usted lo haga, por muchos quintales de inteligencia que le distingan del resto de administrados, por muchos éxitos que adornen su gestión siempre existirán personas que la critiquen, que no se sientan identificados con su forma de proceder y que lo pondrán a caldo, al margen por supuesto de sus enemigos políticos naturales, esos que se sientan con usted en el Parlamento” (Cora, 1991, 90). 

Se suele distinguir entre críticas destructivas -basadas en ataques negativos, que suelen incluir los personales- y críticas constructivas -donde se hacen propuestas de mejora-. Las segundas son las más interesantes y las primeras suelen aportar poco. 

Los políticos suelen distinguir entre los adversarios políticos y los compañeros de partido, siendo las relaciones con los últimos mucho más difíciles. Algo que en la época de la Transición, resumió Pío Cabanillas cuando dijo: ”¡Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros!”

De cómo comportarse ante el cese 

“El político que llega a ocupar un cargo público, como es el que le espera a usted si nada se le atraviesa en su camino, ha de saber conjugar estos tres verbos: cesar dimitir o marchar pues inexorablemente uno de ellos va a poner fin a su contacto directo con el poder” (Cora, 1991, 164). 

Cuando un político cesa en su cargo público, deja de sonar su teléfono. Todos aquellos que le felicitaron por su nombramiento se evaporan y se comunican con él solo unos pocos cercanos. Buena oportunidad para leer la obra Etica a Nicomaco de Aristóteles, donde realiza la distinción de los amigos por afinidad y por interés.

De cómo mantener grandeza ante la derrota 

“Si ha decidido emprender el tortuoso camino de la política debe saber desde el primer momento que el fracaso no existe, salvo que abandone esa actividad por causas de fuerza mayor o por propia voluntad. Mientras esté en ella, la misma política le protegerá de cualquier duda sobre su condición de ganador o derrotado. Usted triunfa siempre porque el gerundio “estando” es sinónimo de “venciendo”. Estando en política basta y sobra”  (Cora, 1991, 173). 

No nos gusta este planteamiento aquí de José de Cora.  Por desgracia parece abundar el político cuyo único objetivo es mantenerse en el poder. Y políticos cuya única experiencia laboral es la política. Una sociedad ha de saber encontrar mecanismos para elegir a los mejores para los puestos de responsabilidad pública. Y es un buen principio general que estas responsabilidades sean temporalmente limitadas. Es bueno saber irse de los asuntos públicos, ejercer una buena rendición de cuentas y ser premiado o castigado por la gestión de la cosa pública.

Bibliografía

Cora, José de (1991), Manual del perfecto político, Madrid: Espasa Calpe.

Domingo de Soto, sobre la Justicia y el Derecho

Oscar Pérez de la Fuente

Universidad Carlos III de Madrid

https://orcid.org/0000-0002-3708-846X

Abstract

Este trabajo presenta una lectura comentada de pasajes del Tratado de la Justicia y el Derecho de Domingo de Soto (1495–1560), figura central de la Escuela de Salamanca, con el propósito de vincular sus tesis sobre ley, virtud y juicio con debates contemporáneos de filosofía del derecho. A partir de la idea sotoana de que el efecto principal de la ley es “hacer buenos” a los súbditos mediante la práctica de las virtudes, se analiza la tensión entre (i) la neutralidad estatal ante concepciones de vida buena, asociada a tradiciones liberales, y (ii) la defensa de virtudes cívicas como condición de posibilidad de la cohesión democrática. En segundo lugar, se examina su preferencia por la prudencia judicial y la “justicia animada” frente a la ley “sorda y muda”, situándola frente al ideal moderno del gobierno de las leyes y a discusiones actuales sobre reglas y principios, casos difíciles y derrotabilidad normativa. Finalmente, se conecta este horizonte con el renovado interés por la virtue jurisprudence, que propone evaluar la decisión jurídica atendiendo a hábitos de excelencia (templanza, fortaleza, honestidad) en quienes aplican el derecho. El texto adopta un formato de comentario breve, inspirado en la Estrategia Minerva, orientado a clarificar problemas y contrastar posiciones.

