Václav Havel, Cartas a Olga. Consideraciones desde la prisión

Abstract

Este texto ofrece una lectura filosófica y ética de Cartas a Olga. Consideraciones desde la prisión, obra escrita por Václav Havel durante su encarcelamiento en la Checoslovaquia comunista. A partir del contexto histórico de la represión contra los disidentes del VONS y del movimiento Carta 77, se analiza cómo Havel convierte la experiencia carcelaria en una reflexión sobre la dignidad humana, la responsabilidad moral y la búsqueda de sentido. El comentario destaca la voluntad del autor de no dejarse dominar por el resentimiento ni por la clausura interior, así como su concepción de la fe como apertura, examen permanente y búsqueda desmitificadora. Asimismo, se vincula su pensamiento con la tradición socrática de la vida examinada y con una ética de las virtudes capaz de responder a la crisis contemporánea de identidad y responsabilidad. El texto subraya que, más allá de sus raíces cristianas, la reflexión de Havel posee un alcance humanista y secular, especialmente relevante en tiempos de polarización, relativismo moral y desorientación cultural. Su testimonio muestra la posibilidad de preservar la coherencia ética incluso en circunstancias extremas.

Palabras clave: prisión, fe, responsabilidad, ética de las virtudes, espistemología de las virtudes

En la madrugada del 29 de mayo de 1979, la policía de Praga llevó a cabo una de sus frecuentes redadas; en esa ocasión detuvo a quince disidentes miembros del VONS -literalmente, Comité para la Defensa de los Injustamente Perseguidos-, organización ilegal surgida del también ilegal movimiento en favor de los derechos humanos conocido como Carta 77.

El tribunal consideró que los detenidos eran culpables de subversión contra la República checoslovaca, gobernada entonces bajo un régimen comunista. Václav Havel fue condenado a cuatro años y medio de cárcel en el correccional de primera categoría (Zgustová, 1990, p. 5).

Como se explica en la introducción del libro de Václav Havel, Cartas a Olga. Consideraciones desde la prisión, la relación epistolar con Olga era el único modo de expresarse por escrito que le fue permitido durante su periodo en prisión. La censura y las reglamentaciones eran muy estrictas (Zgustová, 1990, p. 8). Olga era su mujer, y solo estaban permitidas las cartas a la familia; entre otras cosas, estaban prohibidas las expresiones irónicas o las bromas. En esas difíciles circunstancias, la prosa de Havel, escritor de profesión, transita por diversos estilos y aborda temas como el sentido de la vida o la crisis de valores con gran profundidad. De sus textos cabe resaltar su enfoque a contracorriente, sostenido por una gran convicción; su notable coherencia entre acciones y palabras, y su sólido sentido ético. Este enfoque ha llevado a que su pensamiento sea calificado como un “misticismo subversive” (Galaxia Gutenberg).

A continuación, se comentarán fragmentos del libro Cartas a Olga. Consideraciones desde la prisión (1990), de Václav Havel, al estilo de Estrategia Minerva.

“Me he dado cuenta de que las personas sensibles corren el peligro, durante una larga estancia en la cárcel, de volverse amargadas, rencorosas, cerradas, resignadas y egoístas. Uno de mis objetivos principales es no sucumbir a este peligro. Quiero mantenerme abierto al mundo, no cerrarme en mi introversión, mantener mi interés y mi amor por los demás. Opino distintas cosas sobre distintas personas, pero no puedo decir que haya nadie en el mundo a quien yo odie. A ese respecto no quiero cambiar” (Havel, 1990, pp. 61-62).

Un enfoque parecido adoptó Nelson Mandela, quien también estuvo en prisión y posteriormente fue presidente de su país, gobernando, como Havel, desde una experiencia transformada en aprendizaje positivo. Es demasiado humano caer en el resentimiento y fomentar una actitud vengativa, pero la grandeza en situaciones vitales opresivas consiste en impedir que estas cambien la propia filosofía vital y la relación con los demás. Esta grandeza resulta especialmente encomiable en tiempos de polarización.

“Ya te dije lo que significa la fe para mí: es un estado mental, un estado en que uno se mantiene abierto y activo, en el que no cesa de plantearse una pregunta tras otra y tiene la necesidad de «experimentar el mundo» una y otra vez de la manera más directa posible, por lo que este no entra dentro de mí desde algún objeto concreto exterior. Para mí, la continuidad y la perseverancia no surgen de la fijación en una «convicción» rígida, sino más bien de un incesante proceso de búsqueda, de desmitificación, de penetración bajo la superficie de los fenómenos, independientemente de una metodología prefabricada e inmutable” (Havel, 1990, p. 155).

Es interesante esta concepción de la fe como algo dinámico, desmitificador y en constante búsqueda. Esto podría recordar a la célebre expresión de Sócrates cuando afirma, en el diálogo platónico Apología, que «una vida sin examen no tiene objeto vivirla para el hombre» (Platón, 1981, p. 180; 38a). Se aprende de la experiencia y, especialmente, de los errores, y el continuo reexamen resulta beneficioso para mejorar. A la perspectiva de las cosas, que da sentido al conjunto, se suele llegar con el paso del tiempo.

