Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas (II)

Diego de Saavedra Fajardo fue un escritor político, crítico literario, poeta, filósofo y jurista español, que nació en Algezares en 1584 y murió en Madrid en 1648. Recientemente, dediqué un post a comentar su ensayo Empresas políticas, que es una obra monumental con IV volúmenes y 100 empresas, como anuncia el subtítulo. Estos libros reúnen los consejos de quien fue diplomático como profesión sobre cómo ejercer el poder político de la mejor manera. 

A continuación, se comentarán fragmentos del volumen II del libro Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas de Diego de Saavedra Fajardo al estilo de Estrategia Minerva Blog.

“Los muy atentos a engrandecerse y fabricar su fortuna son peligrosos en los cargos; porque, si bien algunos la procuran el mérito y la gloria, y estos son siempre acertados ministros, muchos tienen por más seguro fundalla sobre las riquezas, y no guardar el premio y la satisfacción de sus servicios de la mano del príncipe, casi siempre ingrata con el que más merece” (Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas, LIII).

El ánimo de lucro suele afirmarse como motor del sector privado. La explicación de mano invisible del mercado de Adam Smith y la fábula de las abejas de Mandeville, con diversas intensidades y matices, sostienen que, desde los vicios privados, como la avaricia, el lujo, el afán de lucro, la envidia, se llega a consecuencias públicas positivas, como la riqueza, la eficiencia o la libre competencia. No obstante, como sostiene Saavedra Fajardo en este pasaje, no es adecuado que el afán de lucro sea el objetivo de los que tienen responsabilidades en el sector público. La política se legitima de forma que los gobernantes rindan cuentas de su gestión, que ha de caracterizarse por la transparencia, el rigor con el presupuesto público y una adecuada gestión de los conflictos de intereses. 

“Pero, aun cuando la necesidad obligare a esto al príncipe, no ha de vivir descuidado y ajeno a los negocios, aunque tenga ministros muy capaces y fieles; porque el cuerpo de los Estados es como los naturales que, faltándole el calor interior del alma, ningunos remedios, ni diligencias bastan a mantenellos o a sustentar que no se corrompan. Alma es el príncipe de su República y para que viva es menester que en alguna manera asista a sus miembros y órganos” (Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas, LVII).

Salvando las debidas distancias contextuales, en estas líneas de Saavedra Fajardo alude, de forma incipiente, a la noción de responsabilidad política. Desde la responsabilidad jurídica, si alguien comete un delito y es condenado por un juez, debe entonces cumplir una sanción, que puede consistir en pena de prisión, multa o inhabilitación de derechos políticos. Desde la responsabilidad política, si alguien ejerce una responsabilidad pública y ha cometido hechos que implican una reprobación grave y le llevan a perder la confianza de quien lo nombró, debe dimitir. La dimisión o cese es la sanción de la responsabilidad política. Además, el gobernante es responsable políticamente si no ha vigilado apropiadamente a los subordinados –culpa in vigilando– o si nombró a alguien y resultó negligente al no darse cuenta de lo manifiestamente inadecuado que era su candidato para el puesto –culpa in eligendo-. Es destacable que la responsabilidad de los gobernantes va más allá de meramente no cometer delitos y, ante casos graves, si se ejerce la responsabilidad política, el mejor camino es dejar el cargo público. 

“El vulgo de cuerdas desta arpa del reino es el pueblo. Su naturaleza es monstruosa en todo y desigual a sí misma, inconstante y varia. Se gobierna por las apariencias sin penetrar el fondo. Con el rumor se consulta. Es pobre de medios y consejos, sin saber distinguir lo falso de lo verdadero; inclinado siempre a lo peor. Una misma hora se ve vestida de dos afectos contrarios. Mas se deja llevar dellos que de la razón, más del ímpetu que de la prudencia, más de las sombras que de la verdad” (Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas, LXI).

Existe una tradición elitista en la Historia de las Ideas desde Platón. Algún recelo mostraba Sartori en Homo Videns, sobre la videocracia y cómo el criterio para elegir candidatos en los partidos políticos era fijarse en actores o deportistas porque ya eran famosos, porque aparecían en televisión. Umberto Eco criticaba las redes sociales porque habían dado voz a algunos necios, que antes apenas nadie escuchaba. La clave, en la era digital, es si la manipulación del pueblo por los demagogos sigue incluso más sofisticada, camuflada entre avances tecnológicos.

“Tres cosas se requieren en las resoluciones: prudencia para deliberallas, destreza para disponellas y constancia para acaballas. Vano fuera el trabajo y ardor en sus principios si dejásemos (como suele suceder) inadvertidos los fines. Con ambas áncoras es menester que las asegure la prudencia” (Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas, LXIII).

Este parece un interesante planteamiento para establecer una estrategia. Se pueden advertir dos fuentes de inspiración: Maquiavelo y Aristóteles. Por una parte, en estas líneas de Saavedra Fajardo, se desprende pragmatismo y una adecuación de medios a fines y la relevancia en la elección de estos y aquellos, lo cual está en la línea de algunos escritos de Maquiavelo. Por otra parte, el énfasis en la prudencia, que Aristóteles consideraba virtud de virtudes, que se centraba en la racionalidad práctica y tenía como objetivos los fines de los seres humanos, la felicidad o el florecimiento humano. Las virtudes, según la perspectiva aristotélica, surgen como término medio entre los vicios, uno por defecto y otro por exceso. Una apelación a la moderación como guía para la vida humana. 

Francisco Suárez, sobre la causa justa 

Francisco Suárez es considerado como el máximo exponente de la Filosofía escolástica del siglo XVI en España. Nació en Granada en 1548 y falleció en Lisboa en 1617. Fue filósofo, teólogo y jurista. Jesuita (1564), estudió en Salamanca y enseñó Teología en Segovia (1571), Valladolid (1576) y Roma (1580). Fue Catedrático de Teología en las Universidades de Alcalá (1585) y Salamanca (1593), en 1597 marchó a Coimbra, donde tuvo que doctorarse de nuevo en Teología para poder ejercer como profesor. Entre sus obras, destaca la obra Disputaciones metafísicas, que tuvo mucho éxito en su época, con base en autores clásicos y escolásticos. 

A continuación, se comentará la teoría de la causa justa de la guerra de Francisco Suárez, como se refleja en su ensayo Guerra, intervención, paz internacionalal estilo de Estrategia Minerva Blog. 

¿Cuáles son los títulos justos de guerra según la razón natural?

“Ninguna guerra puede ser justa si no existe una causa legítima y necesaria. La conclusión es cierta y evidente. Ahora esta causa justa y suficiente razón de guerra es una grave injuria ya consumada que ni puede ser vengada, ni reparada de otra manera” (Francisco Suárez, Guerra, intervención, paz internacional, IV.1).

Recuerda Bobbio, que las posiciones que tienden a justificar todas las guerras se denominan belicistas, las que tienden a no justificar ninguna se incluyen en el pacifismo activo y las intermedias que aprueban unas y condenan otras, son las teorías de la guerra justa. Precisamente, el enfoque de Suárez es precisar los supuestos en los que una guerra sería justa.  

En este contexto, afirma Bobbio, dos principios fundamentales: “la certeza de los criterios de juicio y de la imparcialidadde quien debe juzgar”. Y este autor concluye que en la declaración y realización de una guerra no se respeta ninguno de los dos principios (Norberto Bobbio, El problema de la guerra y las vías de la paz).

La doctrina de Francisco Suárez sobre la guerra es que esta solo es justa como ultima ratio, cuando otros recursos de compensación, resarcimiento o restauración no son accesibles frente a una grave injuria. Es interesante pensar cuando Clausewitz, gran teórico de la estrategia, dijo que “la guerra es una mera continuación de la política por otros medios”. La estrategia y la negociación han de ser elementos que minimicen las consecuencias negativas de las guerras. O de otra forma, la guerra, como mal resultado, puede ayudar a las partes a moverse estratégicamente para ser evitada.

