Marco Aurelio, la estrategia estoica

Es interesante que el hombre más poderoso de la época fuera además filósofo.
Es interesante que el hombre más poderoso de la época fuera además filósofo.

 

Uno de los temas interesantes, dentro de la estrategia, es cómo piensa realmente alguien que ha ejercido el poder. El ideal platónico nos presenta al rey filósofo. Pero en la Historia es difícil que coincidan en una misma persona habilidades en la lógica de la toma práctica de decisiones y en la lógica de la reflexión teórica. El poder tiene su lógica y sus palabras y la Filosofía está en otro nivel.

Es, entonces, especialmente relevante el caso de Marco Aurelio, emperador del Imperio Romano, que además de su acción de gobierno, dejó su obra Meditaciones, de eminente contenido filosófico. Lo importante de estas reflexiones es que están realizadas por un hombre de acción, el hombre más poderoso de su época.

A continuación analizaré algunos pensamientos de Marco Aurelio, especialmente desde la perspectiva estratégica:

No obres de mala gana, ni de forma egoísta, ni sin examen, ni arrastrado en sentidos contrarios; tampoco adorne tu inteligencia la afectación, no seas ni de muchas palabras, ni de muchas obras (III.5).

Las acciones requieren análisis y deben ser independientes de cuestiones sentimentales. Es más prudente elegir bien las (pocas) palabras y las (pocas) obras que excederse en obras y palabras.

No pienses cosas tales como las piensa el prepotente o como quiere él que tú las pienses, sino míralas cuales son de verdad (IV.11).

Lo relevante es la información imparcial. También es importante cómo nos ve la otra parte, pero eso no ha de condicionar nuestra acción. La prepotencia es mala compañera.

Cosa terrible es, entonces, que la ignorancia y la complacencia sean más fuertes que la sabiduría (V.18).

Para acercarse a la sabiduría se debe tener información relevante y hacerse buenas preguntas. La crítica debe alejarnos de la ignorancia y la complacencia. No tenga oídos para los halagos de personas que les interese hacerte halagos.

El mejor modo de defenderse: no hacer semejante (VI.6).

Intuyo que Marco Aurelio era partidario de la regla de oro ‘haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti’ y contrario al la regla del ‘ojo por ojo’.  La lección es que,  a largo plazo, la mejor estrategia es ser moral.  Pero esto requiere tener defensas para no se explotado por alguien inmoral.

Consérvate, pues, simple, bueno, puro, solemne, sin rebuscamiento, amante de lo justo, piadoso, benévolo, afectuoso,  firme para las obras convenientes (VI. 30).

Estas son las virtudes de una buena persona. Es relevante que estas sean las palabras de un emperador de Roma.

Ni ser negligente en las acciones, ni confuso en las conversaciones, ni divagar en las imaginaciones, ni contraerse del todo en el alma o saltar despedido fuera de ella, ni andar en la vida siempre ocupado (VIII.51).

Este pensamiento está dirigido a la estrategia, a la relación entre ideas y acciones, entre la práctica y la teoría. La negligencia, la confusión, la poca claridad, la falta de tiempo son elementos que en las gestiones cotidianas dificultan llevar a cabo los planes de acción y se deben evitar.

Borrar la imaginación. Frenar el impulso. Apagar el deseo. Tener en tu poder la dirección del alma (IX.7).

Esta visión está conectada con el estoicismo, una filosofía que defendía que para evitar el sufrimiento había que evitar el deseo. Era un canto a la moderación.  Buscaba que fuera el sujeto quien dominara su alma y no las pasiones.  Esto está conectado con principios que defiende el taoísmo.

Vive como en camino. Pues allí o aquí no hay diferencia, si se vive en todos sitios como la ciudad del mundo (X.15).

Otro principio estoico es el cosmopolitismo. Los estoicos se consideraban ciudadanos del mundo y abogaban por la lealtad moral al conjunto de la humanidad.

“Vive como en camino” recuerda que estamos en tránsito y que la vida es saber adaptarse a los cambios. Para ellos se necesita la mejor estrategia. Ya decía el poeta: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

Julio Cesar, riesgos y amenazas en la Guerra de las Galias

En la Guerra de las Galias se produjeron negociaciones con trasfondo estratégico
En la Guerra de las Galias se produjeron negociaciones con trasfondo estratégico 

 

Las hazañas que llevaron a Julio César al dominio de las Galias están recogidas en una obra, escrita por él mismo, titulada Guerra de las Galias. El estilo busca ser descriptivo, sin embargo se dejan traslucir los elementos estratégicos implicados. Algunos han considerado que esta obra era propaganda a favor de su causa. Mientras otros han querido ver en este libro el origen del cómic Astérix y Obélix.

