Continuaré con la serie dedicada a los manuales, con la obra Manual del demagogo, escrita por Raoul Frary. Este libro está editado en español por la editorial Sequitur y la edición y traducción corren a cargo de Miguel Catalán.
El autor del libro, Henry François Raoul Frary, nacido el 17 de abril de 1842 en Tracy-le-Mont y fallecido el 19 de abril de 1892 en Plessis-Bouchard, fue un profesor, periodista y ensayista francés.
Según la síntesis de Fernando Savater en una columna titulada “Consejos”, Frary escribió este panfleto “con los consejos de un resabiado político a un aspirante a demagogo, o sea, a guiar a los demás tirando del ronzal y obteniendo para sí mismo los mejores beneficios.” En el prólogo, Miguel Catalán califica al autor de “idealista disfrazado de cínico”. Es destacable la ironía y el sentido de humor que rebosan las líneas de esta obra. Tratando cuestiones de gran seriedad, el tono utilizado es algo frívolo, lo cual invita a la complicidad y la reflexión.
A continuación, se comentarán fragmentos de la obra Manual del demagogo de Raoul Frary, al estilo de Estrategia Minerva Blog.
“Subrayemos de entrada que elogio nunca es lo suficientemente fuerte. No es bueno que sea grosero, pero no hay problema alguno en que sea excesivo. Raramente se dicen de nosotros tantas cosas buenas como pensamos merecer (…) Los elogios menos justificados son a menudo los mejor acogidos: son más novedosos. Persuadir a un apático de su valentía, a un crápula de su sabiduría y a un bobo de su inteligencia, es la cumbre del arte. Pero hay que saber actuar con delicadeza, y no sacar a la plaza pública el incensario. Se triunfa empleando el tacto y eligiendo bien las pruebas” (Raoul Frary, Manual del demagogo, II.2).
El elogio es una de las armas preferidas de los demagogos. Nada regala más los oídos que palabras halagadoras que aplaudan a la audiencia. Si bien esto es cierto como principio general, existe un auténtico arte del elogio. Esto es debido a que la alabanza, para surtir el mejor efecto, ha de parecer sincera u objeto de un análisis serio. Adular en exceso puede volverse en contra al mostrarse como algo artificial e impostado, material para crédulos que no se preguntan por las verdaderas intenciones de quien utiliza tantas expresiones lisonjeras.
“He aquí uno de los secretos de la demagogia, si puedo calificar de secreto un método cuya excelencia salta a los ojos. Todas las pasiones y todos los intereses del mundo no bastarían sin el orgullo de la fe. Los franceses de la Revolución no habrían soportado un gobierno tan duro, de privaciones tan severas y de peligros tan terribles, si no se sintieran tan halagados por promulgar un nuevo dogma (…) no es necesario que el dogma sea verdadero, ni que sea noble, ni que sea claro y comprensible. Basta con que se crea y que el creyente se sienta orgulloso de creer” (Raoul Frary, Manual del demagogo, II.2).
Algunas veces se hacen paralelismos entre la religión y la política. Aquí se busca reflexionar sobre las actitudes acerca de las creencias políticas que se asimilan al dogmatismo de una fe, a las creencias de un creyente religioso. Las ideologías suelen tener una concepción del mundo —unos valores sobre lo que debe ser la sociedad o los seres humanos—, donde suelen mezclar conocimientos científicos con componentes emotivos y un potente efecto movilizador. Frary advierte que estas ideologías políticas tienen elementos de fe religiosa y eso motiva a sus creyentes. Esto recuerda algunos debates actuales, planteados, desde el sectarismo, donde siempre se quiere tener razón, no dando espacio a la templanza, la tolerancia y el consenso.
“El moralista nos enseña la paciencia, la sobriedad de los placeres, la moderación en los deseos, la consecuencia de nuestros esfuerzos. Dirige sin cesar nuestra atención hacia aquellos que han triunfado por su mérito y a quienes han caído por sus errores. Reduce la responsabilidad de la Fortuna y aumenta nuestra propia responsabilidad. Rebaja el poder de las leyes y realza el poder de las costumbres. El demagogo hace justo lo contrario. Afirmar que la Fortuna distribuye ciegamente sus dones, que el éxito es debido al azar, puede que incluso al vicio, que los desgraciados son víctimas de una fatalidad artificial, que la miseria es inevitable en la sociedad actual. Lejos de exhortarnos a hacernos mejores, no admite siquiera que ello depende de nosotros. Si nuestros hábitos son malos, finge ignorarlos; no sospecha que las debilidades de nuestra conducta refuerzan las dificultades de nuestra existencia. Truena contra los arribistas y ridiculiza los cuentos edificantes de la moral llevada a la práctica. Disminuye en todas las cosas la responsabilidad de las costumbres para acrecentarla la de las leyes. No nos inculca la paciencia, ni nos hace recapacitar sobre nuestros defectos” (Raoul Frary, Manual del demagogo, II.3).
En este pasaje, Frary compara al moralista y al demagogo, donde sus fines y consejos difieren en gran manera. El primero exhorta a la moderación y a hacer frente a la vida con responsabilidad, mientras el segundo no apela a cambiar la conducta, ya que el éxito es debido al azar, apela a la responsabilidad de las leyes, más que a la de las costumbres. Pero la diferencia fundamental entre ambos se omite en el texto de Frary el demagogo tiene finalidades espurias, generalmente conseguir su propio beneficio o el de su grupo, mientras que el moralista, por lo general, buscaría el bien de quien busca aconsejar.
“El envidioso se dice: “la desigualdad es injusta. Es posible, e incluso fácil, suprimirla. Si se suprime, ello me beneficiará”. Si queréis enardecer la envidia demagógica, y servirnos de ella, no insistiréis nunca lo bastante en estas tres proposiciones, para colocarlas más allá de toda duda, para enraizarlas cada vez más en los espíritus y los corazones” (Raoul Frary, Manual del demogogo, II.6).
Existen bibliotecas enteras dedicadas al tema de este párrafo de la obra Manual del demagogo, La Real Academia define envidia como “tristeza o pesar del bien ajeno”. Existen personas que tienen graves sufrimientos por los éxitos de los demás y lo peor de la envidia son las acciones que, a veces, provoca por los envidiosos. Por otro lado, la lucha contra determinadas desigualdades sociales y económicas es el objetivo legítimo del Estado social y democrático de Derecho. En el razonamiento de Frary se da un salto argumentativo cuando afirma que es fácil suprimir la desigualdad. Primero se debería distinguir de qué tipo de desigualdad se trata, si afecta a la política -inclusión-, a la economía -redistribución- o a la cultura -reconocimiento-. Si el objetivo final es eliminar una desigualdad, no será fácil, pero sí una tarea que debe comprometer a la sociedad. Sin embargo, lo que advertía Frary era contra el uso demagógico de la desigualdad, vinculada a la envidia. Y de nuevo la pregunta: ¿cuáles son los objetivos del demagogo?