Palabras clave: neutralidad estatal, virtudes cívicas, prudencia, Virtue Jurisprudence.

Domingo de Soto nació en Segovia en 1495 y murió en Salamanca en 1560. Fue un religioso dominico, teólogo, jurista y catedrático de Teología y Filosofía en la Universidad de Salamanca. Se formó en la Universidad de Alcalá, amplió estudios en la Universidad de París. Participó en el Concilio de Trento y fue confesor real del emperador Carlos V.  Formó parte de la Escuela de Salamanca, junto a Francisco de Vitoria, entre otros. Tuvo un papel en la controversia de Valladolid entre Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda. 

A continuación, se comentarán fragmentos de la obra de Domingo de Soto. Sobre Tratado de la Justicia y el Derecho, al estilo de Estrategia Minerva 

“El efecto de la ley, que principalmente debe mirar el legislador, es hacer buenos a sus súbditos, por medio de la cual bondad consigan el fin humano, que es nuestra felicidad. Esta conclusión se deduce fácilmente de la decisión de la cuestión superior. Porque el fin de la ley es el bien común, en que consiste nuestra bienaventuranza: es así que nada la consigue sino por el ejercicio de las virtudes, que hacen bueno al que las tiene: tanto más cuando (como dice el Filósofo) la felicidad de este mundo está en la práctica de las virtudes: luego es efecto de la ley hacer a los hombres diligentes y probos” (Soto,  1922, 44).

Las virtudes son hábitos y disposiciones morales que se vinculan con un modelo de excelencia, asociado a una práctica. Si se actúa virtuosamente -repitiendo estos hábitos-, uno se convierte en virtuoso. Esta es una ética que moldea el carácter. Y aquí habría dos enfoques. El primero que sostendría que no es tarea del gobierno imponer modelos de vida buena y se resalta la célebre distinción entre teorías de la justicia -ética pública- y concepciones del bien -ética privada-. El segundo, tiene varias versiones, la clásica aristotélica -que inspira a Domingo de Soto- y una versión más actualizada, que haría compatible la promoción estatal de las virtudes, con el respeto de la autonomía individual y el pluralismo de valores, en la línea que defiende Joseph Raz en Morality of freedom (1988).

“Porque nuestra conclusión es que la ley hace a los hombres buenos, y este raciocinio solo saca que los hace buenos súbditos, lo que es menos. Porque Aristóteles distingue al buen ciudadano del hombre bueno. Un ciudadano se llama bueno si es buen súbdito, esto es, obediente al mandato de la ley; pero el hombre bueno tiene algo más de probidad. Porque, comoquiera que la ley civil permita muchas cosas impunemente, puede uno obedecer las leyes, y, sin embargo, ser malo a saber, avaro, fornicario, etcétera, como antes reaccionábamos. Luego no es bastante que la ley haga buenos súbditos para que haga a los hombres simplemente buenos” (Soto, 1922, 45-46).

Si el argumento de la exclusión de ideales y la neutralidad estatal suele defenderse habitualmente desde la perspectiva liberal, cabe plantearse ¿pueden imponerse por el Estado las virtudes cívicas? Parece que la república de los egoístas/atomistas no es suficiente para el cemento de la sociedad y la educación de estos valores cívicos tiene un papel destacado. Sin embargo, algunos autores, como Sandel, han destacado en justificar el papel de las virtudes cívicas para afianzar las sociedades democráticas. Otros siguen en el argumento de la neutralidad estatal.