Según explica Julio Cesar, hubo asamblea de toda las Galias donde estos representantes se quejaron del dominio, de parte de su territorio, por los germanos y de su rey Ariovisto, que “era un hombre bárbaro, iracundo y temerario: no podían aguantar más su despotismo” (XXXI).

En su relato, Julio Cesar explica los motivos que le llevan a desarrollar una estrategia: a) Los germanos someten a unos aliados de Roma; b) Los germanos llegan en multitud a las Galias y es una amenaza para Roma (XXXIII).

De esta forma, Julio Cesar comunica a Ariovisto, rey de los germanos, una serie de demandas: a1) Que no siguieran pasando hombres del Rin a la Galia; b1) Que devolviera los rehenes que tenía de los heduos; c1) Que no hiciese más agravios a los heduos ni guerra contra ellos o sus aliados (XXXV). Estas demandas parecen ser razonables medidas para evitar un conflicto. Parecen intentar la pacificación, pero son una velada amenaza.

La respuesta de Ariovisto es contraria a las demandas de Julio Cesar, parte de una noción de reciprocidad con Roma y realiza una amenaza de guerra.

De esta forma, sostiene: a2) Los germanos aplican la ley del vencedor: Que era ley de guerra que los vencedores trataran como  quisieran a los vencidos, así lo hacía el pueblo romano, que no solía disponer de los vencidos según prescripción ajena; b2) Los heduos han perdido: Que los heduos por haber probado fortuna en la guerra, luchando y quedando vencidos, habían pasado a ser tributarios suyos; c2) Amenaza de guerra contra Roma: Nadie había luchado contra él sin sufrir un descalabro. Podía atacarle cuando quisiera: ya vería de cuánto era capaz el valor de los germanos, hombres sumamente aguerridos, que durante catorce años no se habían guarecido bajo techo (XXXVI).

La visión de Ariovisto es tratar de igual a igual al Imperio Romano, debiendo reconocerse la ley del vencedor para él, así como se le reconoce a Roma. Si esto no se respeta, amenaza con la guerra. Es una posición belicista, amenazante y soberbia.

Para poder hacer un análisis estratégico de la situación se debería conocer las fuerzas con que contaba cada ejército. Pero podemos intuir que las fuerzas completas del Imperio romano era superiores a las de los germanos, además de contar con gran experiencia y mejores tácticas.

La posición de Ariovisto, desde la estrategia, puede calificarse de arriesgada. Realiza una amenaza, que seguramente es creíble que realizará, pero no ha contado bien sus fuerzas. El poder negocial se aumenta con el mejor BATNA –mejor alternativa a un acuerdo no negociado-. Pero en este caso la alternativa a no negociar se plantea como una amenaza con incierto resultado. Una posibilidad en la mano de Ariovisto habría sido negociar un acuerdo con Julio Cesar.

Pero esto está lejos de cómo veía Ariovisto la situación ya que invierte el planteamiento y considera que si el ejercito de Roma está en las Galias es para atacarle. De esta forma, Ariovisto afirma que “esto le hacia sospechar que César, so capa de amistad, mantenía su ejército en la Galia con el fin de atacarle. Por consiguiente, si no se retiraba, sacando el ejército de aquellas regiones, no le consideraría como amigo, sino como enemigo” (XLIV).

De nuevo, se comprueba que Ariovisto tiene una visión más tendente al conflicto que a la cooperación. Así no sólo no hace caso de las demandas planteadas, sino que pide a los romanos que abandonen las Galias porque son una amenaza para los germanos. Es una jugada hábil para distraer la atención, pero olvida que él también ocupa la Galias. De nuevo, lo que se plantea es una cuestión de fuerzas. Si al principio Ariovisto reivindica reciprocidad con Roma, ahora le reclama que deje libre las Galias porque son una amenaza para él.

La respuesta de Julio Cesar es clara: “que  no era costumbre suya ni del pueblo romano abandonar a unos aliados que tan bien se habían portado, y que no creía que la Galia fuese más de Ariovisto que del pueblo romano” (XLV).