“La búsqueda de sentido de la vida es, pues, una búsqueda del horizonte absoluto; se trata de una intuición inconsciente, de una experiencia espontánea y de fe. Es como si nos estuviéramos esforzando por conseguir algo elevado, algo que está fuera de nuestro alcance, por encima de nosotros, algo firme que queremos poseer para que nos sirva de apoyo y parece que lo logremos. Sin embargo, se trata de una sensación engañosa y paradójica: sabemos que hemos de seguir apoyándonos si no queremos caer, pero, al mismo tiempo, no solo ignoramos -y siempre será así- en qué nos estamos apoyando, sino que nunca podremos estar seguros de que realmente nos estamos apoyando; no hay manera de comprobarlo y nosotros no tenemos más remedio que confiar en nuestra fe” (Havel, 1990, pp. 203-204).

Es curioso que un disidente político se dedique a escribir sobre metafísica a su mujer para sortear la censura totalitaria. Havel habla del sentido de la vida y del fundamento de la fe, señalando el eterno problema de la condición humana, ya que existen nociones metafísicas que carecen de verificación a través de los sentidos. El autor hace referencia a sus creencias cristianas en el texto, pero su noción de fe y del sentido de la vida va más allá de un credo religioso y contiene un mensaje humanista que alguien secular podría adoptar. El sentido de la vida, basado en la fe como vida autoexaminada, es un estado que guía a los seres humanos, aunque, en última instancia, su fundamento no sea empíricamente verificable. Y, precisamente, de ahí surge la fe.

“Vivimos en una edad que se caracteriza por el general distanciamiento del ser: nuestra civilización fundada en un grandioso florecimiento de la ciencia y la tecnología, aquellos grandes guías intelectuales de la conquista del mundo al precio de la pérdida del contacto con el ser, transforma al hombre, su orgulloso creador, en esclavo de sus necesidades consumistas, lo desintegra en funciones aisladas, lo disuelve en su ser-ahí y así le priva no solo de su integridad humana y de su autonomía, sino también de cualquier influencia sobre su «fuerza de inercia». La crisis del mundo actual es, evidentemente, una crisis de la responsabilidad humana (tanto de la responsabilidad «hacia» como «ante») y, por tanto, una crisis de la identidad humana” (Havel, 1990, p. 317).

Vivimos tiempos de gran desorientación: décadas en las que el todo vale posmoderno y el relativismo moral, en todas sus manifestaciones, han tenido gran auge. En este texto de Havel se unen dos nociones clave para la humanidad: identidad y responsabilidad. En esta tesitura, se puede poner el énfasis en un giro hacia las virtudes y los vicios de los agentes cuando actúan -ámbito propio de la moral- y cuando conocen -de lo que se ocupa la epistemología-. A partir de este giro aretaico, si los seres humanos practican hábitos y disposiciones morales y epistémicas, que se denominan virtudes, y evitan los vicios morales y epistémicos, definirán su identidad y serán responsables de sus creencias y acciones.

Bibliografía

Galaxia Gutenberg (s. f.), “Václav Havel. Cartas a Olga” [en línea]. Disponible en: https://www.galaxiagutenberg.com/producto/cartas-a-olga/ [Consulta: 20 de junio de 2026].

Havel, Václav (1990), Cartas a Olga. Consideraciones desde la prisión, Círculo de Lectores, Barcelona, trad. Monika Zgustová.

Platón (1981), “Apología”, en Platón, Diálogos, vol. I, Gredos, Madrid, trad. J. Calonge Ruiz, pp. 137-186.

Zgustová, Monika (1990), “Introducción”, en Havel, Václav, Cartas a Olga. Consideraciones desde la prisión, Círculo de Lectores, Barcelona, trad. Monika Zgustová, pp. 5-10.

Václav Havel, la responsabilidad como destino

Oscar Pérez de la Fuente

Universidad Carlos III de Madrid

https://orcid.org/0000-0002-3708-846X

Resumen

Václav Havel (1936–2011), dramaturgo y disidente checo, encarna la unión entre pensamiento moral y acción política frente al comunismo en Checoslovaquia. Tras apoyar la Primavera de Praga, sufrió censura y prisión, y se convirtió en símbolo de la lucha por las libertades. Con el debilitamiento del bloque soviético, participó en la creación del Foro Cívico y lideró la Revolución de Terciopelo (1989), que desmanteló pacíficamente la dictadura e inició la transición democrática, culminando con su elección como presidente. A partir de pasajes de La responsabilidad como destino (1991), el texto analiza el totalitarismo como un poder burocrático e ideológico que invade la vida privada, sustituye la verdad por ficción y produce miedo y autocensura. Havel propone una “política antipolítica”, entendida como servicio a la verdad y a los demás. En ese contexto, la disidencia se vuelve un imperativo ético: denunciar la opresión, aunque sea una tarea solitaria.