“Aunque la razón humana pudiese ser una regla cierta de nuestras acciones, sería mucho mejor gobernada la República por la viva voz de los hombres que por las leyes escritas. Por tanto, siendo juez (como dice Aristóteles), la justicia animada, más fácilmente y con más congruencia, sacudiría a él que la ley sorda y muda. Porque, versando las acciones sobre el uso de cosas particulares, la ley humana no puede proveer a todo, y considerar todas las circunstancias singulares, como lo haría el juez con su prudencia” (Soto, 1922, 108).

Aquí se sigue la influencia aristotélica en una especie de distopía particularista, una especie de triunfo de la tópica, la viva voz de los hombres en vez de leyes escritas. El mundo del Derecho es perfectible, pero tiene cualidades indudables. Es una característica del Estado de Derecho, que éste se rige por el gobierno de las leyes, no de los hombres. Fue un gran avance desde el Antiguo Régimen. El sistema jurídico se compone de leyes generales y abstractas. Se da un gran debate doctrinal sobre si las normas, ya sean reglas o principios, deben tener el antecedente abierto o cerrado. O, por otra parte, si frente a circunstancias no contempladas, éstas son condicionales derrotables. Es, entonces, cuando el juez, como experto y desde su experiencia, debe considerar la situación, como una pieza más del Estado de Derecho. 

“Si la república se rige mejor por un hombre bueno que por una buena ley. Y afirma que gobierna mejor la ley que el hombre. Lo cual repite también Aristóteles en otra obra. A saber: que es más fácil hallar uno o pocos legisladores prudentes que muchos jueces. Pues para dar leyes bastan pocos en un siglo: más para dictar sentencia se necesitan muchos más. Por otra parte, como las leyes se dan después de pensarlas mucho tiempo, y los juicios se resuelven muy brevemente, por eso es más fácil el error en éstos que en aquellas” (Soto, 1922, 113).

En este caso, Domingo de Soto tiene una presunción hacia la tarea de los legisladores, como prudente y ampliamente reflexionada, frente a los errores de los múltiples jueces. Podría ser un enfoque general; sin embargo, en el ámbito iusfilosófico actual se ha dado un giro interpretativo -Alexy, Dworkin- donde la pregunta clave es cuáles son las soluciones para los casos difíciles y se aportan herramientas para responder correctamente a esta cuestión.  Ferrajoli desde su obra Poderes salvajes. La crisis de la democracia constitucional (2011) daba argumentos del porqué, en ocasiones, los jueces debían defender el Estado de Derecho frente a las intromisiones del poder ejecutivo. 

“La ley debe redactarse en general, a saber, no debe mandar: Si tal o cual mata, o por tal motivo, o con tal circunstancia, sea castigado, si no en general: Todo el que matare. Porque no pueden incluirse en la ley estas circunstancias accidentales, sino después han de pesarse por la prudencia. A la verdad, así como en lo especulativo, según mandaba Platón, hay que pararse en las especies, pues acerca de los singulares, que son pasajeros, no hay ciencia, sino experiencia; así en la práctica no puede haber ley sobre lo particular, que sucede por casualidad, sino sola prudencia” ( Soto, 1922, 136).

Las leyes deben ser generales y sobre las circunstancias particulares, mejor aplicar la prudencia, es decir, las virtudes, porque no es posible la ciencia. El renovado interés por la Virtue Jurisprudence, precisamente surge de plantearse cuál es el papel de las virtudes, como la templanza, la fortaleza, la humildad o la honestidad, en la labor de los encargados de aplicar el Derecho. Confiamos que la justicia consistiría en implementar ciertos hábitos, asociados a modelos de excelencia, a la hora de decidir casos judiciales. Así nos acercaríamos al ideal de que quienes aplican la justicia son jueces virtuosos. 

.Bibliografía

Ferrajoli, Luigi (2011), Poderes salvajes: la crisis de la democracia constitucional, Madrid: Trotta, trad. Perfecto Andrés Ibáñez.

Soto, Domingo de (1922), Tratado de la Justicia y el Derecho, Madrid: Editorial Reus.

Raz, Joseph (1988), Morality of freedom, Oxford: Clarendon Press.