Al final Julio César venció en la batalla a los germanos. Quizá se podría haber llegado a un resultado diferente si Ariovisto hubiera atendido la demandas planteadas y hubiera enfocado el tema de modo más cooperativo. Aunque hay quien piensa que Julio César fue a la Galias a hacer méritos para futuras responsabilidades

De ‘ama a tu enemigo’ a la balanza de Hobbes

La balanza de Hobbes sirve para aplicar su versión de la Regla de Oro
La balanza de Hobbes sirve para aplicar su versión de la Regla de Oro

 

La Regla de Oro de la Humanidad ha recibido diversas formulaciones a lo largo del tiempo. La mayoría de religiones suelen incorporar algún principio similar y también ha habido formulaciones laicas en las obras de algunos pensadores. Suele interpretarse como una apelación al principio de reciprocidad y apertura a la empatía. Sin embargo, no todas las formulaciones de la Regla de Oro tienen los mismos matices e implicaciones.

En nuestra cultura, es influyente la versión religiosa de la Regla de Oro que se ofrece en los Evangelios. En el Sermón de la Montaña, Jesús da la versión cristiana de la Regla de Oro. De esta forma, afirma: “tratad a los demás como queréis que ellos os traten” (Lucas, 6, 31). Esta es una formulación clásica de la regla, pero el mensaje va más allá. Esta versión no se queda en la mera expectativa de reciprocidad, sino que apela a una forma de altruismo más extremo.

En este sentido, en el Sermón de la Montaña, Jesús afirma “amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os injurian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra“ (Lucas, 6, 27-29).  Esta visión ha de contextualizarse como un mensaje para los creyentes, donde las acciones buenas de hoy serán recompensadas en el Cielo después de la muerte. Algunos podrían sostener que este enfoque es ingenuo y requiere de cierto grado de heroísmo.

Desde el punto de vista de la estrategia, se pueden hacer dos reflexiones. La primera es que, desde el punto clave de las relaciones entre ética y estrategia, la estrategia comprometida con la ética, puede no funcionar a corto plazo, pero suele funcionar a largo plazo. Dicho de otra forma,  una estrategia ética es una forma de hacer frente a las estratagemas.

La segunda reflexión es que no hay enemigo pequeño y que una forma de valorar a quien te odia, es aprender de él. Una de las primeras reglas de la estrategia es conoce a tu enemigo. Esto significa que deberías tener la mayor información sobre tu adversario. Además, has de reconocer sus méritos y valorarlos. Deberías identificar sus estrategias y, especialmente, sus estratagemas. Y de esta forma la mejor estrategia es aprender de tu enemigo. Y, esto, podría interpretarse quizá como una forma de valoración.

Una versión laica de la Regla de Oro la ofrece Hobbes en el Leviatán. En concreto, afirma su versión negativa cuando sostiene No hagas al otro lo que no quisieras que te hiciesen a ti. Es una regla relacionada con la consistencia lógica, la coherencia entre ideas y acciones y una aplicación del principio de reciprocidad.

En concreto, Hobbes utiliza la metáfora de los platillos de la balanza para comparar las acciones de los demás y las propias. De esta forma, afirma: “bastará con que,  cuando pondere las acciones de otros hombres para con él, si le parecen demasiado rigurosas, las ponga en un platillo de la balanza, y que ponga las suyas en otro, a fin de que sus propias pasiones y su amor propio no entren en el peso” (Hobbes, Leviatán, XV).

Parece que la balanza de Hobbes es una herramienta interesante para juzgar las acciones de los demás y las propias. Puede ser una forma imparcial de calibrar males. Pese al pesimismo de Hobbes sobre la naturaleza humana, él considera que esta balanza es un principio moral de gran relevancia.

La Regla de Oro tiene diferentes versiones e implicaciones. Es una apelación a la coherencia entre ideas y acciones. También señala una relación equilibrada entre el individuo y los demás basada en la reciprocidad. De la versión cristiana de ‘ama a tu enemigo’ se puede concluir que, en el ámbito de la estrategia, una estrategia ética es una forma de hacer frente a las estratagemas y se debe aprender de los adversarios. La balanza de Hobbes permite calibrar las acciones de los demás en función de nuestras propias acciones.  A la hora de actuar, la Regla de Oro es un criterio a tener en cuenta.

