Manual del demagogo

Oscar Pérez de la Fuente

Universidad Carlos III de Madrid

https://orcid.org/0000-0002-3708-846X

Resumen

El texto presenta Manual del demagogo de Raoul Frary, edición española de Sequitur, traducida y editada por Miguel Catalán, y ofrece un comentario de varios pasajes en tono irónico, siguiendo el estilo de Estrategia Minerva. Tras una breve nota biográfica del autor (1842–1892), se recoge la síntesis de Fernando Savater: Frary escribe como un político curtido que instruye a un aspirante a demagogo, es decir, a quien pretende guiar a los demás para su propio beneficio. El texto destaca que la obra combina asuntos serios con humor y frivolidad deliberada, invitando a la reflexión.

En los fragmentos comentados, se subraya el elogio como herramienta demagógica: la adulación eficaz debe parecer sincera y “probada”, evitando lo burdo aunque pueda ser excesiva. También se explica el “dogma” político como una fe: no importa que sea verdadero o claro, sino que se crea y que el creyente se sienta orgulloso. Frary contrasta al moralista, que fomenta responsabilidad y moderación, con el demagogo, que atribuye el éxito al azar y desplaza la culpa hacia leyes y fatalidades. Por último, analiza el uso de la envidia y la desigualdad: advierte contra su explotación demagógica, matizando que reducir desigualdades legítimas no es una tarea simple.

Palabras clave: demagogia, maquiavelismo, política, pragmatismo

Continuaré con la serie dedicada a los manuales, con la obra Manual del demagogo, escrita por Raoul Frary. Este libro está editado en español por la editorial Sequitur y la edición y traducción corren a cargo de Miguel Catalán.

El autor del libro, Henry François Raoul Frary, nacido el 17 de abril de 1842 en Tracy-le-Mont y fallecido el 19 de abril de 1892 en Plessis-Bouchard, fue un profesor, periodista y ensayista francés.

Según la síntesis de Fernando Savater en una columna titulada “Consejos”, Frary escribió este panfleto “con los consejos de un resabiado político a un aspirante a demagogo, o sea, a guiar a los demás tirando del ronzal y obteniendo para sí mismo los mejores beneficios.” En el prólogo, Miguel Catalán califica al autor de “idealista disfrazado de cínico”. Es destacable la ironía y el sentido de humor que rebosan las líneas de esta obra. Tratando cuestiones de gran seriedad, el tono utilizado es algo frívolo, lo cual invita a la complicidad y la reflexión.  

A continuación, se comentarán fragmentos de la obra Manual del demagogo de Raoul Frary, al estilo de Estrategia Minerva Blog.

“Subrayemos de entrada que elogio nunca es lo suficientemente fuerte. No es bueno que sea grosero, pero no hay problema alguno en que sea excesivo. Raramente se dicen de nosotros tantas cosas buenas como pensamos merecer (…) Los elogios menos justificados son a menudo los mejor acogidos: son más novedosos. Persuadir a un apático de su valentía, a un crápula de su sabiduría y a un bobo de su inteligencia, es la cumbre del arte. Pero hay que saber actuar con delicadeza, y no sacar a la plaza pública el incensario. Se triunfa empleando el tacto y eligiendo bien las pruebas” (Frary, 2017, 33).

El elogio es una de las armas preferidas de los demagogos. Nada regala más los oídos que palabras halagadoras que aplaudan a la audiencia. Si bien esto es cierto como principio general, existe un auténtico arte del elogio. Esto es debido a que la alabanza, para surtir el mejor efecto, ha de parecer sincera u objeto de un análisis serio. Adular en exceso puede volverse en contra al mostrarse como algo artificial e impostado, material para crédulos que no se preguntan por las verdaderas intenciones de quien utiliza tantas expresiones lisonjeras. 

“He aquí uno de los secretos de la demagogia, si puedo calificar de secreto un método cuya excelencia salta a los ojos. Todas las pasiones y todos los intereses del mundo no bastarían sin el orgullo de la fe. Los franceses de la Revolución no habrían soportado un gobierno tan duro, de privaciones tan severas y de peligros tan terribles, si no se sintieran tan halagados por promulgar un nuevo dogma (…) no es necesario que el dogma sea verdadero, ni que sea noble, ni que sea claro y comprensible. Basta con que se crea y que el creyente se sienta orgulloso de creer”  (Frary, 2017, 36).

Algunas veces se hacen paralelismos entre la religión y la política. Aquí se busca reflexionar sobre las actitudes acerca de las creencias políticas que se asimilan al dogmatismo de una fe, a las creencias de un creyente religioso.  Las ideologías suelen tener una concepción del mundo —unos valores sobre lo que debe ser la sociedad o los seres humanos—, donde suelen mezclar conocimientos científicos con componentes emotivos y un potente efecto movilizador. Frary advierte que estas ideologías políticas tienen elementos de fe religiosa y eso motiva a sus creyentes.  Esto recuerda algunos debates actuales, planteados, desde el sectarismo, donde siempre se quiere tener razón, no dando espacio a la templanza, la tolerancia y el consenso.   