Palabras clave: totalitarismo, disidencia, libertad, responsabilidad

Václav Havel, un político e intelectual checo, fue el último presidente de la República Checoslovaca y el primero de la República Checa. Nació en Praga en 1936 y falleció allí mismo en 2011. Asistió a la Academia de Artes de Praga para estudiar Teatro y tuvo una destacada trayectoria como dramaturgo.

Su oposición al gobierno comunista de Checoslovaquia lo condujo a la acción después de haber sido un escritor. Como líder del Club de Escritores Independientes, respaldó la «Primavera de Praga» (1968), lo que dio como resultado su posterior censura para publicar sus libros. Se convirtió en un emblema de la lucha por las libertades y estuvo preso durante cinco años. En 1989, Havel tomó parte en la creación del Foro Cívico, que fue el espacio donde se agrupó la mayoría de la oposición, después de que las reformas de Gorbachov en la Unión Soviética debilitaran a la dictadura comunista en Checoslovaquia. Lideró la conocida como «Revolución de Terciopelo», que tuvo lugar en ese año y, con el respaldo de una movilización popular masiva, logró desmantelar la dictadura sin derramamiento de sangre e implantar un sistema democrático en Checoslovaquia. Havel fue elegido presidente.

A continuación, se comentarán pasajes de la obra La responsabilidad como destino (1991) de Václav Havel, donde se recogen diversas cartas de su etapa como disidente, al estilo de Estrategia Minerva. 

“Es un gobierno totalitario de un poder impersonal, burocrático, anónimamente tumefacto, aún no inconsciente, mas ya operando fuera de toda conciencia; un poder basado en la omnipresencia de la ficción ideológica, que es capaz de motivar todo sin tener que recurrir por lo menos una vez a la verdad; el poder como universo de control, de represión y de miedo; el poder que estatiza y, por lo tanto, inmuniza el pensar, la moral y la vida privada. El poder que hace mucho tiempo ha dejado de representar la causa de un grupo de gobernantes arbitrarios ocupando y absorbiendo a todos, para que al final todos participen en él de alguna manera, aunque eso fuese solo por su silencio; el poder que en realidad no pertenece a nadie, puesto que solo él se ha adueñado de todos” (Havel, 1991, 75-76).

Estas palabras de Havel reflejan bien puntos clave del totalitarismo y su uso del poder en la vida de los seres humanos. Como las palabras y los discursos dejan de tener alguna conexión con la realidad concreta de los individuos, que están sometidos a diversas formas de control sobre sus acciones públicas y privadas e, incluso, sus ideas. Bajo una máscara burocrática e impersonal, fundamentada en una ficción ideológica, se cercena la libertad de los individuos. 

“Soy partidario de “una política antipolítica”. Es decir, de una política que no equivalga a una tecnología del poder y una manipulación con él como una forma de dirección cibernética de los hombres o como un arte de finalidades concretas, prácticas o intrigas, sino de la política como una de las formas de buscar y conquistar el sentido de la vida; cómo protegerlo y cómo servirle; una política como moralidad practicada, como un servicio a la verdad; como preocupaciones por nuestros prójimos, preocupaciones auténticamente humanas, que se rigen por medidas humanas. Es una forma un poco, muy poco práctica en el mundo de hoy y difícilmente aplicable a la vida cotidiana. No obstante, yo no conozco otra alternativa mejor” (Havel, 1991, 85-86).

Este texto está escrito en 1984; aún no había caído el Muro de Berlín. De este acontecimiento histórico se pueden extraer varias lecturas.  Algunos podrían ver un antecedente del experimento de la antipolítica en Italia con el movimiento 5 Estrellas o un precedente para algunas posiciones populistas, tan en boga hoy en día. Sería bueno contextualizar estas palabras de Havel, como que la búsqueda de alternativas al andamiaje conceptual soviético debe tener ineludiblemente dimensiones humanas, vinculadas con una moralidad practicada y una noción de verdad. Aunque este enfoque parece que dista de la política del día a día y suena algo utópico, como Havel, “no conozco otra alternativa mejor”.

“No me atrevo a comentar las relaciones de todo el bloque soviético. Mas creo que puedo señalar sobre el ciudadano checoslovaco, por lo menos, que su mundo se caracteriza por la permanente tensión entre la omnipotencia “de ellos” y la impotencia de él.

Puesto que este ciudadano sabe que “ellos” lo pueden todo: confiscarle el pasaporte, despedirle del trabajo, ordenarle mudarse de un lugar a otro, encargarle la recolección de firmas contra los Pershing, no permitirle estudiar, privarle de su carnet de conducir, interceptar su teléfono y leer su correspondencia, construir bajo sus ventanas una fábrica que produce principalmente dióxido de azufre, ensuciarle increíblemente la leche con sustancias químicas, detenerle solo por estar en un concierto de rock, encarecer arbitrariamente y en cualquier momento cualquier cosa, rechazar sin explicación cualquier petición humilde suya, ordenarle qué debe leer en primer lugar, por qué se tiene que manifestar, qué tiene que firmar, cuántos metros cuadrados puede tener su piso, con quién puede estar en contacto y con quién no” (Havel 1991, 105). 