“No es suficiente en la causa cualquiera para justificar la guerra, sino solamente la causa que es grave y proporcionada a los daños de la guerra. Sería contra la razón natural inferir daños gravísimos por una injuria leve. Tampoco el juez puede castigar toda clase de delitos, sino solamente aquellos que atentan contra la paz general y el bien del Estado” (Francisco Suárez, Guerra, intervención, paz internacional, IV.2).

Está asociado a la prudencia, y a un principio de justicia, que la causa justa de la guerra debe ser grave y proporcionada a sus daños. Sin embargo, esto no siempre es así.  

“Varias clases de injurias son causa de guerra justa; estas pueden ser agrupadas en tres capítulos. Primero, cuando el príncipe se apodera de las propiedades de otro y no quiere restituirlas. Segundo, cuando sin causa razonable niega los derechos comunes de gentes, tales como el derecho de tránsito por la vía pública y el comercio internacional. Tercero, una grave injuria en la reputación o el honor. También son causa suficiente de guerra estas injurias, cuando son inferidas al propio soberano o sus súbditos, pues el príncipe es el guardián del Estado y de los ciudadanos” (Francisco Suárez, Guerra, intervención, paz internacional, IV.3).

Traduciendo a un lenguaje más actual, el primer supuesto sería el de disputas territoriales entre dos Estados por un territorio en concreto, donde se mezclan cuestiones como soberanía, integridad territorial, etc. Es una fuente clásica de conflictos, que puede llevarse por vía diplomática, aunque a veces acaba en guerra.

El segundo supuesto sería una vulneración grave de derechos humanos, aquí habría cuestiones como si el tema de la injerencia en asuntos internos, si la democracia se puede exportar o la jurisdicción universal. Se podría plantear que existe el sistema universal, regional y estatal de protección de los derechos humanos, que tienen muchos mecanismos de solución de conflictos, aunque al final puede que una guerra defensiva para proteger derechos humanos pueda estar justificada.

El tercer caso sobre la lesión grave en la reputación o el honor, actualmente, no sería motivo de la causa justa de una guerra, ya que existen otros mecanismos de protección.  En cambio, las redes sociales han popularizado la cultura de la cancelación, donde se denigra a personas, por sus acciones u opiniones consideradas políticamente incorrectas. 

“La guerra del pueblo contra su soberano no es intrínsecamente mala, aunque ella sea agresiva; deben cumplirse, sin embargo, las otras condiciones de la guerra justa para que esta sea honesta. Solamente tiene lugar esta conclusión en el caso de que el príncipe sea un tirano; puede ocurrir de estas dos maneras: primera si el príncipe es tirano en cuanto a su dominio y poder; segunda, si solamente es tirano en cuanto a la manera de gobernar” (Francisco Suárez, Guerra, intervención, paz internacional, VIII.2).

Esta distinción de Suárez sería un precedente de las nociones que estableció Max Weber como legitimidad de origen y legitimidad en ejercicio al abordar el análisis del poder. Estas palabras sobre las condiciones de la guerra justa contra el tirano siguen la tradición medieval de justificación del tiranicidio, pero dan más amplia cobertura al incluir esta lucha dentro de los tipos de guerra justa.

En primer lugar, el tirano es, aclara Suárez, el “que obtiene contra derecho el gobierno de un Estado, especialmente si lo rige sin justicia y a medida de su voluntad.” En segundo lugar, el tirano es el “que abusa de su poder, superioridad o fuerza en cualquier concepto o materia, o que, simplemente, del que impone ese poder y superioridad en grado extraordinario.”

La guerra justa sería un mecanismo para la protección contra el abuso de poder.  Pero ¿es la guerra el mejor mecanismo para tal fin? El constitucionalismo tuvo ese mismo objetivo y es un sistema que busca contrapesar a los diferentes poderes, que se controlan mutuamente. Sin embargo, se dan concepciones de la separación de poderes en sociedades democráticas, sobre quién ha de tener la última palabra en las cuestiones más controvertidas y sobre si todos los temas son susceptibles de someterse a votación. 

Como dijo Foucault “la política es la continuación de la guerra por otros medios”, Aquí se contradice, o quizá, se complementa a Clausewitz. Es preocupante la creciente polarización política. Carl Schmitt sostenía que la política consistía en beneficiar a tus amigos y perjudicar a tus enemigos. Esto se conoce como la dialéctica amigo/enemigo. Considerar enemigos a los adversarios políticos, es el primer paso a la fuerte polarización, al conflicto civil, a la desunión. Esperemos que la política encuentre los mejores medios y estrategias para un mejor futuro y pocas, o ninguna, situación de causa justa para una guerra.

Breviario para políticos

Continuamos con la serie dedicada a los manuales. En esta ocasión dedicada al Breviario para políticos, publicado en 1684, atribuido al Cardenal Mazarino, o a alguien de su entorno más cercano. Julio Mazarino nació en Pescina, Italia, en  1602 y murió en Vincennes, Francia, en 1661. Fue un cardenal italiano, sin haber sido ordenado sacerdote, al servicio de la monarquía francesa que ejerció el poder en los primeros años del reinado de Luis XIV. Fue político, diplomático, militar, consejero de Luis XIV y responsable -como primer ministro- de poner las bases para convertir a Francia en una gran potencia europea.

Para los interesados en la política y la estrategia, y algo mitómanos, es destacable que el personaje histórico que apoyó y convirtió al Cardenal Mazarino en un hombre de Estado, fue el famoso Cardenal Richelieu, a quien sustituyó en el cargo.  De ambos se presume la astucia y la sagacidad, así como la eficacia y la razonabilidad en el ejercicio del buen gobierno. Este Breviario para políticos tiene influencias del enfoque pragmático y de realismo político de Maquiavelo.

A continuación, se comentarán pasajes del Breviario para políticos del cardenal Mazarino al estilo de Estrategia Minerva Blog. Es destacable que se sigue la edición de esta obra que ha realizado María Blanco titulada La política del disimulo. Cómo descubrir las artimañas del poder con Mazarinode la Editorial Rosamerónque incluye en ensayo de la editora.

Obtener estimación y fama 

“Nunca olvides que cualquiera es susceptible de propagar rumores sobre ti si en su presencia te has comportado -o has hablado- de forma demasiado libre o grosera. En este asunto no te fíes de sirviente o de paje. La gente se fija en un incidente aislado para generalizar; lo aprovechan para propagar tu mala fama” (Cardenal Mazarino, Breviario para políticos). 

Es un gran consejo tener presente la prudencia al hablar y no fiarse de quién puede estar escuchando. Los propagadores de rumores/señores de la moral pueden usar pasadas confidencias para destrozar tu imagen. Puede que tu reputación pública se base en un bulo mil veces repetido. Según la Real Academia, un bulo es una “noticia falsa propagada con algún fin”. Más vale utilizar la vía de la prudencia y dejar los bulos y los rumores para otros. 

“Finge modestia, candor, amabilidad y perfecta ecuanimidad. Agradece, felicita, muéstrate disponible, incluso hacia aquellos que nada han hecho para merecerlo” (Cardenal Mazarino, Breviario para políticos). 

Si alguna vez tienes una responsabilidad, es importante ejercerla desde la moderación, la ecuanimidad y la voluntad de servicio público. Tu carácter ha de acomodarse a las circunstancias y cultivar, además de la prudencia, las virtudes aristotélicas de la templanza, la justicia y el coraje.

“Abstente de intervenir en discusiones en las que se enfrenten puntos de vista opuestos, a menos que estés absolutamente seguro de tener la razón y de poder probarlo” (Cardenal Mazarino, Breviario para políticos). 