“El moralista nos enseña la paciencia, la sobriedad de los placeres, la moderación en los deseos, la consecuencia de nuestros esfuerzos. Dirige sin cesar nuestra atención hacia aquellos que han triunfado por su mérito y a quienes han caído por sus errores. Reduce la responsabilidad de la Fortuna y aumenta nuestra propia responsabilidad. Rebaja el poder de las leyes y realza el poder de las costumbres. El demagogo hace justo lo contrario. Afirmar que la Fortuna distribuye ciegamente sus dones, que el éxito es debido al azar, puede que incluso al vicio, que los desgraciados son víctimas de una fatalidad artificial, que la miseria es inevitable en la sociedad actual. Lejos de exhortarnos a hacernos mejores, no admite siquiera que ello depende de nosotros. Si nuestros hábitos son malos, finge ignorarlos; no sospecha que las debilidades de nuestra conducta refuerzan las dificultades de nuestra existencia. Truena contra los arribistas y ridiculiza los cuentos edificantes de la moral llevada a la práctica. Disminuye en todas las cosas la responsabilidad de las costumbres para acrecentarla la de las leyes. No nos inculca la paciencia, ni nos hace recapacitar sobre nuestros defectos” (Frary, 2017, 45).

En este pasaje, Frary compara al moralista y al demagogo, donde sus fines y consejos difieren en gran manera. El primero exhorta a la moderación y a hacer frente a la vida con responsabilidad, mientras el segundo no apela a cambiar la conducta, ya que el éxito es debido al azar, apela a la responsabilidad de las leyes, más que a la de las costumbres. Pero la diferencia fundamental entre ambos se omite en el texto de Frary el demagogo tiene finalidades espurias, generalmente conseguir su propio beneficio o el de su grupo, mientras que el moralista, por lo general, buscaría el bien de quien busca aconsejar.

“El envidioso se dice: “la desigualdad es injusta. Es posible, e incluso fácil, suprimirla. Si se suprime, ello me beneficiará”. Si queréis enardecer la envidia demagógica, y servirnos de ella, no insistiréis nunca lo bastante en estas tres proposiciones, para colocarlas más allá de toda duda, para enraizarlas cada vez más en los espíritus y los corazones” (Frary, 2017, 56). 

Existen bibliotecas enteras dedicadas al tema de este párrafo de la obra Manual del demagogo, La Real Academia define envidia como “tristeza o pesar del bien ajeno”. Existen personas que tienen graves sufrimientos por los éxitos de los demás y lo peor de la envidia son las acciones que, a veces, provoca por los envidiosos. Por otro lado, la lucha contra determinadas desigualdades sociales y económicas es el objetivo legítimo del Estado social y democrático de Derecho. En el razonamiento de Frary se da un salto argumentativo cuando afirma que es fácil suprimir la desigualdad. Primero se debería distinguir de qué tipo de desigualdad se trata, si afecta a la política -inclusión-, a la economía -redistribución- o a la cultura -reconocimiento-. Si el objetivo final es eliminar una desigualdad, no será fácil, pero sí una tarea que debe comprometer a la sociedad. Sin embargo, lo que advertía Frary era contra el uso demagógico de la desigualdad, vinculada a la envidia. Y de nuevo la pregunta: ¿cuáles son los objetivos del demagogo?

Bibliografía

Frary, Raoul (2017), Manual del demogogo, Madrid: Sequitur, trad. Miguel Catalán.

Savater, Fernando “Consejos”, El País, 29-10-2016. Disponible: https://elpais.com/elpais/2016/10/28/opinion/1477660333_481282.html (ultima consulta: 14 mayo 2026).

El candidato. Manual de relaciones con los medios

Oscar Pérez de la Fuente

Universidad Carlos III de Madrid

https://orcid.org/0000-0002-3708-846X

Resumen

El texto realiza comentarios a El candidato. Manual de relaciones con los medios (para políticos y periodistas) (2008), de Julio César Herrero y Amalio Rodríguez Chuliá, como un manual práctico de marketing político orientado a gestionar la relación entre candidatos y medios. Se subraya que en España hay poca bibliografía “desde dentro” sobre este tema y que el objetivo central es ayudar a comunicar con eficacia para alcanzar metas electorales. Se describen brevemente los autores y se introducen ideas clave: el marketing político busca “vender” candidatos y tradicionalmente se apoyaba en los medios generalistas, pero hoy las redes sociales amplifican fenómenos como las burbujas de filtro. El manual aconseja formular mensajes impactantes por su forma, usando recursos expresivos sin caer en la extravagancia. Se reflexiona, con apoyo en Sartori, sobre el poder mediático y el riesgo de preferir celebridades a buenos gobernantes. También se distinguen fuentes anónimas y filtraciones, insistiendo en la obligación periodística de contrastar. En la era de la posverdad conviven medios éticos con desinformación y fake news. Se recomienda evitar tecnicismos y divulgar con claridad sin simplificar en exceso. Finalmente se listan “principios del buen polemista” y se cuestiona su compatibilidad con la democracia deliberativa, recordando la tradición sofista y defendiendo que la calidad democrática depende de una deliberación pública de calidad.

Palabras clave: candidato, deliberación pública, fake news, medios de comunicación, política, política como show business, retórica, sofistas

En la serie de posts sobre manuales, este se ocupará de la obra El candidato. Manual de relaciones con los medios (para políticos y periodistas), escrito por Julio César Herrero y Amalio Rodríguez Chuliá en 2008. Parece que los candidatos políticos tienen que tratar con los medios de comunicación, y con los periodistas, para conseguir sus objetivos. Esta obra busca aconsejar de manera práctica y amena sobre diversas situaciones, y cómo afrontarlas de la mejor manera, relativas al mundo de la comunicación. 

Julio César Herrero es un periodista, profesor universitario, escritor y especialista en comunicación y marketing político nacido en Mieres, Asturias, en 1973. Doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, ha desarrollado una destacada carrera en los ámbitos académico, periodístico y de asesoría política. Mantiene una página personal

Amalio Rodríguez Chuliá (Catarroja, Valencia, 1971) es un guionista, creativo, periodista, autor teatral y creador de formatos de televisión español con una trayectoria diversa en medios, publicidad y comunicación política.