En este párrafo, Havel condensa cómo puede manifestarse el poder totalitario en la vida de los seres humanos, que por definición es un poder sin límites. Está de actualidad saber distinguir entre Estado de Derecho, Estado autoritario y Estado totalitario. Para algunos, en determinados contextos, se produce una deriva autoritaria que pone en peligro los avances del Estado de Derecho. Sin embargo, el totalitarismo va más allá: niega derechos, p. ej., civiles y políticos, persigue a los disidentes y censura las voces críticas. 

“Sabemos que el disidente es un poco quijote por la misma esencia de su causa: escribe sus análisis críticos y demanda las libertades y los derechos solo, y solo -con su pluma en la mano solamente-, cara al poder gigante del Estado y de su policía, escribe, clama, grita, pide, invoca la ley; y sabe que tarde o temprano será encarcelado todo ello” (Havel, 1991, 130).

Esa es la responsabilidad como destino para Havel: si se vive bajo un régimen totalitario, surge lo que Muguerza denominó el imperativo de la disidencia.  Lo cual implica denunciar y luchar, en la medida de las posibilidades de cada cual, contra una situación de opresión, de injusticia y de violación de los derechos humanos. Si esta tarea es, a veces, solitaria y poco reconocida, no debe hacer perder de vista que los cambios históricos precisan de arriesgados precursores.

Bibliografía

Havel, Václav (1991), La responsabilidad como destino, Madrid: El País/Aguilar, trad. Jana Novotná.

Fernández, Tomás, Tamaro, Elena (2004), «Biografía de Václav Havel», Editorial Biografías y Vidas, disponible en https://www.biografiasyvidas.com/biografia/h/havel.htm [consulta: 1 de mayo 2026].

Nelson Mandela, vida, amor y coraje

Oscar Pérez de la Fuente

Universidad Carlos III de Madrid

https://orcid.org/0000-0002-3708-846X

Resumen

El texto presenta a Nelson Rolihlahla Mandela (1918–2013) como líder clave en la lucha contra el apartheid y artífice, tras 27 años de prisión, del primer gobierno sudafricano elegido democráticamente y respetuoso con la igualdad racial (1994–1999). Se subraya el papel decisivo de sus negociaciones con F. W. de Klerk a comienzos de los años noventa para desmantelar la segregación y favorecer una transición pacífica, reconocimiento que culminó con el Premio Nobel de la Paz de 1993. A partir de pasajes del libro de Richard Stengel, se analiza cómo la experiencia carcelaria moldeó su carácter: la ausencia de control externo le obligó a disciplinarse y a moderar sus reacciones, consolidando virtudes como prudencia y templanza. El coraje, en su visión, no es innato, sino una elección que se demuestra en decisiones que tensionan el propio bienestar. También se destaca un liderazgo que combina simbolismo y trabajo en equipo: Mandela entiende que un objetivo colectivo exige empoderar a otros, delegar y compartir la responsabilidad. Por último, se lo describe como un hombre de un principio irrenunciable —igualdad de derechos— y de gran pragmatismo táctico, conciliando ética de la convicción con ética de la responsabilidad.

Palabras clave: coraje, ética de la convicción, ética de la responsabilidad, liderazgo, moderación prudencia, trabajar en equipo

Nelson Rolihlahla Mandela nació en Mvezo, Sudáfrica, en 1918, y murió en Johannesburgo en 2013. Activista y político sudafricano que lideró los movimientos contra el apartheid y que, tras una larga lucha y 27 años de cárcel, presidió en 1994, hasta 1999, el primer gobierno sudafricano respetuoso con la igualdad racial, lo que afectaba a la mayoría de la población negra.

Sus negociaciones a principios de la década de 1990 con el presidente sudafricano F. W. de Klerk contribuyeron a poner fin al sistema de segregación racial del apartheid en el país y dieron paso a una transición pacífica hacia el gobierno de la mayoría. Mandela y De Klerk recibieron conjuntamente el Premio Nobel de la Paz en 1993 por sus esfuerzos.

En la serie de posts dedicada al liderazgo, a continuación, se analizarán pasajes del libro de Richard Stengel titulado Mandela’s Way. Fifteen Lessons on Life, Love, and Courage (2009), el estilo de Estrategia Minerva Blog.

“¿Cómo se convirtió este apasionado revolucionario en un estadista moderado? En prisión, tuvo que moderar sus respuestas a todo. Había pocas cosas que un preso pudiera controlar. Lo único que podía controlar, lo único que debíacontrolar, era a sí mismo. No había lugar para arrebatos, autoindulgencia o falta de disciplina. No tenía ningún espacio privado” (Stengel, 2009, 15).