Se dan dos tendencias perniciosas: el guerracivilismo/faccionalismo que busca dividir a la sociedad en bandos irreconciliables y el querer-tener-razón-en-todo. Es relevante si se tiene una posición de autoridad, hacer compatible el disenso y la unidad.

Obtener el favor del otro 

“Evita fácilmente promesas y conceder demasiados permisos. Muéstrate difícil de engañar y circunspecto al dar tu opinión. Pero una vez dada no la cambies” (Cardenal Mazarino, Breviario para políticos). 

Lo ideal es convertirse en alguien fiable, que tenga crédito, que sea fuente de legitimidad. Esto se aleja del enfoque maquiavélico, donde el príncipe siempre encontraría una excusa para no cumplir la palabra dada. Disiento de Mazarino sobre que no se debe cambiar nunca de opinión. En algunas situaciones, de sabios es rectificar.

Evitar el odio 

“Si en algún momento te relevan de tus funciones, manifiesta públicamente tu satisfacción, incluso tu agradecimiento hacia quién te ha devuelto la quietud y el reposo a los que tanto aspirabas. Busca los argumentos más convincentes para los que te están escuchando: así evitarás que a la desgracia se añada el sarcasmo” (Cardenal Mazarino, Breviario para políticos). 

Es relevante que en esta vida hacer las cosas con elegancia y fair play, aunque no sea algo de moda o se estile. Si se acaban tus responsabilidades públicas, es bueno mirar hacia el futuro y no guardar rencores del pasado. Debería haber un arte y ciencia para dimisionarios y cesantes, que incluyera, además de las buenas formas, obviar siempre la crítica, especialmente a los superiores, y facilitar el camino a los que hayan de venir.

Adquirir sabiduría 

“En la mayor parte de las circunstancias, más vale quedarse quieto, escuchar los consejos de otro y meditarlos mucho tiempo. No sobreestimes el alcance ni de tus palabras, ni de tus acciones y no te encargues de asuntos que no representan para ti utilidad alguna ni en este momento ni más tarde. Tampoco te inmiscuyas en asuntos ajenos” (Cardenal Mazarino,Breviario para políticos). 

Hubo un político español, que tuvo responsabilidades en diferentes niveles de la Administración pública, que hizo famosa su estrategia para gestionar los temas, sobre todo los más complejos, y su secreto consistía en dejar pasar el tiempo. Por increíble que pudiera parecer, muchos asuntos encontraban así una solución antes de volver a ser considerados de nuevo. 

Es otro gran consejo, el de no inmiscuirse en asuntos ajenos, porque existe una tendencia muy latina, de solucionar la vida de los demás, basándose en los propios prejuicios y estereotipos. 

Desde el Barroco, a partir de la experiencia de unos de los núcleos de mayor poder político de la época, el cardenal Mazarino aconseja, en síntesis: ser prudente al hablar y no confiar en quién puede estar escuchando; fingir modestia, amabilidad y ecuanimidad; ejercer cualquier responsabilidad con moderación y voluntad de servicio público; y abstenerse de intervenir en discusiones con puntos de vista opuestos a menos que se esté seguro de tener la razón y poder probarlo. Y, por último, recomienda escuchar los consejos de otros, meditar mucho tiempo y no inmiscuirse en asuntos ajenos.

La mejor lectura que puede hacer de este enfoque de Mazarino es que puede ser adecuado para la política y también para otros ámbitos de la vida.

Domingo de Soto, sobre la Justicia y el Derecho

Domingo de Soto nació en Segovia en 1495 y murió en Salamanca en 1560. Fue un religioso dominico, teólogo, jurista y catedrático de Teología y Filosofía en la Universidad de Salamanca. Se formó en la Universidad de Alcalá, amplió estudios en la Universidad de París. Participó en el Concilio de Trento y fue confesor real del emperador Carlos V.  Formó parte de la Escuela de Salamanca, junto a Francisco de Vitoria, entre otros. Tuvo un papel en la controversia de Valladolid entre Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda. 

A continuación, se comentarán fragmentos de la obra de Domingo de Soto. Sobre Tratado de la Justicia y el Derecho, al estilo de Estrategia Minerva 

“El efecto de la ley, que principalmente debe mirar el legislador, es hacer buenos a sus súbditos, por medio de la cual bondad consigan el fin humano, que es nuestra felicidad. Esta conclusión se deduce fácilmente de la decisión de la cuestión superior. Porque el fin de la ley es el bien común, en que consiste nuestra bienaventuranza: es así que nada la consigue sino por el ejercicio de las virtudes, que hacen bueno al que las tiene: tanto más cuando (como dice el Filósofo) la felicidad de este mundo está en la práctica de las virtudes: luego es efecto de la ley hacer a los hombres diligentes y probos” (Domingo de Soto, Tratado de la Justicia y el Derecho, C. 2º art. 1).

Las virtudes son hábitos y disposiciones morales que se vinculan con un modelo de excelencia, asociado a una práctica. Si se actúa virtuosamente -repitiendo estos hábitos-, uno se convierte en virtuoso. Esta es una ética que moldea el carácter. Y aquí habría dos enfoques. El primero que sostendría que no es tarea del gobierno imponer modelos de vida buena y se resalta la célebre distinción entre teorías de la justicia -ética pública- y concepciones del bien -ética privada-. El segundo, tiene varias versiones, la clásica aristotélica -que inspira a Domingo de Soto- y una versión más actualizada, que haría compatible la promoción estatal de las virtudes, con el respeto de la autonomía individual y el pluralismo de valores, en la línea que defiende Joseph Raz en Morality of freedom.

“Porque nuestra conclusión es que la ley hace a los hombres buenos, y este raciocinio solo saca que los hace buenos súbditos, lo que es menos. Porque Aristóteles distingue al buen ciudadano del hombre bueno. Un ciudadano se llama bueno si es buen súbdito, esto es, obediente al mandato de la ley; pero el hombre bueno tiene algo más de probidad. Porque, comoquiera que la ley civil permita muchas cosas impunemente, puede uno obedecer las leyes, y, sin embargo, ser malo a saber, avaro, fornicario, etcétera, como antes reaccionábamos. Luego no es bastante que la ley haga buenos súbditos para que haga a los hombres simplemente buenos” (Domingo de Soto, Tratado de la Justicia y el Derecho, C. 2º, art. 1).

Si el argumento de la exclusión de ideales y la neutralidad estatal suele defenderse habitualmente desde la perspectiva liberal, cabe plantearse ¿pueden imponerse por el Estado las virtudes cívicas? Parece que la república de los egoístas/atomistas no es suficiente para el cemento de la sociedad y la educación de estos valores cívicos tiene un papel destacado. Sin embargo, algunos autores, como Sandel, han destacado en justificar el papel de las virtudes cívicas para afianzar las sociedades democráticas. Otros siguen en el argumento de la neutralidad estatal.

“Aunque la razón humana pudiese ser una regla cierta de nuestras acciones, sería mucho mejor gobernada la República por la viva voz de los hombres que por las leyes escritas. Por tanto, siendo juez (como dice Aristóteles), la justicia animada, más fácilmente y con más congruencia, sacudiría a él que la ley sorda y muda. Porque, versando las acciones sobre el uso de cosas particulares, la ley humana no puede proveer a todo, y considerar todas las circunstancias singulares, como lo haría el juez con su prudencia” (Domingo de Soto, Tratado de la Justicia y el Derecho, C. 5ª, art. 1).