A continuación, se comentarán fragmentos de la obra El candidato. Manual de relaciones con los medios (para políticos y periodistas) (2008), escrita por Julio César Herrero y Amalio Rodríguez Chuliá con el estilo de Estrategia Minerva.

“Este libro es, en esencia, un manual de marketing político. La mayor parte de la literatura que existe sobre el tema que aborda es norteamericana. Lamentablemente, en España, apenas se han publicado textos que traten, desde dentro, el objeto de este: las relaciones entre los políticos y los medios de comunicación desde un punto de vista práctico” (Herrero, Rodríguez Chuliá, 2008, 11).

Uno de los objetivos habituales del marketing es vender productos y, por extensión, el marketing político busca vender candidatos o partidos en contiendas electorales. La meta del segundo es conseguir el voto de los ciudadanos y el medio, tradicionalmente, se vehiculaba a través de los medios de comunicación mainstream, especialmente la televisión. Y, actualmente, tienen un gran relieve las redes sociales, dándose fenómenos como las “búrbujas de filtro”, donde la personalización de preferencias para los usuarios en la red, tiene como resultado que solo reciban noticias o mensajes acordes a su ideología y nunca visiones desde otras perspectivas.  

“Impactantes. Realizar afirmaciones que, no tanto por el fondo, sino por la forma, llamen la atención al periodista es el mejor camino para que acaben constituyéndose en titular (en ‘corte’ y la radio en ‘total’ para la televisión). No se trata en modo alguno de ser alarmante o extravagante en las afirmaciones, pero sí original. El uso de analogías, metáforas u otro recurso literario hace que el lenguaje se salga de lo rutinario y llame la atención” (Herrero, Rodríguez Chuliá, 2008, 49). 

En su obra Homo Videns. La sociedad teledirigida, Sartori hablaba de cómo la televisión cambió la democracia, cabe reflexionar cómo las redes sociales pueden cambiar la práctica de las sociedades democráticas, por ejemplo, fomentando el activismo político o la rendición de cuentas, pero también dando fuelle a la demagogia y la desinformación. 

Uno de los temas en los que incide Sartori es que actualmente lo relevante es aparecer en los medios; eso da un poder mediático, frente al anterior prestigio de los intelectuales. Cuando los partidos políticos buscan a un candidato, prefieren un perfil como deportista o actor, o similares, que ya tienen poder mediático. No obstante, el poder mediático de alguien no garantiza que tenga las virtudes de un buen gobernante o representante público.

“Cuando el periodista utiliza informaciones de fuentes que no se mencionan, suelen recurrir a expresiones del tipo “según fuentes bien informadas”, “fuentes próximas a” o “según uno de los asesores”, dependiendo de hasta dónde desea el periodista indicar la procedencia de la información.

Hasta este punto se ha hecho referencia a aquellas circunstancias en las que el periodista conoce la identidad de la fuente, pero decide no revelarla. Asunto distinto es cuando el periodista no conoce la identidad de quien facilita los datos. En ese caso, nos encontramos ante una filtración. Es decir, aquella información siempre interesada que recibe el periodista, pero que desconoce que la facilita. Es obligación del periodista contrastar los datos antes de publicarla o difundirla” (Herrero, Rodríguez Chuliá, 2008, 72).

Esto sigue siendo así en términos generales, pero se da un nuevo elemento a tener en cuenta en la era de la posverdad y las redes sociales, la desintermediación. Existen medios convencionales, que suelen estar comprometidos con los principios de la ética profesional del periodismo, como la búsqueda de la verdad, la imparcialidad o la honestidad, pero actualmente, en redes sociales y en algunos medios, coexisten emisores de desinformación, que tiene diversas variantes, la más conocida de las cuales son las fake news. Existe una gran controversia sobre este concepto, y su viabilidad como arma/etiqueta política, sin embargo, existe amplio consenso en su deliberada intención de engaño o confusión. Una vez más, reiterar la importancia de seguir los deberes, valores y virtudes de la deontología del periodismo, que componen el perfil idóneo que han de tener los profesionales de la información.   

“No abusar de los tecnicismos. La jerga, es decir, los términos propios de un oficio o profesión, se pueden utilizar en una intervención siempre y cuando no se abuse. Dependerá de la audiencia a la que nos dirijamos. Si se trata de oyentes especializados, no habrá inconveniente en recurrir a términos que solo conocen el político y la audiencia: nadie más debe entenderlos, aunque no es lo habitual. Pero si la audiencia no domina una materia en la que es frecuente la utilización de tecnicismos, el político tendrá que hacer un esfuerzo por traducir estos términos para que los oyentes puedan comprender lo que dice”  (Herrero, Rodríguez Chuliá, 2008, 107).   

Este manual con los medios hace referencia a que el candidato debe divulgar temas o términos complejos para poder ser comprendido por amplias audiencias. Se atribuye a Ortega y Gasset la frase de que la claridad es la cortesía del filósofo. Es relevante ser claro en un discurso público, pero se debe saber divulgar bien, a riesgo de caer en la simplificación, el maniqueísmo o la demagogia. Los temas políticos no suelen tener soluciones blanco/negro, sino que es necesario que la política se convierta en una buena pedagogía para explicar la gestión de la gama de grises que conforma los asuntos públicos. 

Principios fundamentales del buen polemista 

“1.- Un buen polemista no pretende jamás convencer de nada al adversario. 

2.- El buen polemista elige el sector de la audiencia a la que se quiere dirigir. 

3.- El buen polemista es quien primero define los términos del debate.

4.- El buen polemista prefiere preguntar a responder. 