Regla de Oro de la Humanidad

La  Regla de Oro afirma "trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti"
La Regla de Oro afirma «trata a los demás como te gustaría que te tratasen a ti»

 

Han habido algunos intentos de encontrar las normas morales que se repiten en diversas sociedades. Sería algo así como el mínimo común denominador de la moralidad humana. Es curioso observar como existen principios que efectivamente se repiten en las diversas religiones y códigos morales.  Uno de esos intentos fue la Declaración por una Ética Mundial aprobada por el Parlamento Mundial de la Religiones acordada en Chicago en 1993.

Uno de los principios centrales en los que se basa la mencionada Declaración es la Regla de Oro de la Humanidad. Esta regla tiene dos formas. Una positiva que establece trata a los demás como te gustaría que te tratasen a ti. Esto merece varias reflexiones. Algunos consideran que es una aplicación más del principio lógico de consistencia. Una forma de ser coherente con los demás y contigo mismo. Sin embargo, las cosas suelen ser más complejas.

De alguna forma, la Regla de Oro se basa en una expectativa futura donde los demás corresponderán a tus actos con el mismo comportamiento que tu has realizado. Es algo vinculado con el espíritu de reciprocidad. Sin embargo, es una expectativa que no tiene por qué cumplirse. La otra parte debería darse cuenta que estás siguiendo la Regla de Oro. O en otras palabras, que eres alguien con expectativa de reciprocidad.

La Regla de Oro tiene una formulación negativa que afirma no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti. Esto implica no hacer daño en la forma que no se quiera ser dañado. En este caso, la expectativa futura es que los demás no te dañarán en cierta forma ya que tu no les has dañado de esa forma. Parece que la cooperación social se basa en este tipo de expectativas. Sin embargo, alguien podría descolgarse y no cumplir estas expectativas.

Por eso, algunos defienden que frente a las buenas intenciones de la Regla de Oro, se debe sostener una Regla de Plata que establece trata a los demás como los demás te tratan.  Esta regla se basa estrictamente en la reciprocidad, y no en expectativas. Es la solución de Axelrod al Dilema del Prisionero, del TIT for TAT. O conocida como el ‘ojo por ojo’. La explicación es que alguien que en el Dilema del Prisionero utilizara la Regla de Oro, conseguiría buenos resultados al principio, pero sería explotado por quien optara por la traición.  La regla del TIT for TAT recompensa o castiga según el comportamiento específico de los demás.

La conclusión es que, aunque están vinculadas, la Regla de Plata es el reverso de la Regla de Oro. La Regla de Oro se basa en una reciprocidad de expectativas y la Regla de Plata se basa en un reciprocidad de actos. La Regla de Oro se basa en el futuro y la Regla de Plata se basa en el pasado.

Se suele afirmar que la Regla de Oro también es un compromiso con la empatía, con ‘ponerse en el lugar del otro’.  Este es un principio ético de gran relevancia. Sin embargo, si se analiza un poco la Regla de Oro se basaría en la falsa suposición de que todos tenemos los mismos gustos y necesidades.

Si tengo un amigo vegetariano y a mí me encanta la carne, la forma de tratarle como me gustaría que me trataran a mí, sería prepararle un gran banquete de carne. Pero eso a él no le gustará, ni lo agradecerá e incluso, se molestará. Esta Regla de Oro parece centrada en el agente, donde éste determina que es lo correcto. Pero esto, aunque puede ser adecuado a veces, no siempre funciona.

Por eso hay quienes defienden una Regla de Platino que afirma trata a los demás como les gustaría que les trates. Esta regla sostiene que debemos actuar con los demás según los intereses o gustos de los demás. De esta forma, mi amigo vegetariano tendría una magnífica ensalada conforme a sus gustos.

El problema de la Regla de Platino es que los gustos e intereses de los demás también son particulares y, a veces, pueden llevar a situaciones paradójicas, como si alguien es adicto o masoquista. Esta Regla es más exigente que la Regla de Oro y la Regla de Plata. Es una visión altruista, que puede llegar a ser heroica.

La clave está en la reciprocidad. Si mi amigo vegetariano quiere agradecerme la ensalada, la Regla de Oro le lleva a preparar un gazpacho y la Regla de Platino a cocinar un solomillo. Por eso es importante la información entre las partes y poder aclarar los términos de la reciprocidad.