Se alude a un cambio en el carácter de Mandela hacia la moderación debido a su estancia en prisión durante 27 años. Es algo difícil imaginarse cómo adaptarse a un encarcelamiento tan prolongado y qué consecuencias tiene para la manera de ver el mundo. Sí cabe reflexionar sobre el papel de las privaciones en la educación y en el carácter. Las situaciones excepcionalmente malas implican desarrollar mecanismos para hacerles frente y, de esta forma, moldean el carácter. Uno se convierte en virtuoso, actuando virtuosamente. Los hábitos y disposiciones morales que se consolidan haciendo frente a la adversidad, serán el mejor recuerdo, forjando el carácter, que la mala etapa se ha superado.

En una frase atribuida a Aristóteles, se afirma que “las raíces de la educación son amargas, pero sus frutos son dulces”. La moderación se vincula con las virtudes de la prudencia y la templanza. Que los muchos años en prisión de Mandela supusieran que se convirtiese en un hombre de Estado moderado, habla bien de sus valores humanos. Es su forma característica de liderazgo. Otros, en cambio, fomentarían la división con espíritu vengativo.

“La mayoría de la gente diría que Nelson Mandela personifica el coraje. Pero el propio Mandela define el valor de una manera curiosa. No lo ve como algo innato, ni como una especie de elixir que podemos beber, ni como algo que se aprende de forma convencional. Lo ve como la forma en que elegimos ser. Ninguno de nosotros nace valiente, diríamos; todo depende de cómo reaccionamos ante diferentes situaciones” (Stengel, 2009, 23).

La valentía se demuestra con hechos, no con retórica. En cada biografía puede encontrarse decisiones donde el coraje ha sido utilizado, u omitido, aunque luego se den diversas versiones de los acontecimientos. El coraje se muestra en ocasiones donde las decisiones implicadas entran en tensión con el propio bienestar. Ser valiente se convierte así en el camino difícil y suelen ser menos los que lo eligen.

“Comprendía que una parte —una parte bastante importante— del liderazgo es simbólica, y él era un símbolo espléndido. Pero sabía que no siempre podía estar al frente, y que un gran objetivo podía fracasar a menos que empoderara a otros para liderar. En el lenguaje del baloncesto, quería el balón, pero entendía que tenía que pasárselo a otros y dejarles tirar. Mandela creía sinceramente en las virtudes del equipo y sabía que, para sacar lo mejor de su propia gente, tenía que asegurarse de que participaran en la gloria y, lo que es más importante, de que sintieran que influían en sus decisiones” (Stengel, 2009, 75).

Una parte esencial del liderazgo consiste en saber cómo compartirlo, aunque suene algo paradójico. Se dan personalidades desbordantes, carismáticas y únicas, pero a fin de cuentas todos somos seres humanos y eso significa tener una condición que tiene límites y depende de circunstancias. Es bueno saber trabajar en equipo y saber delegar. Crear una cultura de trabajo basada en valores compartidos y compartir los éxitos en conjunto y con quien toma decisiones, saber asumir las responsabilidades cuando algo no funciona.  

“Nelson Mandela es un hombre de principios, exactamente uno: igualdad de derechos para todos, independientemente de raza, clase social o género. Casi todo lo demás es táctica. Puede parecer una exageración, pero hasta un punto que muy pocos sospechan, Mandela es un pragmático convencido que estaba dispuesto a transigir, cambiar, adaptarse y perfeccionar su estrategia siempre y cuando eso le llevara a la tierra prometida” ( Stengel, 2009, 103).  

Esto me recuerda la cuestión de Max Weber sobre ética y política. La ética de la convicción se basa en ideales y creencias y es para todos. La ética de la responsabilidad se basa en las consecuencias de las acciones y es una ética especial de los políticos. Se plantea la controversia de si en política son compatibles ambas éticas.  El enfoque de Nelson Mandela es que su ética de la convicción le lleva a defender la igualdad de derechos basada en la igual dignidad humana como principio irrenunciable. A su vez, defendía una ética de la responsabilidad, donde los políticos han de evaluar sus acciones en función de sus consecuencias. Y esto implica una elección específica entre medios y fines, una estrategia, elemento clave de la racionalidad política.

Bibliografía

Stengel, Richard (2009), Mandela’s way. Fifteen Lessons on Life, Love, and Courage, New York: Crown Publishers, preface by Nelson Mandela.

Franklin Roosevelt, adversidad y crecimiento

Oscar Pérez de la Fuente

Universidad Carlos III de Madrid

https://orcid.org/0000-0002-3708-846X

Resumen

Franklin D. Roosevelt (1882–1945) fue el 32.º presidente de Estados Unidos (1933–1945) y una figura decisiva en la salida de la Gran Depresión y en la conducción del país durante la Segunda Guerra Mundial. Formado en Harvard y Columbia, y subsecretario de Marina entre 1913 y 1920, se integró en el Partido Demócrata y alcanzó un liderazgo excepcional al ser el único presidente elegido para cuatro mandatos consecutivos. El texto, a partir de un capítulo de Doris Kearns Goodwin, subraya su modo de afrontar la adversidad: el optimismo como estrategia sostenida. En 1921 contrajo una enfermedad que le dejó paralizadas las piernas, lo que obliga a pensar la vulnerabilidad compartida y cómo la discriminación puede atravesar distintas dimensiones de la identidad. También se destaca el papel de Eleanor Roosevelt: su crítica directa, su compromiso moral y su cercanía a activistas ampliaron el horizonte progresista del presidente; la lealtad, se sugiere, implica criticar con empatía y respetar decisiones. En política económica, Roosevelt asumió el liderazgo frente a la inacción y resistencias conservadoras, impulsando medidas “radicales” como el seguro de desempleo y, ya en la presidencia, el Estado social (Welfare State), legitimando la intervención pública para proteger derechos sociales y promover igualdad material.