Aquí se sigue la influencia aristotélica en una especie de distopía particularista, una especie de triunfo de la tópica, la viva voz de los hombres en vez de leyes escritas. El mundo del Derecho es perfectible, pero tiene cualidades indudables. Es una característica del Estado de Derecho, que éste se rige por el gobierno de las leyes, no de los hombres. Fue un gran avance desde el Antiguo Régimen. El sistema jurídico se compone de leyes generales y abstractas. Se da un gran debate doctrinal sobre si las normas, ya sean reglas o principios, deben tener el antecedente abierto o cerrado. O, por otra parte, si frente a circunstancias no contempladas, éstas son condicionales derrotables. Es, entonces, cuando el juez, como experto y desde su experiencia, debe considerar la situación, como una pieza más del Estado de Derecho. 

“Si la república se rige mejor por un hombre bueno que por una buena ley. Y afirma que gobierna mejor la ley que el hombre. Lo cual repite también Aristóteles en otra obra. A saber: que es más fácil hallar uno o pocos legisladores prudentes que muchos jueces. Pues para dar leyes bastan pocos en un siglo: más para dictar sentencia se necesitan muchos más. Por otra parte, como las leyes se dan después de pensarlas mucho tiempo, y los juicios se resuelven muy brevemente, por eso es más fácil el error en éstos que en aquellas” (Domingo de Soto, Tratado de la Justicia y el Derecho, C. 5ª, art. 1).

En este caso, Domingo de Soto tiene una presunción hacia la tarea de los legisladores, como prudente y ampliamente reflexionada, frente a los errores de los múltiples jueces. Podría ser un enfoque general; sin embargo, en el ámbito iusfilosófico actual se ha dado un giro interpretativo -Alexy, Dworkin- donde la pregunta clave es cuáles son las soluciones para los casos difíciles y se aportan herramientas para responder correctamente a esta cuestión.  Ferrajoli desde su obra Poderes salvajes. La crisis de la democracia constitucional daba argumentos del porqué, en ocasiones, los jueces debían defender el Estado de Derecho frente a las intromisiones del poder ejecutivo. 

“La ley debe redactarse en general, a saber, no debe mandar: Si tal o cual mata, o por tal motivo, o con tal circunstancia, sea castigado, si no en general: Todo el que matare. Porque no pueden incluirse en la ley estas circunstancias accidentales, sino después han de pesarse por la prudencia. A la verdad, así como en lo especulativo, según mandaba Platón, hay que pararse en las especies, pues acerca de los singulares, que son pasajeros, no hay ciencia, sino experiencia; así en la práctica no puede haber ley sobre lo particular, que sucede por casualidad, sino sola prudencia” (Domingo de Soto, Tratado de la Justicia y el Derecho, C. 6ª art. 1).

Las leyes deben ser generales y sobre las circunstancias particulares, mejor aplicar la prudencia, es decir, las virtudes, porque no es posible la ciencia. El renovado interés por la Virtue Jurisprudence, precisamente surge de plantearse cuál es el papel de las virtudes, como la templanza, la fortaleza, la humildad o la honestidad, en la labor de los encargados de aplicar el Derecho. Confiamos que la justicia consistiría en implementar ciertos hábitos, asociados a modelos de excelencia, a la hora de decidir casos judiciales. Así nos acercaríamos al ideal de que quienes aplican la justicia son jueces virtuosos. 

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De entrada, diga no

Los enfoques basados en negociaciones de resultados win-win, donde se busca un acuerdo beneficioso para todas las partes, han tenido gran predicamento. Sin embargo, en ocasiones, el arte y la ciencia de la negociación lleva por otros caminos. Este es el caso de Jim Camp, conocido por sus libros de temas negociales, por ser coach y tener fama de negociador temible. 

Su obra más famosa se titula De entrada, diga no. Las herramientas que los negociadores no quieren que usted conozca donde despliega una serie de principios, valores y técnicas que, de forma algo contra intuitiva frente a ciertos planteamientos dominantes, buscar situar las coordenadas de las negociaciones para buscar resultados eficaces y productivos.

A continuación, se comentarán algunas ideas de este libro de Jim Camp, desde la perspectiva de Estrategia Minerva Blog.

“En una negociación las decisiones son emocionales al cien por cien (…) Las negociaciones y hasta la toma de decisiones empiezan con emociones. Las emociones se desenfrenan, están en la raíz de nuestra decisión inicial, no son de fiar, puede ser incluso destructivas, pero no tienen la última palabra. Mi sistema las considera por lo que son y trabaja con ellas, no contra ellas. Mi sistema enseña a avanzar a partir de las emociones que nunca cierra el trato, hasta llegar a las decisionesque sí cierran el trato” (Jim Camp, De entrada, diga no. Las herramientas que los negociadores no quieren que usted conozca)

Las emociones en la negociación es un tema clásico. Camp afirma que, en Japón, donde la negociación es considerada un arte, se dice que se deben tomar las decisiones con el estómago, nunca con el corazón o con la cabeza.  Esto podría suponer un grave error: es bueno conocer que las emociones influyen en el escenario negocial, especialmente en la otra parte; pero suele producir nefastas consecuencias que el factor emocional sea un elemento decisivo. Lo prudente es moderar y dominar las propias emociones y analizar y conocer las ajenas.

 “Las negociaciones comienzan con un “no”, nada de “quizás” y mucho menos “sí”, sino con un firme y rotundo “no”. En cualquier negociación, esta es la palabra clave que quiero oír, todo lo anterior no son más que apariencias” (Jim Camp, De entrada, diga no. Las herramientas que los negociadores no quieren que usted conozca). 

Este es el elemento estrella de Jim Camp: empezar la negociación con un “no”. Otras posibilidades son una pérdida de tiempo o una forma de albergar ilusiones que no prosperan. Este “no” inicial es una puerta abierta a justificar las propias posiciones y a seguir las conversaciones. Se podría considerar un “no” constructivo. 

“Por miedo a romper la relación con el oponente en la negociación, el colega no quería mostrarse demasiado exigente. No quería herir sus sentimientos diciéndole: “Si no se firma el contrato, no habrá espectáculo.” Debido a su profundo deseo de aprobación, no podía ver el verdadero problema de la negociación” (Jim Camp, De entrada, diga no. Las herramientas que los negociadores no quieren que usted conozca). 

¿Cuántas veces nos vemos obligados a hacer concesiones para salvar la relación? Las negociaciones nos son territorios para buscar la aprobación personal, pero existen personas, con gran afán estratégico, donde conservar su relación en buenas condiciones, implica hacerle concesiones en la línea que marca. El consejo de Jim Camp es separar nítidamente el resultado de las negociaciones de la calidad de los vínculos personales.

“Cada lector puede pensar en un caso en que ha elegido una persona odiosa, pero eficaz en vez de alguien simpático, pero ineficaz ¿Qué tiene que ver la amistad con hacer buenos negocios o tomar buenas decisiones? Absolutamente nada. Y como veremos más adelante, siempre propongo y practico acuerdos respetuosos y amables con el adversario” (Jim Camp, De entrada, diga no. Las herramientas que los negociadores no quieren que usted conozca). 

Aquí vuelven las emociones vinculadas al particularismo de cómo nos relacionamos los seres humanos los unos con los otros. Lo que pone de manifiesto esta reflexión de Camp es que existen decisiones profesionales que se toman con base en vínculos de amistad más que a criterios objetivos. Humano, demasiado humano. Es deseable que en entornos profesionales se valoren los méritos de las personas, con independencia de las emociones que pudieran suscitar.

“Asuma la responsabilidad de las malas decisiones, aprenda de ellas, conozca el fracaso y siga adelante porque está a una sola decisión de recuperar el rumbo. Para asumir esta actitud y este enfoque se necesita una gran disciplina y mucha confianza en sí mismo, porque dar en el clavo es importante para todos nosotros. Es una necesidad poderosa y como todas las necesidades de ser superada” (Jim Camp, De entrada, diga no. Las herramientas que los negociadores no quieren que usted conozca). 