5.- Un buen polemista repite, repite y, si le queda tiempo, vuelve a repetir. 

6.- Un buen polemista sabe utilizar el mismo argumento de varias formas. 

7.- El buen polemista, quizá el muy bueno, vence con sus propias armas, pero sobre todo, fundamentalmente, con las del oponente.

8.- El buen polemista maneja a la perfección las falacias y se esfuerza por impedir que las utilice la otra parte. Y si lo consigue, las evidencia y ridiculiza para que la audiencia decida” (Herrero, Rodríguez Chuliá, 2008, 124-134).

Me gustaría concluir con reflexiones a partir de Principios fundamentales del buen polemista, que se propone en este manual con los medios del candidato político. Como se ha mencionado al principio, el objetivo de esta obra es el marketing político desde una perspectiva práctica y, para tal meta, podría contextualizarse la eficacia de estos consejos. 

El ideal de democracia deliberativa, donde los debates permiten persuadir y ser persuadido, los participantes son racionales y razonables y los acuerdos pueden llegar a forjarse con base en la imparcialidad o la unanimidad, pareciera que tendría efecto limitado en la política práctica, ya que los actores están más interesados en seguir las tácticas de buenos polemistas.

Al final, no hay nada nuevo bajo el sol. Hace ya muchos siglos, los sofistas educaban en tácticas y estrategias retóricas, para aumentar el poder de convicción de sus pupilos, ciudadanos de las polis de Atenas, para debatir los asuntos públicos en el Ágora. Una forma de educación para la democracia, que se basaba en los buenos polemistas. Ahora, como entonces, resulta más fácil caer en polémicas, que entablar buenos diálogos, cuando resulta obvio que la calidad de la democracia mejora con la calidad de la deliberación pública. 

Bibliografía

Herrero, Julio César, Rodríguez Chuliá, Amalio (2008), El candidato. Manual de relaciones con los medios (para políticos y periodistas), Sevilla, Zamora: Comunicación Social. Ediciones y Publicaciones.

Herrero, Julio César (2024),”JCH”, Disponible en: https://juliocesarherrero.es (consulta: 2 de mayo 2026).

Sartori, Giovanni (2012), Homo videos. La sociedad teledirigida, Madrid: Taurus.

Manual del perfecto parlamentario

Oscar Pérez de la Fuente

Universidad Carlos III de Madrid

https://orcid.org/0000-0002-3708-846X

Resumen

El texto presenta y comenta el Manual del perfecto parlamentario (1981) de Mario Merlino, una obra humorística escrita en un momento de cambios políticos y orientada a divulgar una cultura parlamentaria. Se ofrece una breve semblanza del autor (1948-2009), escritor y traductor argentino-español reconocido por su labor literaria.

A partir de varios fragmentos, el texto reflexiona sobre la figura del parlamentario como “profesional” que necesita habilidades para maniobrar, lo que puede asociarse a oportunismo y falta de principios; se propone distinguir, sin embargo, entre la eficacia de las técnicas políticas y la legitimidad ética de los fines perseguidos. Se subraya el Parlamento como institución central de la democracia: un espacio donde la palabra permite confrontar opiniones, deliberar y negociar acuerdos, pese a críticas históricas como las de Carl Schmitt, que lo consideraba una formalidad vacía.

Además, se analiza la polarización ideológica y el resurgir de conflictos vinculados a identidades (corrección política, cancelación), que puede aumentar el sectarismo y alejar a la ciudadanía —especialmente a los jóvenes— de la política. Se recuerda el origen parlamentario de “izquierda” y “derecha” y la lectura de Bobbio basada en la desigualdad. Finalmente, se reivindica la “crisis” como oportunidad: las crisis revelan liderazgo y obligan a decidir, por lo que el Parlamento debería ser un lugar privilegiado para buscar soluciones orientadas al bien común.

Palabras clave: crisis, deliberación, Parlamento, política

Continuamos con la serie dedicada a los manuales. En esta ocasión, al Manual del perfecto parlamentario de Mario Merlino. Es una obra de marcado tono humorístico, que fue escrita en una época de cambios políticos. En ese contexto, era destacable la labor divulgativa en favor de una cultura política del parlamentarismo. 

Mario-Jorge Merlino Tornini (1948-2009), Argentina/España, fue un escritor y traductor literario de obras escritas en lengua portuguesa, italiana e inglesa (fundamentalmente). Estudió en la Universidad de Bahía Blanca y tuvo un programa de radio con su amigo César Aria. Tradujo, entre otros autores, a Jorge Amado, Clarice Lispector, Lygia Bojunga Nunes o Ana María Machado. En 2004 recibió el Premio Nacional a la mejor traducción por Auto de los condenados, de António Lobo Antunes.

El Manual de perfecto parlamentarifue escrito por Mario Merlino y publicado por la editorial Altalena en 1981. Serán comentados fragmentos de este libro al estilo de Estrategia Minerva Blog.

“El parlamentario es un profesional raro, se dice, ‘profesional de un trabajo mal organizado’. Es un becario de la cosa pública. Un italiano, Giovanni Sartori, habla de la profesionalización de la política. Desde el punto de vista caracterológico, destaca que el parlamentario (ese político profesional) debe ser apto para maniobrar -manipulative skills- y que este hecho (¡mal intencionado Sartori!) implica oportunismo y falta de principios” (Merlino, 1981, 11).