Palabras clave: adversidad, crítica constructiva, Estado social, lealtad, minoría, optimismo

Franklin Delano Roosevelt nació en Nueva York en el año 1882 y falleció en Warm Springs, Georgia en 1945, ocupó la presidencia de los Estados Unidos entre 1933 y 1945, siendo el trigésimo segundo presidente del país. Era primo lejano del expresidente Theodore Roosevelt y había estudiado en Harvard (además de en la Universidad de Columbia), al igual que él. Fue subsecretario de Marina entre 1913 y 1920, pero, a diferencia de su antecesor, Franklin se unió al Partido Demócrata.

Franklin Roosevelt no fue un presidente más en la historia de los Estados Unidos. No fue únicamente el presidente que logró rescatar a la potencia del norte de América de la crisis económica más grave que ha vivido, tras el crack bursátil de 1929. Fue el único presidente de Estados Unidos en lograr cuatro mandatos presidenciales (y consecutivos), guiar a la nación durante la Segunda Guerra Mundial y encaminar la economía nacional hacia territorios que no se habían explorado antes: el keynesianismo.

Doris Kearns Goodwin dedica un capítulo a Franklin Roosevelt en su libro Leadership in Turbulent Times: Lessons from the Presidents (2018) dedicado a su enfoque acerca de la adversidad y el crecimiento, cuyos fragmentos serán comentados, a continuación, con el estilo de Estrategia Minerva. 

“El optimismo incontenible de Roosevelt, su tendencia a esperar el mejor resultado en cualquier circunstancia, le proporcionó la fuerza fundamental que le ayudó a superar esta traumática experiencia. Desde el principio, se fijó un objetivo: un futuro en el que se recuperaría por completo. Aunque la necesidad le obligó a modificar el calendario para alcanzar esta meta, nunca perdió la convicción de que finalmente lo conseguiría” (Goodwin, 2018, 162). 

En 1921, Roosevelt contrajo una enfermedad que le dejó las piernas paralizadas de forma permanente y tenía que utilizar silla de ruedas. Que uno de los hombres más poderosos de su tiempo fuera en silla de ruedas, puede hacer reflexionar sobre la condición humana referida a la mutua vulnerabilidad. Alguna vez he defendido que todos somos minoría. Esto significa que la experiencia de discriminación y prejuicio en las diversas dimensiones de la identidad no es ajena a la vida de los seres humanos. En alguna de estas dimensiones, estos se sitúan dentro de la minoría y se aprende cómo es la vida siendo zurdo, disléxico o inmigrante. La lección desde el Presidente Roosevelt es que, frente a la adversidad, su estrategia era el optimismo y desde ahí en una incansable lucha frente a las circunstancias en las que se vive y, precisamente, algunas posiciones han visto en esa lucha el sentido de la vida, el componente nuclear de la libertad humana.  

“Eleanor, por supuesto, aportó la dimensión más esencial a la tendencia progresista y la seriedad moral del liderazgo de Franklin Roosevelt. ‘Quizás habría sido más feliz con una esposa que no fuera nada crítica’, observó en sus memorias, y añadió: ‘pero yo nunca fui capaz de serlo’. Era más intransigente, más directa, estaba más involucrada con activistas, cuyos pensamientos desafiaban los límites convencionales” ( Goodwin, 2018, 168).

Eleanor Roosevelt, esposa y compañera de viaje de Franklin Roosevelt, fue un ingrediente esencial para su éxito. La simbiosis entre crítica constructiva y lealtad son componentes que garantizan una relación fructífera. Algunas interpretaciones confunden lealtad con sumisión, mientras que, en otras ocasiones, se realizan críticas que tienen como objetivo central destruir a la otra persona. Ser leal implica saber criticar desde la empatía, poniéndose en el lugar del otro, reforzando así la relación. No obstante, si la otra persona, después de escucharnos, quiere seguir su camino, la lealtad hacia ella implica respetar su decisión. Algo parecido debió sentir John Stuart Mill cuando habla en Sobre la libertad de aconsejar a un amigo que se dirige a un puente, que ya no existe, y supondría su caída.