Es creciente el interés por la rendición de cuentas, lo cual puede significar: explicar las propias acciones, justificarlas y ser sancionado o premiado. Este es un ejercicio recomendable, especialmente si se trata de decisiones en el sector público. Desde el punto de vista estratégico, de un fracaso puede surgir una futura victoria. Para que esto sea posible es importante aprender de las circunstancias, los enfoques y las dinámicas que han posibilitado esta situación. Y salir reforzado de todo ello. La palabra crisis en griego significa “separar”, “juzgar”, “decidir”. Y una crisis ha de servir para mejorar los criterios de decisión a utilizar en el futuro.

“Si no puede aceptar un “no”, quemará muchos puentes y no hallará salida en muchas negociaciones. Nada –absolutamente nada– es tan importante en una negociación exitosa como poner de manifiesto desde el primer instante que “no” es una respuesta perfectamente aceptable en cualquier trato” (Jim Camp, De entrada, diga no. Las herramientas que los negociadores no quieren que usted conozca). 

El negociador temible, Jim Camp, insiste en empezar las negociaciones con un “no”, ya que: no busca salvar la relación, sabe manejar las emociones propias y ajenas, no se deja llevar por vínculos particularistas, promueve la eficacia, aprende de los fracasos y opera desde un “no” constructivo, para seguir negociando. 

Kissinger, el negociador global

Desde John F. Kennedy hasta hace relativamente poco, cada presidente de los Estados Unidos ha recurrido al consejo de Henry Kissinger (1923-2023), junto con consejeros delegados y líderes políticos de todo el mundo. Su visión de la política exterior, los asuntos de Estado y el orden mundial ha sido ampliamente considerada. No obstante, su notable balance mundial como negociador ha sido ignorado por un análisis exhaustivo. Este es precisamente el objetivo de la obra de James K. Sebenius, Nicholas Burns and Robert H. Mnookin, Kissinger, the Negociator. Lessons from Dealmaking at the Highest Level. Sebenius es un profesor que forma parte del Proyecto de Negociación de Harvard y ha escrito el libro Negociador tridimensional.

Algunos negociadores prefieren lo estratégico y lo general. Otros se enfocan en lo personal y lo específico. Los menos, efectivamente, mantienen ambas posturas. Sebenius et al examinan la habilidad excepcionalmente desarrollada por Kissinger de enfocarse en una perspectiva más amplia. En este sentido, han caracterizado su enfoque como estratégico, realista, propenso a cambiar el juego y ágil en situaciones multipartitas.

Muchas personas creen que la negociación es simplemente regateo; no es muy diferente de un bazar, donde una persona hace una oferta extremadamente alta y la contraparte sigue ofreciendo lo mismo. Las concesiones se hacen gradualmente con el objetivo de que las partes lleguen a un acuerdo final. Kissinger caracterizó y criticó este enfoque estándar de la negociación al inicio de su carrera y más adelante esto fue reflejado en su experiencia: No tiene sentido que haya ofertas moderadas si el acuerdo se encuentra normalmente entre dos posiciones de salida. La negociación efectiva propondría un punto de partida mucho más radical que el que se está dispuesto a aceptar. Cuanto más escandalosa es la oferta inicial, más clara es la idea de lo que uno «realmente» quiere que se considere un compromiso.

Kissinger aconsejaba convencer a la otra parte de los propios objetivos e intereses subyacentes en lugar de exagerar tácticas. Él sostenía que no hacer esto obstaculiza la negociación efectiva. En las negociaciones generales, Kissinger expresó: «Hago un considerable esfuerzo para no dejar ninguna duda de nuestro enfoque fundamental. Solo los pedantes creen en la ventaja de la ocultación; solo los románticos creen que una negociación con engaños puede prevalecer. En una sociedad de Estados soberanos, un acuerdo solo se mantendrá si todas las partes lo consideran beneficioso para ellas. Deberían sentirse involucrados en el resultado. El arte de la diplomacia no es ser más astuto que la otra parte, sino convencer a los demás de que cada posición es de interés común y de que las penalidades del punto muerto continúan. El diplomático inteligente es consciente de que es imposible desafiar a su adversario con astucias; a largo plazo, una reputación de credibilidad e imparcialidad es de gran valor. Los mismos negociadores se encuentran una y otra vez: si un diplomático adquiere una reputación de evasión o duplicidad, su habilidad para negociar con otros es socavada.”

Es evidente que el realista en Henry Kissinger valora las acciones y los resultados en lugar de las palabras: «Los hombres de Estado valoran la estabilidad y confiabilidad de un socio, no la búsqueda incesante de nuevas fórmulas mágicas».  Esto nos acerca más a un modelo virtuoso, para mantener relaciones estables en el tiempo, basadas en la confianza y la reputación, que el modelo maquiavélico de resultados a corto plazo.

Analizando las negociaciones en que se involucró Kissinger, se considera la mejor contribución del total más de 130 encuentros entre  China y Estados Unidos en Varsovia, cuando se llegó a una fórmula ambigua y elegante con la que más partes podían convivir. Esto permitió a Estados Unidos y China la cooperación en muchos otros temas relevantes. La crucial sentencia es la siguiente:

Estados Unidos reconoce que todos los chinos a ambos lados del Estrecho de Taiwan mantienen que solo hay una China. El gobierno de los Estados Unidos no cuestiona esta posición.”

¿Solo palabras? Difícilmente. Se han dado innumerables ejemplos de esas formulaciones creativamente ambiguas de las negociaciones de Kissinger. El denominador común es siempre formulaciones que salvan la cara, pero que hacen que las dos partes declaren la victoria y que puedan avanzar desde anteriores bloqueos. 

En algunos casos, no obstante, ninguna palabra del acuerdo puede ser demasiado costosa para pronunciarse o formalizarse por escrito. Se trata de los acuerdos tácitos. No obstante, el acuerdo propuesto constructivamente, puede ser inaceptable si es exigido.  

Estos acuerdos tácitos, de forma general, pueden ser útiles cuando hay un grupo de partes interesadas, o una audiencia poderosa, interna o externa, que se opone a un acuerdo formal y pueden poner costes a un negociador que los acuerda.  Sin muchos de los costos posibles, un acuerdo tácito puede basarse en el contenido deseado, si no puede ser con la forma. 

La ambigüedad constructiva y los acuerdos tácitos tienen un lugar privilegiado en el conjunto de herramientas tácticas de Kissinger, el negociador global.

Erasmo de Rotterdam, sobre los buenos gobernantes

Erasmo de Rotterdam, un su obra Educación del buen príncipe cristiano, analiza cuáles son las cualidades que un buen gobernante debe tener.

El autor humanista conocido como Erasmo, nació en Rotterdam 1 enero de 1467 y falleció el 1 enero de1536. Su nombre de pila era Geert Geertsz, “Gerardo hijo de Gerardo”,  es llamado “príncipe de los humanistas”. Estudió en Deventer y luego en París. Realizó viajes por toda Europa, sobre todo por Inglaterra, Italia y los Países Bajos, entablando amistad con los humanistas y, particularmente con Tomás Moro.

En su obra Educación del príncipe cristiano 1516 Erasmo de Rottedam da consejos sobre cómo debe actuar el príncipe, de acuerdo con la justicia. Aunque esta obra es contemporánea de El Príncipe de Maquiavelo, escrito en 1513 y publicado en Roma en 1531, el enfoque de ambas es opuesto y suele ser comparado. A continuación, se comentará esta obra de Erasmo de Rotterdam, con el enfoque de Estrategia Minerva Blog.  

Erasmo de Rotterdam afirma, al principio de la obra “si quieres mostrarte como un príncipe distinguido, intenta que nadie te supere en tus propias cualidades, en sabiduría, en grandeza de ánimo, de moderación, integridad. Pero, si te pareciera bien luchar contra otros príncipes, no te considere superior si logras arrebatarles una parte de su dominio o poner en fuga a sus tropas, sino considératelo si fueras más íntegro, menos avaro, menos arrogante, menos iracundo, menos precipitado de lo que son ellos” (Erasmo de Rotterdam, Educación del príncipe cristiano, cap. 1).