El parlamentario debe tener habilidades manipulativas y esto implica oportunismo y falta de principios, según se plantea en este Manual. Cabría distinguir entre la técnica y los objetivos. La buena estrategia implica utilizar los mejores medios para conseguir los objetivos propuestos; se trata de una cuestión meramente de eficacia. Entre estos medios pueden encontrarse tácticas y estratagemas. Las metas de los parlamentarios pueden tener que ver con la justicia o la ética pública. Aunque desde Maquiavelo, suele atribuirse que el objetivo de algunos políticos es principalmente mantenerse en el poder, en lo que se convierten en profesionales.   

“El Parlamento, como institución fundamental de la democracia, y como su etimología lo indica, es el lugar donde se habla y parlotea. No siempre se ha pensado en la importancia de lo que significa instituir el poder del habla. Claro, usted dirá que muchas veces se habla más de la cuenta, o las palabras son pretextos para aplazar soluciones, y lo bueno, si, breve, dos veces bueno, OK. Pero además de eso, el Parlamento, bien entendido, es el espacio propicio para confrontar opiniones, discutir o poner dinámicamente en posiciones diversas sobre problemas también diversos” (Merlino, 1981, 14).

Carl Schmitt, en la década de 1930, criticó el parlamento democrático como una formalidad vacía, mostrando como alternativa la autocracia. Periódicamente, se critica al parlamento, que es perfectible. Es el lugar para la negociación y el acuerdo. 

Además de la competición por el voto en cada periodo electoral, los parlamentarios tienen la responsabilidad de que su tarea sea cercana a los intereses de los ciudadanos y tengan una rendición de cuentas adecuada. El ideal sería que los debates parlamentarios fueran complementados con mecanismos deliberativos que implicaran, de alguna forma, a la población. 

“No hay manera hoy de que la ideología de la gente de un bando se modifique o se mejore con la del otro. Las controversias de los sectarios son aparatosas y siempre falsas. Cada ideología, que generalmente es un conjunto de lugares comunes, se defiende cerrándose como una ostra” (Pío Baroja) citado por (Merlino, 1981, 35).

Del ‘fin de las ideologías’ -Bell- o el ‘fin de la Historia’ -Fukuyama-, se está pasando a una etapa de un aparente renacer de los conflictos, que suelen basarse en temas vinculados a las identidades, más que en explicaciones socioeconómicas. Lo políticamente correcto y la cultura de la cancelación son ejemplos actuales de las políticas de la identidad. Aquí parecen haberse invertido los papeles: la izquierda, en otro tiempo utópica, busca regular, prohibir e intervenir, mientras la derecha, asociada tradicionalmente al conservadurismo, se ha convertido en libertaria y, en cierta forma, anarquista. Parece que la dinámica de sectarismo y la polarización interesa a algunos sectores políticos, pero hace que la ciudadanía, en especial los jóvenes, no se interese por la política.  

“Esto de la izquierda, el centro y las derechas, para qué vamos a engañarnos, surgió como un problema de disposición geométrica y, sin duda, en función de las posibilidades arquitectónicas del espacio parlamentario. La democracia parlamentaria inglesa, la más antigua, da un ejemplo del vínculo entre ubicación física y la opción ideológica. Los tories,partidarios fervientes de la monarquía, ocupaban escaños dispuestos a la derecha del presidente. Los whigs, en cambio, se situaban a la izquierda. Los franceses fijan el “cliché parlamentario” de la situación en la derecha, centro e izquierda, equivalente respectivamente a los girondinos montañeses y jacobinos. Son los tiempos de la Revolución” (Merlino, 1981, 38).

Izquierda y derecha son términos de geometría parlamentaria, desde sus inicios.  Bobbio, ante la desorientación de la caída del Muro de Berlín, escribió Izquierda y Derecha y centró la distinción en los enfoques diversos frente a la desigualdad. Es decir, si se justifica la redistribución de recursos para los menos aventajados, ya sea por la lotería genética o por circunstancias sociales. Es relevante que haya consensos sociales amplios -y políticos- sobre la implementación de los derechos humanos, especialmente cuando se trata de derechos sociales o derechos de las minorías. Algunos contenidos de la ética pública, en los países europeos, han ido incorporando estos consensos, mientras que, en otras partes del mundo, como China o Estados Unidos, se tienen perspectivas distintas. 

“Crisis: es una palabra que produce temor porque se la usa siempre en sentido negativo: qué crisis, hay crisis económica, social, de ideas, de valores, moral, religiosa y hasta conyugal. 

Un buen parlamentario deberá reivindicar el poder fecundante (con perdón) de las CRISIS. No hay que olvidar que la crisis está unida a la crítica. Poner en crisis significa, fundamentalmente, buscar nuevas formas para resolver problemas, o sea, resolver, si se quiere, las crisis tan abundantes en esta época” ( Merlino, 1981, 70).

En las etapas de crisis se constata la existencia de auténticos líderes. El Parlamento puede ser una instancia donde proveer soluciones frente a las crisis. En el origen de la etimología del término krisis en griego, significaba “decisión”, “juicio” o «punto de inflexión». Las crisis han de verse como oportunidades para mejorar y salir reforzados. Algunos consideran que estamos en una crisis permanente; con más razón, el Parlamento puede ser el lugar idóneo donde buscar soluciones y tomar decisiones en favor del bien común. 

Bibliografía

Merlino, Mario (1981), Manual del perfecto parlamentario, Madrid: Altalena.

Breviario para políticos

Oscar Pérez de la Fuente

Universidad Carlos III de Madrid

https://orcid.org/0000-0002-3708-846X

Resumen

El texto presenta y comenta el Breviario para políticos (1684), atribuido al cardenal Julio Mazarino o a su entorno. Mazarino (1602–1661), cardenal italiano al servicio de la monarquía francesa, ejerció un papel decisivo en los inicios del reinado de Luis XIV y contribuyó a asentar las bases del poder francés en Europa. Se subraya también la influencia de Richelieu, quien impulsó su carrera, así como el trasfondo de realismo político y pragmatismo cercano a Maquiavelo. El autor anuncia que seguirá la edición de María Blanco (La política del disimulo), que contextualiza la obra.