La Regla de Oro es un principio moral reflejado en múltiples textos religiosos y laicos de la Humanidad. Es un buen principio para juzgar una acción moral. Se basa en las expectativas, el futuro y el espíritu de reciprocidad. La principal crítica es que el agente se muestra como el criterio de corrección moral.

¿Quién le pone el cascabel al gato?

El Estado de Naturaleza es una guerra de todos contra todos.
El Estado de Naturaleza es una guerra de todos contra todos.

 

En el inicio de Pensar estratégicamente, Dixit y Nalebuff explican unos cuentos relacionados con elementos estratégicos. En concreto, uno de ellos dice así “en el cuento infantil sobre quién le iba a poner el cascabel al gato, los ratones deciden que la vida sería mucho más fácil si el gato tuviera que llevar un cascabel al cuello. El problema era quién arriesgaría su vida para ponerle el cascabel.” Esto hace referencia a un famoso problema de acción colectica, que se conoce como dilema del prisionero. La primera versión de este problema aparece en una obra del siglo XVII que fue escrita por Thomas Hobbes y se llama Leviatán.

En este tratado el autor formula, por primera vez, la teoría del Contrato social como forma de justificar el Estado. Para ello imagina como sería una sociedad sin leyes y sin Estado y le llamó Estado de Naturaleza.

Los seres humanos son mutuamente vulnerables y tienen una relativa igualdad de facultades. Lo cual hace, según el relato hobbesiano, que compitan por determinados objetivos, se produzca la desconfianza y se llegue a la guerra. Hobbes sitúa en la naturaleza del hombre tres causas principales de disensión: la competencia –hace que los hombres invadan el terreno de otros para conseguir ganancias-,  la desconfianza –para lograr seguridad- y la gloria –para adquirir reputación-.

Aquí la famosa frase de que el hombre es un lobo para el hombre. Hobbes describe el Estado de Naturaleza como una guerra de todos contra todos donde “la vida del hombre es solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”.

La vida se compone de elecciones que tienen sus puntos a favor y en contra y, en este caso, se puede sintetizar en una dilema entre guerra y paz. Si se opta por la guerra, los seres humanos permanecen libres, a lo que aspiran naturalmente, y pueden ejercer el dominio sobre los demás. Si se opta por la paz,  se garantiza la propia conservación, el deseo de obtener las cosas necesarias para vivir cómodamente, y la esperanza de que, con su trabajo, pueda conseguirlas.

Pero para conseguir la paz, se necesita un poder común que haga cumplir los convenios y obedecer las leyes. Además de la guerra constante, lo que caracteriza al Estado de Naturaleza es la ausencia de un poder que haga cumplir los pactos y normas. Y aquí viene el dilema ¿quién le pone el cascabel al gato?

Existe una situación óptima que requiere la cooperación de ambas partes –paz- y una situación mediocre que supone la competición de ambas partes –guerra-. También existen situaciones intermedias donde uno coopera y otro compite donde una parte gana y otra pierde. El equilibrio se sitúa, en principio, en la situación mediocre –guerra-, pero si ambas parte llegasen a un acuerdo llegarían a un estado óptimo –paz- Pero para que el acuerdo sea estable debe haber garantías de que ninguna parte va a traicionar a la otra.

El resultado óptimo necesita del acuerdo estable entre las partes. Explicado de forma sintética, esta visión subyace a la lógica del Contrato Social. El Estado se justifica porque se garantiza de forma estable que se cumplan los convenios y se obedezcan las leyes. Ha de ser un Estado porque un grupo de personas o una multitud de personas no garantizan que alguien traicione el pacto o no quiera cumplirlo.

Es más que concordia o consentimiento, explica Hobbes “es una verdadera unidad de todos en una y la misma persona, unidad a la que se llega mediante un acuerdo de cada hombre con cada hombre, como si cada uno estuviera diciendo a otro: «Autorizo y concedo el derecho de gobernarme a mí mismo, dando esa autoridad a este hombre o a esta asamblea de hombres, con la condición de que tú también le concedas tu propio derecho de igual manera y les des esa autoridad en todas sus acciones. Una multitud así unida en una persona es lo que llamamos Estado, en latín Civitas”.  

