Continuamos con la serie dedicada a los manuales. En esta ocasión, al Manual del perfecto parlamentario de Mario Merlino. Es una obra de marcado tono humorístico, que fue escrita en una época de cambios políticos. En ese contexto, era destacable la labor divulgativa en favor de una cultura política del parlamentarismo.
Mario-Jorge Merlino Tornini (1948-2009), Argentina/España, fue un escritor y traductor literario de obras escritas en lengua portuguesa, italiana e inglesa (fundamentalmente). Estudió en la Universidad de Bahía Blanca y tuvo un programa de radio con su amigo César Aria. Tradujo, entre otros autores, a Jorge Amado, Clarice Lispector, Lygia Bojunga Nunes o Ana María Machado. En 2004 recibió el Premio Nacional a la mejor traducción por Auto de los condenados, de António Lobo Antunes.
El Manual de perfecto parlamentario fue escrito por Mario Merlino y publicado por la editorial Altalena en 1981. Serán comentados fragmentos de este libro al estilo de Estrategia Minerva Blog.
“El parlamentario es un profesional raro, se dice, ‘profesional de un trabajo mal organizado’. Es un becario de la cosa pública. Un italiano, Giovanni Sartori, habla de la profesionalización de la política. Desde el punto de vista caracterológico, destaca que el parlamentario (ese político profesional) debe ser apto para maniobrar -manipulative skills- y que este hecho (¡mal intencionado Sartori!) implica oportunismo y falta de principios” (Mario Merlino, Manual del perfecto parlamentario).
El parlamentario debe tener habilidades manipulativas y esto implica oportunismo y falta de principios, según se plantea en este Manual. Cabría distinguir entre la técnica y los objetivos. La buena estrategia implica utilizar los mejores medios para conseguir los objetivos propuestos; se trata de una cuestión meramente de eficacia. Entre estos medios pueden encontrarse tácticas y estratagemas. Las metas de los parlamentarios pueden tener que ver con la justicia o la ética pública. Aunque desde Maquiavelo, suele atribuirse que el objetivo de algunos políticos es principalmente mantenerse en el poder, en lo que se convierten en profesionales.
“El Parlamento, como institución fundamental de la democracia, y como su etimología lo indica, es el lugar donde se habla y parlotea. No siempre se ha pensado en la importancia de lo que significa instituir el poder del habla. Claro, usted dirá que muchas veces se habla más de la cuenta, o las palabras son pretextos para aplazar soluciones, y lo bueno, si, breve, dos veces bueno, OK. Pero además de eso, el Parlamento, bien entendido, es el espacio propicio para confrontar opiniones, discutir o poner dinámicamente en posiciones diversas sobre problemas también diversos” (Mario Merlino, Manual del perfecto parlamentario).
Carl Schmitt, en la década de 1930, criticó el parlamento democrático como una formalidad vacía, mostrando como alternativa la autocracia. Periódicamente, se critica al parlamento, que es perfectible. Es el lugar para la negociación y el acuerdo.
Además de la competición por el voto en cada periodo electoral, los parlamentarios tienen la responsabilidad de que su tarea sea cercana a los intereses de los ciudadanos y tengan una rendición de cuentas adecuada. El ideal sería que los debates parlamentarios fueran complementados con mecanismos deliberativos que implicaran, de alguna forma, a la población.
“No hay manera hoy de que la ideología de la gente de un bando se modifique o se mejore con la del otro. Las controversias de los sectarios son aparatosas y siempre falsas. Cada ideología, que generalmente es un conjunto de lugares comunes, se defiende cerrándose como una ostra” (Pío Baroja).
Del ‘fin de las ideologías’ -Bell- o el ‘fin de la Historia’ -Fukuyama-, se está pasando a una etapa de un aparente renacer de los conflictos, que suelen basarse en temas vinculados a las identidades, más que en explicaciones socioeconómicas. Lo políticamente correcto y la cultura de la cancelación son ejemplos actuales de las políticas de la identidad. Aquí parecen haberse invertido los papeles: la izquierda, en otro tiempo utópica, busca regular, prohibir e intervenir, mientras la derecha, asociada tradicionalmente al conservadurismo, se ha convertido en libertaria y, en cierta forma, anarquista. Parece que la dinámica de sectarismo y la polarización interesa a algunos sectores políticos, pero hace que la ciudadanía, en especial los jóvenes, no se interese por la política.
“Esto de la izquierda, el centro y las derechas, para qué vamos a engañarnos, surgió como un problema de disposición geométrica y, sin duda, en función de las posibilidades arquitectónicas del espacio parlamentario. La democracia parlamentaria inglesa, la más antigua, da un ejemplo del vínculo entre ubicación física y la opción ideológica. Los tories,partidarios fervientes de la monarquía, ocupaban escaños dispuestos a la derecha del presidente. Los whigs, en cambio, se situaban a la izquierda. Los franceses fijan el “cliché parlamentario” de la situación en la derecha, centro e izquierda, equivalente respectivamente a los girondinos montañeses y jacobinos. Son los tiempos de la Revolución” (Mario Merlino, Manual del perfecto parlamentario).
Izquierda y derecha son términos de geometría parlamentaria, desde sus inicios. Bobbio, ante la desorientación de la caída del Muro de Berlín, escribió Izquierda y Derecha y centró la distinción en los enfoques diversos frente a la desigualdad. Es decir, si se justifica la redistribución de recursos para los menos aventajados, ya sea por la lotería genética o por circunstancias sociales. Es relevante que haya consensos sociales amplios -y políticos- sobre la implementación de los derechos humanos, especialmente cuando se trata de derechos sociales o derechos de las minorías. Algunos contenidos de la ética pública, en los países europeos, han ido incorporando estos consensos, mientras que, en otras partes del mundo, como China o Estados Unidos, se tienen perspectivas distintas.
“Crisis: es una palabra que produce temor porque se la usa siempre en sentido negativo: qué crisis, hay crisis económica, social, de ideas, de valores, moral, religiosa y hasta conyugal.
Un buen parlamentario deberá reivindicar el poder fecundante (con perdón) de las CRISIS. No hay que olvidar que la crisis está unida a la crítica. Poner en crisis significa, fundamentalmente, buscar nuevas formas para resolver problemas, o sea, resolver, si se quiere, las crisis tan abundantes en esta época” (Mario Merlino, Manual del perfecto parlamentario).
En las etapas de crisis se constata la existencia de auténticos líderes. El Parlamento puede ser una instancia donde proveer soluciones frente a las crisis. En el origen de la etimología del término krisis en griego, significaba “decisión”, “juicio” o «punto de inflexión». Las crisis han de verse como oportunidades para mejorar y salir reforzados. Algunos consideran que estamos en una crisis permanente; con más razón, el Parlamento puede ser el lugar idóneo donde buscar soluciones y tomar decisiones en favor del bien común.
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