“Tras esperar durante el invierno y la primavera de 1931 a que el presidente Hoover y la administración republicana tomaran iniciativas federales, Roosevelt decidió a finales del verano ‘asumir el liderazgo y tomar medidas para el estado de Nueva York’. Convocó a la legislatura republicana a una sesión extraordinaria para aprobar lo que se consideraba una idea radical: un programa integral de seguro de desempleo patrocinado por el Estado. Sabía desde el principio que la mayoría republicana podía bloquear su propuesta. Al igual que el presidente Hoover, los líderes republicanos del Estado creían que la empresa privada, la caridad y el gobierno local eran las únicas instituciones capaces de hacer frente al desafío económico. Insistían en que las creencias procedentes de los lejanos niveles del gobierno estatal o federal solo perjudicarían la iniciativa del pueblo estadounidense y empeorarían el problema” (Goodwin, 2018, 178).

Una de las grandes aportaciones de Franklin Delano Roosevelt como presidente de los Estados Unidos fue poner en práctica el Estado social o Welfare State. Este se caracteriza porque el Estado adquiere un papel activo para alcanzar el bienestar de los ciudadanos y está preocupado por la igualdad material de estos. Se protegen derechos sociales, como la educación o la asistencia sanitaria o la Seguridad Social.  

Unos años antes, durante el mandato del Presidente Theodore Roosevelt hubo un precedente de este enfoque en el caso Lochner vs. New Yorkdonde el Estado intervenía para regular el horario de las panaderías. Esto era algo inédito en la historia constitucional norteamericana guiada por la idea de que el Estado debía abstenerse de intervenir en la Economía. Lo interesante es que la mayoría de la Corte Suprema anuló la regulación siguiendo un criterio formalista, basado en variables estrictamente jurídicas. Sin embargo, en un voto disidente el juez Holmes aplicó un enfoque finalista, utilizando argumentos económicos y sociológicos y apoyaba la medida sobre el horario de las panaderías. Años después, la mayoría de la Corte Suprema cambió y se mostró favorable a la intervención del Estado en la Economía. Podríamos recordar a Aristóteles y decir que es interesante concebir cómo el Derecho tiene forma y sustancia.

Bibliografía

Goodwin, Doris Kearns (2018), Leadership in Turbulent Times: Lessons from the Presidents, UK: Penguin Books.

Abraham Lincoln, ambición y reconocimiento del liderazgo

Oscar Pérez de la Fuente

Universidad Carlos III de Madrid

https://orcid.org/0000-0002-3708-846X

Resumen

Se inicia la serie del blog Estrategia Minerva sobre liderazgo político con Abraham Lincoln (1809–1865), abogado y decimosexto presidente de Estados Unidos, recordado por su papel en la abolición de la esclavitud. A partir de un capítulo que Doris Kearns Goodwin le dedica en Leadership in Turbulent Times, el texto analiza rasgos de su liderazgo ligados a la ambición, el carácter y la defensa de principios. En un contexto político marcado por la agresividad y el enfrentamiento, Lincoln destacó por responder con ironía y buen humor, desactivando tensiones y mostrando que la forma también importa en política. Se subraya su rechazo al oportunismo: prefería perder cargos antes que traicionar sus ideas por beneficio personal. En relación con la esclavitud, aparece como un líder con valores no negociables, al considerarla injusta y contraria a la dignidad humana, una lección vigente ante nuevas formas de explotación. Lincoln también alertó contra la ambición desmesurada de líderes carismáticos con pulsiones autoritarias, incompatibles con la democracia y el Estado de Derecho. Como antídoto, defendió renovar el respeto a la Constitución y apostar por la educación ciudadana: un pueblo informado y con alfabetización, también digital, es clave para preservar instituciones libres y resistir la deriva autoritaria.

Palabras clave: democracia, deriva autoritaria, educación, honestidad, liderazgo, política

Inicio con este post una serie en el blog Estrategia Minerva dedicada al liderazgo políticoEl primer objeto de análisis será la figura de Abraham Lincoln, quien nació en Hodgenville, Estados Unidos, en 1809 y murió en Washington en 1865. Abogado y político estadounidense que fue el decimosexto presidente de los Estados Unidos (1861-1865). Siempre evocado como el presidente que abolió la esclavitud, Abraham Lincoln es una de las figuras más admiradas de la historia estadounidense.

Sobre ambición y reconocimiento del liderazgo, Doris Kearns Goodwin dedica un capítulo a Abraham Lincoln en su obra Leadership in Turbulent Times. Lessons from the Presidents (2018). A continuación, se comentarán fragmentos de este capítulo con el estilo de Estrategia Minerva.

“La forma en que Lincoln respondió a los ataques dirigidos contra él y su partido revela mucho sobre su temperamento y el carácter de su liderazgo en desarrollo. Tal era la ley de la política en la época anterior a la guerra que las discusiones y los debates entre whigs y demócratas atraían regularmente la atención fanática de cientos de personas. Los oponentes se atacaban mutuamente con un lenguaje encendido y abusivo, para gran deleite de un público ruidoso, lo que incitaba a un ambiente que podía estallar en peleas a puñetazos e, incluso, en ocasiones, en tiroteos. Aunque Lincoln era tan susceptible como la mayoría de los políticos, sus réplicas solían estar llenas de una ironía tan bienhumorada que los miembros de ambos partidos no podían evitar reírse y relajarse ante el placer de las entretenidas y bien contadas historias” (Goodwin, 2018, 16). 