Resulta muy actual la idea que aquí expresa Erasmo donde el modelo cortoplacista, de trucos y estratagemas diversas, suele no llegar muy lejos. Erasmo propone fortalecer las cualidades más sólidas y esto producirá en definitiva mejores consecuencias. El engaño y la doblez pueden conseguir a lo sumo una victoria parcial, pero la verdad resplandeciente acaba por asomar.  El cultivo de los valores sólidos es la apuesta sabia. 

Erasmo dedica un capítulo a los males de la adulación: “dos son las edades que están especialmente expuestas a la adulación: la niñez, por su ignorancia, y la vejez, por la flaqueza mental. Y en cualquier edad está expuesta a la adulación la necedad que lleva siempre como compañera a la “filantia” o desmesurado amor hacia sí mismo. Platón advirtió sabiamente que el tipo más peligroso de adulación se da cuando uno mismo es su propio adulador y, por ello, se muestra fácil con los demás aduladores, porque ya él personalmente lo hacía por propia iniciativa” (Erasmo de Rotterdam, Educación del príncipe cristiano, cap. 2)

Lo peor de la adulación es que, en ocasiones, se produce con la ceguera de quien es adulado y se convierte en una maniobra para conseguir ciertos objetivos o acercar posiciones. En otro pasaje, Erasmo afirma que “los más pujantes imperios de los más encumbrados reyes, cayeron por las lenguas de los aduladores.” Quien ocupe posiciones de poder es bueno que cuente con personas cercanas que sean capaces de criticarles de forma constructiva y sepa valorar las adulaciones por lo que son -en el terreno de la exageraciones- y por lo que buscan -una forma de predisponer favorablemente-.

En otra parte, Erasmo de Rotterdam sostiene “obre y viva de tal manera al buen príncipe que de su conducta los demás nobles y plebeyos puedan aprender el ejemplo de su seguridad y frugalidad. Actúe en su vida doméstica de tal modo que no pueda sorprenderle la intromisión de nadie. Y, fuera de casa, no conviene que se ven al príncipe en ninguna parte, sino siempre gestionando cualquier asunto que atañe a la utilidad pública” (Erasmo de Rotterdam, Educación del príncipe cristiano, cap. 3).

A los gobernantes se les puede pedir cierta ejemplaridad por la posición de responsabilidad pública que ostentan. También es recomendable una coherencia entre sus declaraciones y posiciones públicas y comportamientos privados. Naturalmente los políticos tienen derecho a la vida privada, pero es recomendable que se dé esta ejemplaridad y coherencia.

En otro pasaje de esta obra, se puede leer: ”el principio debe exigir a sus funcionarios la misma integridad que él practica muy próxima a la suya. Y no considere que es suficiente haber nombrado a los magistrados, sino que importa muchísimo cómo los designa, porque lo que debe vigilar para que desempeñen su cargo sin corrupción alguna.” (Erasmo de Rotterdam, Educación del príncipe cristiano, cap. 7).

Es curioso porque en una obra del Renacimiento ya se ven dos conceptos que actualmente se utilizan para valorar la responsabilidad política. La responsabilidad jurídica tiene que ver, en el ámbito penal, con delitos y faltas y se castiga con penas de cárcel o multa. Sin embargo, también puede darse responsabilidad política que tiene que ver con la idoneidad para ocupar el cargo y la sanción es la dimisión o cese.  

Pues bien, la responsabilidad política no surge solo de las acciones individuales, sino que se da cuándo se elige a personas no adecuadas -responsabilidad in eligendo– o no se ha vigilado diligentemente las acciones de quien se nombró -responsabilidad in vigilando-. Erasmo en este fragmento -insisto!, en un libro renacentista- ya explicaba estas dos formas de responsabilidad política.

Continua afirmando Erasmo de Rotterdam: “aunque un magistrado no debe ser elegido por su riqueza, por su linaje, ni por su edad, sino más bien por su sabiduría e integridad, sin embargo, es muy conveniente que sean elegidos para este cargo personas ya maduras de las que depende la integridad de la república no sólo porque los más mayores, debido a su experiencia, son más prudentes y sus pasiones más comedidas, sino también porque ante el pueblo su madurez les confieren mayor autoridad (Erasmo de Rotterdam, Educación del príncipe cristiano, cap. 7).

Según este fragmento, los gobernantes deberían ser elegidos por su sabiduría, su integridad y su prudencia. Quizá el punto donde aquí se insiste más es en el tema de la edad, ya que ésta se asocia a prudencia y a decisiones menos pasionales. ¿Garantizan nuestros actuales mecanismos representativos la consecución de estos objetivos? ¿Nos gobiernan siempre los más sabios, íntegros y prudentes? ¿Puede la democracia deliberativa ayudar a ir en esta línea?

Avicena, los contrarios en el alma

Avicena destacó en los campos de la Medicina y la Filosofía.

 

Avicena, en versión latinizada, o Ibn Sina por su nombre en árabe, nació en Irán en 980 y vivió  hasta 1037 d.C. Es un autor muy prolífico, que destaca en los campos de la Medicina y la Filosofía. Junto con el cordobés Averroes –al que influyó- es una de las figuras más destacadas del pensamiento islámico medieval.

Su enfoque tiene una clara influencia de Aristóteles y esta lectura aristotélica, que incluía un aporte original, tuvo mucha repercusión en la escolástica medieval cristiana. Avicena relata en su autobiografía que el pago recibido por curar la enfermedad del emir de Bujārā, Ibn Mansūr, fue permitirle el acceso a su imponente biblioteca. Esto le permitió leer la Metafísica de Aristóteles y también se guió por un comentario a la Metafísica escrito por al-Farabi.

Eran famosas en su época sus obras Libro de la curación y Canon de medicina, que estaban inspiradas en Hipócrates y Galeno y que eran un compendio de conocimientos en medicina. Entre su abundante obra, se encuentran los Tres escritos esotéricos, que estaban escritos para iniciados. Unos los llaman místicos, otros que tratan sobre el destino del hombre o que se denominan escritos simbólicos.

Dentro de esos Libros esotéricos, en el texto denominado Libro de las indicaciones y advertencias, Avicena afirma “la experiencia y el razonamiento concuerdan en que es propio del alma humana recibir durante el sueño favores de lo invisible. Así pues, nada impide que algo semejante se dé (también) en el estado de vigilia, a menos que este obsequio esté suprimido por algún motivo o que (el alma) esté perturbada, lo que es testimoniado como por lo observado” (Libro de las indicaciones y advertencias, X. 8).

Es interesante plantearse por qué necesitamos dormir. ¿Se puede vivir sin soñar? Hay quien sostiene que Avicena da un precedente de la noción de inconsciente, que siglos después desarrollaría Freud. Existen procesos que escapan a la consciencia y que pueden aparecen en los sueños y que tienen un papel en la vida de las personas. Esto significa que las mentes humanas son complejas y profundas y tienen varios niveles o dimensiones donde se desarrollan, incluso sin darnos cuenta.

En otro pasaje, Avicena afirma que “las facultades del alma operan en sentido contrario y tienden a excluirse (mutuamente).

Cuando la cólera se excita, separa el alma de la concupiscencia y viceversa. Cuando el sentido interno se concentra en su operación, se separa del sentido exterior y apenas oye y ve lo contrario. Cuando el sentido interno se vuelve hacia el sentido externo, inclina el alma hacia este último y, por consiguiente, queda separada de su función para la que necesita grandemente su instrumento (: el pensar). Sucede, a demás, otra cosa y es que el alma se ve arrastrada del lado del movimiento más fuerte, abandonando entonces los actos que le son propios” (Libro de las indicaciones y advertencias, X.11).