A partir de citas, se extraen lecciones estratégicas: hablar con prudencia y evitar la confianza excesiva, porque los rumores pueden destruir la reputación; fingir modestia, amabilidad y ecuanimidad para ganar estima; ejercer responsabilidades desde la moderación y el servicio público; y evitar intervenir en disputas polarizadas si no se puede demostrar la razón. En la relación con otros, se recomienda no prometer con facilidad, ser difícil de engañar y mantener coherencia, aunque el comentarista matiza que rectificar puede ser sabio. Para evitar el odio, aconseja actuar con elegancia ante ceses y no alimentar rencores. Finalmente, propone escuchar, meditar, dejar que el tiempo resuelva asuntos complejos y no inmiscuirse en problemas ajenos, aplicable también fuera de la política.

Palabras clave: disimulación, estrategia, maquiavelismo, prudencia, simulación

Continuamos con la serie dedicada a los manuales. En esta ocasión dedicada al Breviario para políticos, publicado en 1684, atribuido al Cardenal Mazarino, o a alguien de su entorno más cercano. Julio Mazarino nació en Pescina, Italia, en  1602 y murió en Vincennes, Francia, en 1661. Fue un cardenal italiano, sin haber sido ordenado sacerdote, al servicio de la monarquía francesa que ejerció el poder en los primeros años del reinado de Luis XIV. Fue político, diplomático, militar, consejero de Luis XIV y responsable -como primer ministro- de poner las bases para convertir a Francia en una gran potencia europea.

Para los interesados en la política y la estrategia, y algo mitómanos, es destacable que el personaje histórico que apoyó y convirtió al Cardenal Mazarino en un hombre de Estado, fue el famoso Cardenal Richelieu, a quien sustituyó en el cargo.  De ambos se presume la astucia y la sagacidad, así como la eficacia y la razonabilidad en el ejercicio del buen gobierno. Este Breviario para políticos tiene influencias del enfoque pragmático y de realismo político de Maquiavelo.

A continuación, se comentarán pasajes del Breviario para políticos del cardenal Mazarino al estilo de Estrategia Minerva Blog. Es destacable que se sigue la edición de esta obra que ha realizado María Blanco titulada La política del disimulo. Cómo descubrir las artimañas del poder con Mazarino (2024)de la Editorial Rosamerónque incluye en ensayo de la editora.

Obtener estimación y fama 

“Nunca olvides que cualquiera es susceptible de propagar rumores sobre ti si en su presencia te has comportado -o has hablado- de forma demasiado libre o grosera. En este asunto no te fíes de sirviente o de paje. La gente se fija en un incidente aislado para generalizar; lo aprovechan para propagar tu mala fama” (Cardenal Mazarino, 2024, 69)

Es un gran consejo tener presente la prudencia al hablar y no fiarse de quién puede estar escuchando. Los propagadores de rumores/señores de la moral pueden usar pasadas confidencias para destrozar tu imagen. Puede que tu reputación pública se base en un bulo mil veces repetido. Según la Real Academia, un bulo es una “noticia falsa propagada con algún fin”. Más vale utilizar la vía de la prudencia y dejar los bulos y los rumores para otros. 

“Finge modestia, candor, amabilidad y perfecta ecuanimidad. Agradece, felicita, muéstrate disponible, incluso hacia aquellos que nada han hecho para merecerlo” (Cardenal Mazarino, 2024, 71). 

Si alguna vez tienes una responsabilidad, es importante ejercerla desde la moderación, la ecuanimidad y la voluntad de servicio público. Tu carácter ha de acomodarse a las circunstancias y cultivar, además de la prudencia, las virtudes aristotélicas de la templanza, la justicia y el coraje.

“Abstente de intervenir en discusiones en las que se enfrenten puntos de vista opuestos, a menos que estés absolutamente seguro de tener la razón y de poder probarlo” (Cardenal Mazarino, 2024, 73). 

Se dan dos tendencias perniciosas: el guerracivilismo/faccionalismo que busca dividir a la sociedad en bandos irreconciliables y el querer-tener-razón-en-todo. Es relevante si se tiene una posición de autoridad, hacer compatible el disenso y la unidad.

Obtener el favor del otro 

“Evita fácilmente promesas y conceder demasiados permisos. Muéstrate difícil de engañar y circunspecto al dar tu opinión. Pero una vez dada no la cambies” (Cardenal Mazarino, 2024, 74).  

Lo ideal es convertirse en alguien fiable, que tenga crédito, que sea fuente de legitimidad. Esto se aleja del enfoque maquiavélico, donde el príncipe siempre encontraría una excusa para no cumplir la palabra dada. Disiento de Mazarino sobre que no se debe cambiar nunca de opinión. En algunas situaciones, de sabios es rectificar.

Evitar el odio 

“Si en algún momento te relevan de tus funciones, manifiesta públicamente tu satisfacción, incluso tu agradecimiento hacia quién te ha devuelto la quietud y el reposo a los que tanto aspirabas. Busca los argumentos más convincentes para los que te están escuchando: así evitarás que a la desgracia se añada el sarcasmo” (Cardenal Mazarino, 2024, 89).

