Diego de Saavedra Fajardo fue un escritor político, crítico literario, poeta, filósofo y jurista español, que nació en Algezares en 1584 y murió en Madrid en 1648. Fue secretario particular del cardenal Gaspar Borja (1606) y embajador de España en los Estados Pontificios. Posteriormente fue embajador en Roma (1631), en Alemania (1632) y en Ratisbona (1636), y representante de España en las conferencias de Münster (1643).
En su introducción “Al lector”, este escritor explica cómo la obra Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas surge en los pocos ratos libres que le deja su trabajo de diplomático. El destinatario no era otro que el hijo de Felipe IV, el velazqueño príncipe Baltasar Carlos que no llegaría a reinar en España, ya que murió siendo niño. Este ensayo, que tiene varios volúmenes, está en la tradición de la Filosofía política de dar consejos a quienes ocupan posiciones de poder para el mejor gobierno.
A continuación, se comentarán fragmentos del libro Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas de Diego de Saavedra Fajardo al estilo de Estrategia Minerva Blog.
“Esta buena educación es más necesaria en los príncipes que en los demás, porque son instrumentos de la felicidad política y de la salud pública. En los demás es perjudicial a cada uno o a pocos la mala educación; en el príncipe, a él y a todos, porque a unos se ofende con ella, y a otros con su ejemplo” (Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas, II).
La expresión buena educación se puede comprender como referida a los modales o como camino hacia las virtudes. Si se sigue la perspectiva de los modales, es interesante que Emiliy Post en su libro clásico Ettiquette’s manners for a new world, sintetiza que, más que arcaicas reglas, los buenos modales suponen, como guías para la vida, basarse en el respeto, la consideración y la honestidad.
Si se sigue la perspectiva del camino hacia las virtudes, la buena educación supone moldear el carácter hacia disposiciones y hábitos asociados a modelos de excelencia inherentes a las prácticas de la vida humana. En otras palabras, este enfoque implica fomentar las virtudes y evitar los vicios.
“Un príncipe sabio es la seguridad de sus vasallos, y un ignorante, la ruina. De donde se infiere cuál bárbara fue la sentencia del emperador Lucinio, que llamaba a las sciencias, peste pública y a los filósofos y oradores, venenos de las repúblicas. No fue menos bárbara la reprehensión de los godos a la madre del rey Alarico, porque le instruía en buenas letras, diciendo que le hacía inhábil para las materias políticas” (Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas, IV).
¿Debe exigirse a los políticos un mínimo de formación? ¿Podemos estar gobernados por ignorantes? El Mito de la Caverna de Platón está en el origen de sus ideas políticas y entre las más famosas está la noción del Filósofo Rey. Este enfoque ha recibido críticas por su elitismo. Aristóteles, más moderado, defendía que el mejor gobierno es el de la clase media. La política tiene una racionalidad propia para la toma de decisiones y es bueno dejarse asesorar por personas expertas. Los sofistas y los filósofos fueron los primeros educadores para la democracia de los ciudadanos atenienses. Frente a la ignorancia, es recomendable aprender cómo se deben tomar las mejores decisiones.
“La historia es la maestra de la verdadera política, y quien mejor enseñará a reinar al príncipe, porque en ella está presente la experiencia de todos los gobiernos pasados y la prudencia y el juicio de los que fueron. Consejero es que a todas horas está con él. De la jurisprudencia toma el príncipe aquella parte que pertenece al gobierno, leyendo las leyes y constituciones de sus estados que tratan de él, las cuales halló la razón de Estado, y aprobó el largo uso” (Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas, IV).
La Historia explica el presente. Conocer cómo sucedieron las cosas en el pasado y cuáles eran los criterios implicados en un determinado momento es crucial. Y ese relato proviene de la Historia para generaciones que no vivieron directamente los hechos. Es de lamentar qué fácil se tiende a olvidar las vivencias, sufrimientos y anhelos de generaciones pasadas.
“Todas las acciones de los hombres tienen por fin alguna especie de bien, y porque nos engañamos en su conocimiento, erramos. La mayor grandeza nos parece pequeña en nuestro poder, y muy grande en el ajeno. Desconocemos en nosotros los vicios y los notamos en los demás. ¡Qué gigante se nos representan los inventos tiranos de otros! ¡Qué enanos los nuestros! Tenemos por virtudes los vicios, queriendo que la ambición sea grandeza de ánimo, la crueldad justicia, la prodigalidad liberalidad, la temeridad valor, sin que la prudencia llegue a discernir lo honesto de lo malo y lo útil de lo dañoso. Así nos engañan las cosas, cuando las miramos por una parte de los antojos de nuestros afectos o pasiones; solamente los beneficios se han de mirar por ambas” (Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas, VII).
El sectarismo y el faccionalismo llevan a esta doble vara de medir. No hay verdad o falsedad, bondad o maldad; todo depende de si quien lo hace es uno de los nuestros. El grupo se fortalece así con cerrazón y dogmatismo. Sería deseable que se utilizara la ecuanimidad e imparcialidad a la hora de enjuiciar las cualidades de los unos y los otros, dejando las emociones tribales a un lado.
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