Según el enfoque hobbesiano las funciones principales del Estado son garantizar la paz y la seguridad. Alguien podría sostener que nunca ha firmado un contrato parecido al formulado por Hobbes. La respuesta que se podría dar es que está disfrutando del resultado óptimo –paz- y que esto es preferible al resultado mediocre –guerra- donde es libre, pero sometido a una gran inseguridad y peligro. Mantener el resultado óptimo de paz requiere un acuerdo para tener un poder común –Estado- que haga cumplir los pactos y que se obedezcan las leyes. Hobbes fue el primero que puso el cascabel al gato, que dijo que era preferible la paz y la seguridad garantizadas por el Estado, que la libertad natural que aboca a la guerra de todos contra todos.

 

Modelo ético maquiavélico

La regla fundamental de Maquiavelo es el deseo de éxito
La regla fundamental de Maquiavelo es el deseo de éxito

 

El siguiente es el modelo ético maquiavélico. Es una versión extrema y particular del modelo ético consecuencialista. Está inspirado en la obra de Nicolás de Maquiavelo. Es curioso como de un pensador ha surgido un término maquiavelismo que la Real Academia define como “modo de proceder con astucia, doblez y perfidia”.  Maquiavelo no ha tenido demasiada buena prensa, pero el método ético maquiavélico es más común de lo que parece.

El lema más conocido de Maquiavelo es el fin justifica los medios pero esta atribución no es del todo adecuada porque esa frase no aparece en ninguna de sus obras.  Sin embargo, en El Príncipe, afirma:“(…) y en las acciones de todos los hombres, y máxime en las de los príncipes, cuando no hay tribunal al que reclamar, se juzga por los resultados. Haga, pues, el príncipe lo necesario para vencer y mantener el Estado, y los medios que utilice siempre serán considerados honrados y serán alabados por todos.” (Maquiavelo, El príncipe, XVIII).

El modelo ético maquiavélico afirma, como regla fundamental, el deseo de éxito y, en ese contexto, los fines elegidos son más importantes que los medios. Pero eso no significa que automáticamente el comportamiento deba ser inmoral. El Príncipe es un tratado sobre la naturaleza humana donde podemos aprender que el príncipe si quiere conseguir el éxito tiene que simular y disimular, pero finalmente actuar de acuerdo con la regla que le lleve al éxito.

Esto puede suponer una adhesión aparente a los valores, pero finalmente actuar de acuerdo con el pragmatismo. En uno de los pasajes más conocidos, Maquiavelo se plantea por “de qué forma tiene que mantener su palabra un príncipe” y ofrece una respuesta que está en su línea: “un señor que actúe con prudencia no puede ni debe observar la palabra dada cuando vea que va a volverse en su contra y que ya no existen las razones que  motivaron su promesa. Y si todos los hombres fuesen buenos este precepto no sería justo; pero puesto que son malvados y no mantendrían su palabra contigo, tú no tienes por qué mantenerla con ellos. Y a un príncipe nunca le han faltado razones legítimas para excusar su inobservancia” (Maquiavelo, El príncipe, XVIII).

Desde el modelo ético deontológico se replicaría que se deben mantener siempre las promesas y se debe decir siempre la verdad.  Si analizamos el escenario según Maquiavelo, deben darse tres circunstancias que aconsejan no cumplir una promesa:  a) Se pueda volver en contra de quién la formuló; b) No existen las razones que la motivaron; c) Los hombres son malvados y no cumplirían su palabra contigo. El segundo motivo es el más fuerte y podría ser invocado si realmente  ya no existen los motivos que originaron la promesa. El primero debería haber sido previsto adecuadamente y sobre el tercero, se podrían encontrar ejemplos que afirmen lo contrario.

Existen varias interpretaciones sobre Maquiavelo. La versión maquiavélica de Maquiavelo nos sitúa a un autor diabólico, inmoral, anticristiano, que justifica cualquier acción para conseguir sus objetivos. La versión republicana de Maquiavelo afirma que era un patriota, que quería defender ante todo el Estado y consideraba que el Príncipe debía tener virtudes civiles y políticas y no religiosas.

Por este motivo algunos consideran que es el fundador de la Ciencia Política, porque considera que la política tiene sus propias reglas, distintas de la ética y la religión.