Es relevante que en esta vida hacer las cosas con elegancia y fair play, aunque no sea algo de moda o se estile. Si se acaban tus responsabilidades públicas, es bueno mirar hacia el futuro y no guardar rencores del pasado. Debería haber un arte y ciencia para dimisionarios y cesantes, que incluyera, además de las buenas formas, obviar siempre la crítica, especialmente a los superiores, y facilitar el camino a los que hayan de venir.

Adquirir sabiduría 

“En la mayor parte de las circunstancias, más vale quedarse quieto, escuchar los consejos de otro y meditarlos mucho tiempo. No sobreestimes el alcance ni de tus palabras, ni de tus acciones y no te encargues de asuntos que no representan para ti utilidad alguna ni en este momento ni más tarde. Tampoco te inmiscuyas en asuntos ajenos” (Cardenal Mazarino, 2024, 97). 

Hubo un político español, que tuvo responsabilidades en diferentes niveles de la Administración pública, que hizo famosa su estrategia para gestionar los temas, sobre todo los más complejos, y su secreto consistía en dejar pasar el tiempo. Por increíble que pudiera parecer, muchos asuntos encontraban así una solución antes de volver a ser considerados de nuevo. 

Es otro gran consejo, el de no inmiscuirse en asuntos ajenos, porque existe una tendencia muy latina, de solucionar la vida de los demás, basándose en los propios prejuicios y estereotipos. 

Desde el Barroco, a partir de la experiencia de unos de los núcleos de mayor poder político de la época, el cardenal Mazarino aconseja, en síntesis: ser prudente al hablar y no confiar en quién puede estar escuchando; fingir modestia, amabilidad y ecuanimidad; ejercer cualquier responsabilidad con moderación y voluntad de servicio público; y abstenerse de intervenir en discusiones con puntos de vista opuestos a menos que se esté seguro de tener la razón y poder probarlo. Y, por último, recomienda escuchar los consejos de otros, meditar mucho tiempo y no inmiscuirse en asuntos ajenos.

La mejor lectura que puede hacer de este enfoque de Mazarino es que puede ser adecuado para la política y también para otros ámbitos de la vida.

Bibliografía

Cardenal Mazarino (2024), “Breviario para políticos” en Blanco, María, La política de disimulo. Cómo descubrir las artimañas del poder con Mazarino, España: Rosamerón, trad. Alberto Torrego.

Manual del perfecto político

Oscar Pérez de la Fuente

Universidad Carlos III de Madrid

https://orcid.org/0000-0002-3708-846X

Resumen

El texto inaugura una serie de reflexiones sobre “manuales” entendidos, según la RAE, como compendios de lo esencial de una materia. El primero es el Manual del perfecto político (1991) del periodista y escritor José de Cora, obra humorística e irónica cuyos fragmentos se comentan. Se subraya que elegir colaboradores es una decisión decisiva: conviene rodearse de los mejores, incluso superiores al líder, pero con una virtud irrenunciable, la lealtad a valores y personas. Se relativiza la inteligencia como requisito único para la política, recordando que han gobernado tanto incapaces como sabios, y se distinguen estilos: desde el ideal platónico o erasmista hasta el maquiavélico, y entre quienes muestran empatía ciudadana y quienes buscan perpetuarse en el poder. Se defiende la sutileza —aprendible y necesaria para cuidar las formas— y se matiza la exigencia contemporánea de brevedad, reclamando espacios de deliberación. La provocación solo se justificaría si abre un debate valioso. También se aconseja aprender de las críticas, separando las destructivas de las constructivas, y se describe el aislamiento tras el cese, útil para reconocer amistades por interés. Por último, se cuestiona la idea de “triunfar siempre” por seguir en política y se reivindican límites temporales, rendición de cuentas y selección de los mejores.

Palabras clave: aprendizaje, dimisión, política, rendición de cuentas, sutileza, virtudes

Con este post, vamos a iniciar una serie dedicada a manuales, como un motivo para reflexionar sobre las dimensiones prácticas en determinados ámbitos.  Una de las acepciones de la voz “manual” en la Real Academia Española es «libro en que se compendia lo más sustancial de una materia».

Empezamos con el Manual del perfecto político. José de Cora Paradela, nacido en Lugo en 1951, es un destacado escritor y periodista español. A lo largo de su carrera, ha trabajado en diversos medios de comunicación, incluyendo agencias de noticias, periódicos, revistas, radio, cine y televisión.  En 1991, José de Cora publicó la obra Manual del perfecto político en la editorial Espasa Calpe, donde con humor e ironía gallega comenta aspectos de la actualidad con elementos más generales de reflexión. Algunos fragmentos de este libro serán comentados a continuación con el estilo de Estrategia Minerva. 

De cómo elegir a los colaboradores

“Si tiene posibilidad de ello, cada vez que acepte en su círculo de trabajo a un nuevo colaborador, estará ante una de las decisiones más importantes de su vida. De ahí que es conveniente no meter la pata, porque de la misma forma que una elección correcta puede ser una victoria anticipada, otra errónea sería equivalente a una derrota de antemano”  (Cora, 1991, 23).

El mejor consejo para formar un equipo es rodearse de los mejores, aunque sean  mejores que el jefe, pero siempre que tengan como virtud la lealtad. Los equipos han de basarse en la calidad y , como condición para participar de los asuntos públicos, deben tener la lealtad a unos valores y personas.

De cómo la inteligencia no es imprescindible 

“Tiene la práctica política tal mejunje de componentes que sería de todo punto estúpido pensar que el hombre más inteligente es también el mejor dotado para su ejercicio. Indocumentados, acémilas y hasta oligofrénicos han ocupado los más altos cargos políticos sin desmerecer: de la misma forma que sabios e ilustrados cometieron tantas barbaridades que dirían ser obra de seres inferiores” (Cora, 1991, 53). 