Si la Real Academia define cólera como “ira, enojo, enfado” y la concupiscencia como ”deseo de bienes terrenos y, en especial, apetito desordenado de placeres deshonestos” es interesante concebir el alma humana como una lucha de elementos en tensión, que tienden a excluirse. Cuanto más se practique uno, menos se desarrollará el otro. Este enfoque tiene un ineludible parecido a la teoría de las virtudes y los vicios de Aristóteles.

Un elemento de esta visión, que Avicena deja abierto, es el papel que las emociones y la racionalidad deban tener. En la actualidad, se está mirando con nuevo interés el rol de las emociones en política. Cosa que aplicaban los demagogos en al Atenas clásica y, hoy en día, los populismos de todo signo.

Siguiendo su argumentación, Avicena plantea “siempre que, de algún modo, el alma está fortalecida, su pasividad ante las demandas (sensoriales) es menor y es más fuerte su control sobre ambos lados (sensitivo e intelectivo); conforme se encuentra en la situación opuesta, sucede al revés. Igualmente, siempre que de algún modo es más sólida, menos se deja agobiar por las preocupaciones y las domina, inclinándose hacia el otro lado. Si está muy fortalecida, esta intención es mucho más fuerte. Además, si está bien entrenada, su cuidado para protegerse de lo contrario al ascesis es más fuerte, así como su acción libre sobre sus relaciones” (Libro de las indicaciones y advertencias, X.17).

Se puede ver como en este párrafo se distingue entre los aspectos sensitivos e intelectivos del alma y cómo las demandas de unos llevan a disminuir los otros. Existe una cierta ley de la compensación. Para conocerse y dominarse se requiere una cierta  gimnasia, un entrenamiento que aúne lo sensorial y lo intelectivo. Hay quien consigue resultados a través de la meditación y del yoga.

“Guárdate mucho de manifestar un espíritu crítico y de prescindir de las ideas populares, mostrando tu rechazo a cualquier historia (extraordinaria), pues es señal de debilidad y ligereza. La torpeza no es menor tanto cuando niegas lo que no es evidente inmediatamente que al aceptar aquello cuya prueba es evidente no se presenta ante ti. Al contrario, debes amarrarte la soga de la espera, /incluso cuando te irrite el ignorar lo que te cosquillea la oreja, hasta tanto se ha demostrado su absurdo.

La línea de conducta conveniente para ti consiste en colocar los casos de tales hechos en el terreno de la (mera) posibilidad hasta tanto que una demostración apodíctica te haga rechazarlos. Debes saber que en la naturaleza existe maravillas y que las fuerzas activas de lo alto se unen con las fuerzas pasivas de lo bajo para dar lugar a eventos extraordinarios” (Libro de las indicaciones y advertencias, X.31).

En la línea aristotélica, Avicena aboga por la prudencia para encontrar y verificar la verdad. En la era de la posverdad y la fake news, las apariencias y los grandes titulares suelen esconder una letra pequeña que acaba siendo accesible sólo a unos pocos. La arena pública es un foro de discusión donde se aboca todo tipo de información y opiniones y ha de ser el sentido crítico y la cultura de cada cuál los que le haga discernir dónde está la verdad.  Es una tarea, un proceso. La receta de Avicena es siempre ser prudentes y esperar a demostraciones fuera de toda duda.

Agustín de Hipona, Ciudad de dios

 

 

En la Edad Media se seguía la doctrina de las dos espadas, que distinguía entre el báculo -poder religioso- y el cetro -poder civil-.

 

Agustín de Hipona es uno de los pensadores más destacados de la Edad Media. Es Santo y Doctor de la Iglesia católica. Es un autor prolífico donde busca conseguir una síntesis de fuentes clásicas y cristianas. Sus obras más destacadas son  Confesiones y Ciudad de dios. Precisamente una interpretación de esta obra recibió el nombre de agustinismo político y tenía como idea central la subordinación de la política a la religión. Este enfoque fue muy influyente en la Edad Media y, según algunos, persiste en tiempos actuales. Sin embargo, de la literalidad del texto de la Ciudad de dios no se desprende necesariamente esta tesis central del agustinismo político.

En las primeras páginas de la Ciudad de dios se puede leer: “lo cierto es que estas dos ciudades se hallan confundidas y mezcladas en este tiempo, hasta que sean separadas por el juicio final; acerca de su origen, su desarrollo y su obligado final expondré lo que creo que ha de decirse, en la medida en que me ayude la voluntad divina, para gloria de la ciudad de Dios, que brillará con más claridad al ser comparada con las demás” (Ciudad de dios, I.35).

En inicio la obra, Agustín dedica esencialmente a responder de forma general a las acusaciones contra la religión cristiana, que, al prohibir el culto de los dioses paganos, trajo tantos males a Roma, especialmente el saqueo de Alarico en 410. Con este objetivo, distingue una ciudad celestial, llena de virtudes, y una ciudad terrenal, donde abundan males y pecados. Pero lejos de la imagen tópica –y equivocada- que distingue a estas ciudades como espacios físicos distintos, Agustín en este párrafo muestra como ambas ciudades están mezcladas y, entonces, se trata más de una cuestión personal de cómo se orienta la vida, hacia el bien o hacia el mal.

Más delante, se puede leer: “incomparablemente más ilustre es la ciudad celeste, donde la victoria es la verdad; la dignidad, santidad; donde la paz, felicidad; donde la vida, eternidad. Si tú sentiste rubor de tener personas tales en tu comunidad, ella mucho menos admite en la suya tales dioses. Por lo tanto, si deseas llegar a la ciudad bienaventurada, evita la sociedad de los demonios” (Ciudad de dios, II, 29).

En la obra Ciudad de dios, se dan las características de dos ciudades como un contraste en entre virtudes celestiales y vicios terrenales. La moraleja que busca establecer Agustín de Hipona es que la decadencia del Imperio romano no fue debida a la adopción del cristianismo como religión oficial, sino más bien a una pérdida de valores en la diversas costumbres.

Una interpretación de esta obra de la Ciudad de dios fue muy influyente en la Edad Media ya que sostenía que el poder político debía estar subordinado al poder religioso. Esta conocida como teoría de las dos espadas: el cetro y el báculo. El feudalismo se organizó con una supremacía del poder religioso. En aquella época, los monasterios eran centro de cultura donde se trasmitían la obras de los autores clásicos con las copias de pergaminos. Algo que reflejó Umberto Eco en la novela El nombre de la rosa.

Esta teoría también es conocida como agustinismo político. Una cuestión relevante es si esta teoría pervive en al actualidad. Desde el liberalismo se ha considerado que existe un pacto que separa la esfera publica –donde domina los valores de la justicia- y la esfera privada –donde cada uno puede seguir sus valores de felicidad, virtud o salvación-. Esto significa que el poder tiene límites y no puede imponer moralidades densas, porque los individuos en su esfera privada son libres, con el límite del daño a terceros. Dependiendo del país y su cultura política, la religión juega diversos papeles y dan diversas versiones del secularismo centrado en la separación Iglesia-Estado y la neutralidad estatal sobre las diversas religiones.

En un famoso pasaje de la Ciudad de dios, se puede leer: “así pues, si se elimina la justicia, ¿qué son los reinos sino grandes bandas de ladrones? , porque también las bandas de ladrones ¿qué son sino pequeños reinos? Una banda es también una cuadrilla de hombres, se rige por el mando de un jefe, se cohesiona mediante un pacto de asociación, el botín se reparte según la proporción convenida. Si esta calamidad crece por la adición de hombres perdidos hasta el punto de poseer territorios, establecer asentamientos, ocupar ciudades, someter naciones, se apropia más abiertamente del nombre de reino, que ya de forma manifiesta le confiere no la eliminación de la ambición, sino la legitimación de la impunidad.” (Ciudad de dios IV, 4).