Desde la visión estratégica, Maquiavelo ofrece lecturas, dudas y reflexiones interesantes. Por ejemplo, encontramos este interesante consejo para estrategas: “hay que ser un zorro para conocer las trampas, y un león para amedrentar a los lobos” (Maquiavelo, El príncipe, XVIII). Pero quizá el elemento clave dentro de la estrategia es cómo actuar frente a alguien maquiavélico.  La primera y más difícil tarea será identificarlo por que como afirma Aranguren “un maquiavelismo confesado se anularía en cuanto tal: para ser eficaz tiene que se hipócrita y rendir tributo a la virtud” (Aranguren, José Luis, Ética y Política)

El estratega debe estar alerta y, por ejemplo, establecer mecanismos de comprobación imparcial de las diferentes operaciones. Se podría dar el caso de alguien buscando su éxito, fingiendo conformidad, no cumpliera su palabra. Se deben desarrollar estrategias para prevenir estas situaciones. Maquiavelo nos señala que si aprendemos de las cualidades del zorro y del león nos podemos acercar más al éxito.

 

 

Por qué leer a los clásicos

"Un clásico es un libro que nunca termina de decir que lo que tiene que decir" I. Calvino
«Un clásico es un libro que nunca termina de decir que lo que tiene que decir» I. Calvino

 

En un delicioso ensayo, el escritor Italo Calvino se plantea “Por qué leer a los clásicos”. Vivimos tiempos donde parece que prime la novedad y se olviden algunas cosas. En este ensayo, el escritor italiano reivindica el valor de los textos clásicos. En este sentido, afirma “Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres).”

No cualquier libro es un clásico. Pero acercarse a un clásico es aprender o quizá identificar qué parte del conocimiento o del bagaje de cada cual estaba ya en aquel libro tan famoso. Así, Calvino afirma “los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad”. Aproximarse a un texto clásico no es un ejercicio de adhesión acrítica, más bien es un reconocimiento y puede servir como toma de posición. En este sentido, el autor italiano sostiene “Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él.”

Analizaremos a continuación dos célebres máximas que han pasado a la Historia de las Ideas como clásicas, aplicadas al contexto de la estrategia. La primera se debe a Thomas Hobbes en su obra Leviatán. Quien no ha escuchado que “el hombre es un lobo para el hombre”. Esto describe la circunstancias del Estado de naturaleza, una situación donde no hay Estado, ni Derecho, ni pactos, ni promesas…Es una guerra de todos contra todos. ¿Nos gustaría vivir allí? Parece que la convivencia con la amenaza de un conflicto constante no genera estabilidad, ni confianza. En esa situación, los seres humanos acceden a pactar y renuncian a su libertad natural a cambio de unas condiciones. Aquí ya aparecen algunas nociones estratégicas como que el pacto surge para evitar el conflicto o que las condiciones del pacto social dependerán del coste de oportunidad – o sea, de cómo sea la situación para los individuos en la situación alternativa del Estado de Naturaleza-.  En el caso de Hobbes, el Estado de Naturaleza, es un guerra constante entre lobos, los seres humanos pactan renunciar a su libertad natural, a cambio de la paz y la seguridad. Sin embargo, existen otras versiones del Contrato Social donde las condiciones son diferentes, como es el caso de Locke –donde el Pacto implica la noción de derechos individuales- y Rousseau –que considera que hombre es bueno por naturaleza y el Pacto implica someterse a la voluntad general-.

La segunda máxima se debe a Aristóteles en su obra Política afirma que “el hombre es un animal político”. Eso significaba que el ser humano en un animal de la polis, se interpreta como que es un ser social. Sólo en el contexto de la sociedad, el hombre puede desarrollar plenamente sus capacidades. Esta máxima permite lecturas más o menos descontextualizadas. Voy a ofrecer una que se vincula con cuestiones de estrategia. Como animal político, el ser humano se mueve en situación de cooperación y/o conflicto. La mayoría de escenarios combinan elementos cooperativos y competitivos. El elemento clave es la interdependencia. Habría varias definiciones para este concepto, pero el fenómeno es conocido. Dependemos de los demás para nuestros objetivos y los demás dependen de nosotros para sus objetivos. El uso estratégico de la interdependencia es el poder de convicción de cada cuál para alcanzar sus objetivos de la forma más compatible posible con los objetivos de los demás. Lo cual dependerá de los diversos escenarios cooperativos/conflictivos y para cada situación se deberá desarrollar una estrategia específica.

Para terminar, una reflexión de Italo Calvino: “es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone.”