Hay diversos modos de inteligencia política. En la Historia de las Ideas se suele contrastar al Filósofo Rey de Platón, con las virtudes del buen príncipe cristiano de Erasmo de Rotterdam, con la hipocresía, sagacidad y fortaleza promocionadas por Maquiavelo. En la vida pública, se suelen distinguir a los políticos que saben mostrar inteligencia emocional hacia los ciudadanos y aquellos cuya máxima de actuación es mantenerse en el poder. 

De cómo ser sutil

“La dosificación de la sutileza, sabiendo cuándo debe usarse a chorro o distribuida a en un cuentagotas, es, querido príncipe, una enseñanza reservada la experiencia. Solo ella le informará sobre las dotes que le adornan en este apartado; pues la sutileza, como la estatura, se recibe sin intervención nuestra y únicamente mediante una complicada operación es posible modificar la cantidad de una y la longitud de la otra” (José de Cora, Manual del perfecto político).

 No estamos de acuerdo con José de Cora aquí.  Por un lado, la sutileza es encomiable para todo servidor público. Y debería serlo también para los políticos. No es necesario ofender y sí cuidar las formas, mejor hacer pensar en los temas de fondo. Además, y más relevante, la sutileza se pode aprender, no es innata. Es una virtud de la retórica que se puede adquirir y para la que es necesario ser entrenado. 

De cómo abreviar

“Las enseñanzas de Baltasar Gracián contra los planteamientos farragosos y a favor de la brevedad en las exposiciones son oro molido para un político con aspiraciones. Las frases que sobreviven a un autor y las que con mayor éxito calen en la opinión pública han de ser cortas y concentradas, como el café negro” (Cora, 1991, 62). 

Se decía que había dos tipos de discursos: los largos y los buenos. Actualmente con las redes sociales estamos abocados a la brevedad, al titular, a resumir el pensamiento en 140 caracteres. Los políticos entran en esta dinámica y ofrecen ruedas de prensa, donde los periodistas “pescan” titulares. Brevedad, quizá sí, pero demos espacio a la reflexión serena, la deliberación, el intercambio fructífero de opiniones, persuadir y ser persuadido, en fin…una opinión pública.

De cómo provocar

“Uno de los aspectos de la personalidad de Evita Perón que más llamaba la atención de los políticos extranjeros que la conocían, era su gusto por provocar y escandalizar al interlocutor de turno sin otro fin que su satisfacción personal al ver los rostros de sorpresa que sus salidas ocasionaban”  (Cora, 1991, 77). 

Cabría plantearse aquí: provocar ¿para qué? Si lo único que se busca es llamar la atención, parecería ser otra forma de manipulación. Si la provocación tiene un objetivo positivo y promueve un debate “libre y desinhibido” sobre alguna materia, habitualmente lejos de los focos, podría justificarse para ese caso.  

De cómo aceptar las críticas 

“Si ha decidido zambullirse en las aguas de la administración pública, le convendrá tener presente algo tan elemental como el agua para el pez por muy bien que usted lo haga, por muchos quintales de inteligencia que le distingan del resto de administrados, por muchos éxitos que adornen su gestión siempre existirán personas que la critiquen, que no se sientan identificados con su forma de proceder y que lo pondrán a caldo, al margen por supuesto de sus enemigos políticos naturales, esos que se sientan con usted en el Parlamento” (Cora, 1991, 90). 

Se suele distinguir entre críticas destructivas -basadas en ataques negativos, que suelen incluir los personales- y críticas constructivas -donde se hacen propuestas de mejora-. Las segundas son las más interesantes y las primeras suelen aportar poco. 

Los políticos suelen distinguir entre los adversarios políticos y los compañeros de partido, siendo las relaciones con los últimos mucho más difíciles. Algo que en la época de la Transición, resumió Pío Cabanillas cuando dijo: ”¡Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros!”

De cómo comportarse ante el cese 

“El político que llega a ocupar un cargo público, como es el que le espera a usted si nada se le atraviesa en su camino, ha de saber conjugar estos tres verbos: cesar dimitir o marchar pues inexorablemente uno de ellos va a poner fin a su contacto directo con el poder” (Cora, 1991, 164). 

Cuando un político cesa en su cargo público, deja de sonar su teléfono. Todos aquellos que le felicitaron por su nombramiento se evaporan y se comunican con él solo unos pocos cercanos. Buena oportunidad para leer la obra Etica a Nicomaco de Aristóteles, donde realiza la distinción de los amigos por afinidad y por interés.

De cómo mantener grandeza ante la derrota 

“Si ha decidido emprender el tortuoso camino de la política debe saber desde el primer momento que el fracaso no existe, salvo que abandone esa actividad por causas de fuerza mayor o por propia voluntad. Mientras esté en ella, la misma política le protegerá de cualquier duda sobre su condición de ganador o derrotado. Usted triunfa siempre porque el gerundio “estando” es sinónimo de “venciendo”. Estando en política basta y sobra”  (Cora, 1991, 173). 

No nos gusta este planteamiento aquí de José de Cora.  Por desgracia parece abundar el político cuyo único objetivo es mantenerse en el poder. Y políticos cuya única experiencia laboral es la política. Una sociedad ha de saber encontrar mecanismos para elegir a los mejores para los puestos de responsabilidad pública. Y es un buen principio general que estas responsabilidades sean temporalmente limitadas. Es bueno saber irse de los asuntos públicos, ejercer una buena rendición de cuentas y ser premiado o castigado por la gestión de la cosa pública.

Bibliografía

Cora, José de (1991), Manual del perfecto político, Madrid: Espasa Calpe.