Este fragmento se utiliza habitualmente para explicar la controversia entre iusnaturalismo y positivismo jurídico. Básicamente, el primero sostiene que para definir al Derecho se necesita acudir a la Justicia –criterios morales- mientras el positivismo jurídico busca definir el Derecho a partir de criterios formales. Entonces, ¿Qué diferencia el Estado de la banda del ladrones? La respuesta sería que el primero busca la justicia.

Para clarificar el debate es bueno a acudir a Elías Díaz cuando sostiene que toda legalidad pretende ser legítima, pero no toda legalidad consigue ser legítima. El Derecho busca la justicia, pero no necesariamente consigue ser un Derecho justo.  Así se distingue el nivel del Derecho que es del nivel del Derecho que debe ser, visión central para comprender el enfoque positivismo jurídico metodológico.

En la Ciudad de dios, se puede leer: “dice que los filósofos de la naturaleza escribieron por la utilidad, los poetas por el deleite. Y, por esto, los escritos de los poetas, que no deben seguir los pueblos, son los crímenes de los dioses, que, sin embargo, deleitan tanto a los pueblos como a los dioses. Pues tal como dice, los poetas escriben por deleite, no por la utilidad; sin embargo escriben lo que los dioses exigen y los pueblos exhiben” (Ciudad de dios, VI. 6).

Esta reflexión sobre Filosofía y poesía, alude a un tema de actualidad como es la progresiva importancia de las emociones en política y en Filosofía. Determinados discursos y debates están en una línea de apelación a emociones –que podría verse como poética-. Esto esta potenciado por los medios. Lejos de rechazarlo frontalmente, lo relevante es identificar este uso -y manipulación- de las emociones y desarrollar un aprendizaje moral para calibrar las dimensiones que las emociones han de tener el ámbito político y filosófico. Que sea un territorio algo inexplorado, no debe significar que no se pueda estar atento y aprender de las emociones y su lenguaje moral. Como seres humanos somos una combinación diversa de razones y emociones.

Isidoro de Sevilla, «Sentencias» para la vida

Isidoro de Sevilla expone su visión sobre las virtudes y los vicios.

 

Se dan dos facetas simultáneamente en Isidoro de Sevilla. La primera como erudito y estudioso en una época de transición ente el Imperio Romano y la Edad Media y la segunda, como Arzobispo de Sevilla, Santo y Doctor de la Iglesia católica.

Su obra denominada Los tres libros de las “Sentencias” está escrita entre 612 y 615 d. C., y se comprende como un manual dogmático, moral y ascético. La Real Academia define ‘sentencia’ como “dicho grave y sucinto que encierra doctrina o moralidad”y ese era el sentido en que la se utiliza aquí el término. Este fue un libro muy leído durante la Edad Media. Tiene un trasfondo religioso unido con elementos de cultura clásica. Sus temas tienen que ver con asuntos de teología y otros de moralidad práctica. Está escrito en un estilo claro y conciso, propio del autor.

Hablando de las virtudes, Isidoro afirma: “como el  hombre partiendo de los vicios mas insignificantes, poco a poco cae en los mayores, así apoyándose en pequeñas virtudes, progresivamente se dirigen a las que están en la cumbre”.

Esto esta vinculado con la tesis de la unidad de las virtudes. Los estudiosos del enfoque de las virtudes sostienen que una virtud nunca está sola y que se acompañan de otras virtudes. Y lo mismo pasa con los vicios. Uno se convierte en virtuoso, actuando virtuosamente y, por tanto, al iniciarse practicando una virtud puede se la puerta a otras virtudes. Se trata de educar el carácter con hábitos y disposiciones que sigan un modelo de excelencia.

Sobre la soberbia sostiene: “los que se enorgullecen por sus virtudes han de ser juzgados por a las mismas obras que practican como virtudes, porque realizan una obra buena con intención no recta. (…) de la soberbia surge la arrogancia, no la arrogancia de la soberbia. Pues, si no ha precedido el oculto engreimiento del alma no se hace ostensible la presuntuosa alabanza”.

La Real Academia define la soberbia “altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros”. Y también como “satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás”.

Existen determinadas profesiones, o incluso la cultura propia de determinadas organizaciones, que se abonan fácilmente a caer en la soberbia. Cabe distinguir entre la autoestima y la soberbia, mientras que la primera es una positiva valoración de las propias características, en la segunda se da un exceso vanidoso.

Isidoro de Sevilla recomendaba la humildad y la oponía a la soberbia. Somos seres humanos, frágiles y vulnerables, es una mejor estrategia en la vida ser humilde que ser arrogante y soberbio. Esta estrategia de la humildad nos acerca de la mejor manera a los demás.

De la avaricia afirma que “nunca puede saciarse, pues el avaro siempre tiene necesidad y cuanto más obtiene tanto más intenta conseguir, y no sólo se tortura por el deseo de acrecentar sus bienes, sino que sufre por el temor del perderlos.”

La Real Academia define avaricia como “afán desmedido de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas”. Es curioso imaginarse a personas con grandes fortunas que luchan por tener cada vez más, cuando sus necesidades básicas están de sobra cubiertas.

Ese afán por querer tener cada vez más puede ser avaricia. Caben dos comentarios. La moraleja de la “mano invisible” del mercado de Adam Smith le lleva a la conclusión “vicios privados, virtudes públicas”. Gracias al egoísmo del panadero podemos tener pan cada día. El segundo comentario hace referencia a la visión de Aranguren y su crítica del ciudadano como consumidor satisfecho. El consumismo y su creación de necesidades inexistentes resultan en quitar tono moral a la democracia y convertir a los ciudadanos en consumidores, siempre con necesidades nuevas por satisfacer.

En Sentencias, se puede leer “la envidia del bien ajeno castiga al propio culpable ya que el envidioso se consume por allí por donde el bueno adelanta.”

La Real Academia define envidia como “tristeza o pesar del bien ajeno”. Algunas  personas que envidian tienen grandes sufrimientos. Cada logro de los demás supone aumentarlos. Su carácter es tal que pueden acabar por desear el mal ajeno, lo que de producirse quizá aliviaría su forma de sufrir.

Si se envidia no se tiene una visión equilibrada entre uno y los demás. Los envidiosos suelen ser personas competitivas en extremo. Es bueno alegrarse de los triunfos de los demás e, incluso, si la persona es cercana, cabe considerarlos como algo propio.

En otro pasaje, Isidoro de Sevilla afirma que “el veneno se oculta muchas veces revestido por la miel de las palabras, y el hipócrita simula bondad hasta que burla con el engaño.”

La hipocresía en extremo es un mal moral, pero moderadamente es algo necesario para la vida en sociedad. La buena educación afirma que hay situaciones donde es mejor no importunar a alguna persona con nuestras impresiones o pensamientos, porque parte de la educación se basa en la Regla de Oro: ¿nos gustaría que en esa situación, si tuviera que ver conmigo, simularan o fuesen sinceros?  Sin embargo, en otras situaciones, especialmente con relaciones personales o laborales con fuerte implicación, fingir o ser hipócrita es un mal moral.

Precisamente sobre la amistad, se afirma en las Sentencias “en la adversidad se descubre en seguida al falso amigo; en la prosperidad es incierta la amistad, ni sabe uno si es la persona o su felicidad lo que ama”.

La amistad es una de las mejores cosas en la vida. Cabe afirmar que las amistades pueden basarse en la benevolencia o en el interés. Si las cosas van mal, las amistades por interés desaparecen y, entonces, se mantienen únicamente la amistades por benevolencia. Cultivar las amistades esperando encontrar la benevolencia recíproca es una buena forma de acercarse al ideal.