En todo se puede distinguir entre el fondo y la forma. Aristóteles habla de sustancia y accidente. Y en muchas ocasiones las formas son muy relevantes, incluso por encima del fondo. Para algunos, la política es crispación y polarización, mientras que siempre es de agradecer el sentido del humor y la buena educación. Lincoln era un líder que utilizaba la ironía como arma política, mientras otros utilizan el bulo, el insulto o la violencia. 

“Deseo vivir, y deseo un lugar y distinción; pero prefiero morir ahora antes que, como el caballero, vivir para ver el día en que cambiaría mis ideas políticas por un cargo que me reportaría 3000 dólares al año, y luego sentirme obligado a erigir un pararrayos para proteger mi conciencia culpable de un Dios ofendido” (Goodwin, 2018, 16).

Estas palabras se referían a alguien que cambió de partido político por un nuevo cargo muy lucrativo. Lincoln reivindica la honestidad y la coherencia con los propios ideales frente al oportunismo político. Vivimos tiempos donde aquellos que se dedican a la política se sienten desprestigiados por los comportamientos de algunos que encuentran en ésta beneficios privados. Al final, todo redunda en alguna de las grandes cuestiones filosóficas: ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Qué es la política?

“Por una votación desproporcionada de 77 contra 6, la Asamblea de Illinois resolvió que “desaprobábamos enérgicamente la formación de sociedades abolicionistas” y considerábamos “sagrado” el “derecho de propiedad sobre los esclavos”. Lincoln fue uno de los que votaron en contra. En una protesta formal, proclamó que “la institución de la esclavitud se basa tanto en la injusticia como en la mala política”. Siempre había creído, y más tarde dijo, que “si la esclavitud no es incorrecta, nada es incorrecto” (Goodwin, 2018, 17). 

La noción de esclavitud se opone a la igual dignidad humana, que es el núcleo de los derechos humanos. Sin embargo, esta institución que convierte en propiedad a unos seres humanos de otros seres humanos ha estado vigente hasta épocas inusualmente cercanas. Aún hoy en día se dan casos de trabajos forzados y tráfico de seres humanos.  La lección de liderazgo de Lincoln es que existen valores donde no se puede transigir, no son negociables. Y, en esas ocasiones, es bueno mantener las convicciones con fortaleza.

“Si bien la ambición de los venerados padres fundadores había estado “íntimamente ligada” a la creación de un gobierno constitucional que permitiera al pueblo gobernarse a sí mismo, Lincoln temía que, en el caos del comportamiento de turba, hombres como “un Alejandro, un César o un Napoleón” probablemente buscarían distinguirse emprendiendo audazmente “la tarea de derribar”. Esos hombres de ego “desmesurado”, cuya ambición estaba alejada de los intereses del pueblo, no eran hombres aptos para liderar una democracia; eran déspotas” (Goodwin, 2018, 19). 

Existe un riesgo de deriva hacia el autoritarismo en diferentes países. Algunos sostendrán que la democracia está mutando. Sin embargo, se debe estar prevenido hacia “los hombres de ego desmesurado”. El Estado de Derecho surge como reacción al poder del rey absolutista. En el enfoque de Locke se enfatiza en la separación de poderes, el poder está limitado y el derecho de resistencia si no se cumple con el Contrato Social. Los líderes carismáticos que acumulan poder son un riesgo para el pluralismo político, la alternancia, los frenos y contrapesos y la vitalidad de una democracia de calidad. 

“Para contrarrestar la problemática ambición de tales hombres, Lincoln hizo un llamamiento a sus compatriotas estadounidenses para que renovaran los valores de los padres fundadores y abrazaran la Constitución y sus leyes. “Que el respeto por las leyes sea inculcado por todas las madres estadounidenses”, enseñado en todas las escuelas y predicado en todos los púlpitos. El gran argumento contra un posible dictador es un pueblo informado “apegado al gobierno y a las leyes”. Este argumento lleva a Lincoln de vuelta a su primera declaración al pueblo del condado de Sangamon, cuando habló de la educación como la piedra angular de la democracia. ¿Por qué es tan importante la educación? Porque, como dijo entonces, todos los ciudadanos deben ser capaces de leer la historia para “apreciar el valor de nuestras instituciones libres” (Goodwin, 2018, 19).

Se hace hincapié en el papel de la educación del pueblo como un prerrequisito de la democracia y como forma de defensa frente ”a un posible dictador”.  Cabe plantearse que la educación y la alfabetización digital se están convirtiendo en elementos que deberían incluirse entre las virtudes que debe tener la ciudadanía. Para poder tomar decisiones autónomas es necesario estar bien informado, entre otras condiciones. Para poder valorar las instituciones libres, es buena la educación para la ciudadanía,  como en los inicios de la democracia, hacían los sofistas frente a los demagogos y los riesgos autoritarios. 

Bibliografía

Goodwin, Doris Kearns (2018), Leadership in Turbulent Times: Lessons from the Presidents, UK: Penguin Books.