Vicente Montano, Arcano de Príncipes

En el estudio preliminar de Manuel Martín Rodríguez de la obra Arcano de Príncipes en la edición del Centro de Estudios Constitucionales, se sostiene que fue Cánovas del Castillo el primero en hablar de un manuscrito anónimo verdadero precursor de Malthus. Como explica Robert S. Smith en el artículo “Maltusianismo español del siglo XVII”: “en una búsqueda reciente en la Biblioteca Nacional de Madrid se ha encontrado el manuscrito intitulado Arcano de Príncipes, que evidentemente es el trabajo consultado por Cánovas del Castillo, aunque no es la copia que él utilizó. El manuscrito de la Biblioteca Nacional lleva el nombre de su autor, el Capitán Vicente Montano y está fechado en 19 de septiembre de 1681”.

Y Smith añade: “el Arcano de Príncipes no es un tratado sobre población, sino una compilación de preceptos políticos comparable a los escritos de Maquiavelo, Bodino y (entre los españoles) de Saavedra Fajardo. El ensayo está dedicado al duque de Medinaceli, chambelán y primer ministro de Carlos II”. Una vez más, la Filosofía política está cerca del poder, aunque no lo ostenta, y busca proveer los mejores consejos para el ejercicio de las responsabilidades públicas, una combinación fructífera entre Teoría y Práctica.

A continuación, se comentarán fragmentos de la obra Arcano de Príncipes, de Vicente Montano, al estilo de Estrategia Minerva Blog.

“La ocupación más cierta, y que trae a los príncipes la utilidad para cuyo fin la intentan, es emprender una guerra tan pronto como la plebe entra a discurrir del Gobierno, pues, contentándose solamente con hablar de las cosas pertenecientes al estado público, extiende su curiosidad a la abundancia, ya que, emprendida aquella, suele mercar cotidianamente el sustento, y de esta forma, teniendo ociosamente qué comer, y siendo sus pensamientos bajos y viles, jamás levanta el ánimo a cosas sublimes y penosas que puedan dar cuidado a sus Príncipes. Bien comprendió el sátiro Juvenal, en dos palabras, la forma que se debe usar para mantenerla más gustosa, que es darle pan y fiestas, sentencia que a todos los dominios se ajusta” (Vicente Montano, Arcano de Príncipes).

¡Qué bellamente expresado en estas líneas el universal principio de «panem et circenses» (pan y circo)! Parece que en Roma ya sabían cómo manipular al pueblo con base a sus apetitos. El punto incisivo que propone el Capitán Montano es que la forma que tenía de entretener al pueblo era haciendo una guerra, que ocupara grandemente sus conversaciones, combinado con la abundancia de comida, resultaba en los mínimos problemas para el gobierno. Una receta universal para la política, desde Juvenal. 

“El presente Rey de Francia, habiendo reconocido que los gobiernos perpetuos que gozaban los Príncipes de la sangre habían servido otras veces de apoyo para dar mayor rigor a las inquietudes del Reino, ha dividido en otra forma las provincias, variando sus gobernadores y mudándolos cuando le parece convenir. Los Próceres de una monarquía no deben perpetuarse en el gobierno de las provincias, porque cuando se les destina un nuevo sucesor hallan grande repugnancia en desistirse del mando” (Vicente Montano, Arcano de Príncipes).

Ostentar una responsabilidad pública durante muchos años otorga una gran experiencia a las personas titulares, sin embargo, como se suele advertir, existe un mayor riesgo para la corrupción. Si el constitucionalismo surgió como el enfoque que buscaba afirmar que todo poder tenía límites frente al absolutismo, la democracia implica que los cargos públicos deban rendir cuentas de su gestión. Esto significa explicar las acciones emprendidas, justificarlas y ser premiado o castigado por las mismas. Esto se vincula con la transparencia y rendición de cuentas como características inherentes a una democracia de calidad.

“Son muchas las trazas, máximas y estratagemas de que puede servirse el Príncipe para dar a entender al mundo que todo cuanto hace lo funda en razón y justicia, sin que el vulgo alcance a penetrar ninguna de sus operaciones, engañando también a los más sabios y prudentes para que no reconozca lo ambiguo de sus intentos por grandes que sean, vistiendo sus discursos de palabras oscuras y conceptos profundos, aun cuando parezca que se da claramente a entender” (Vicente Montano, Arcano de Príncipes).

Este párrafo parece escrito por Maquiavelo, del cual se realizan varias posibles interpretaciones, más, elitistas o republicanas. Una posible lectura del enfoque del autor de El Príncipe es que recomienda a los gobernantes un ejercicio de simulación y disimulación para lograr sus objetivos prefijados y sin vínculo necesario con la moral. Es la racionalidad política, que tiene sus propias reglas y sería autónoma de la ética y la religión.  En este párrafo del Arcano de Príncipes se intuye al Maquiavelo maquiavélico aconsejar de forma descarnada. 

“Y salvo algún ministro de la primera suposición, en quien alivia el peso del gobierno, los demás subalternos han de vivir tan ciegos como la plebe más ínfima. Pero para vendar totalmente los ojos de los vasallos, y que crean que el Príncipe está desvelándose al mayor bien y quietud de ellos, los ha de alhagar con la paz que tanto han deseado durante la guerra, sin que puedan penetrar con este engaño, ya habiendo turbado la paz por el deseo de guerra, no puede dejar la guerra por el celo de la paz, porque en ésta no mueren los vasallos sino atendiendo a los méritos de sus delitos, pero, con aquella, inocentes y culpables corren una misma fortuna” (Vicente Montano, Arcano de Príncipes).

En estas líneas de Vicente Montano, se combinan dos variables, el papel de la verdad en política y el uso estratégico de la guerra y la paz. Como se ha mencionado, el Arcano de Príncipes está en la línea maquiavélica, donde la conveniencia política, y entre ellas, la principal de mantenerse en el poder, debe guiar las acciones del gobernante. Públicamente debe mantener una posición irreprochable y convincente, fruto de la hipocresía hacia sus verdaderos intereses. Utilizar la guerra y la paz dentro del cálculo político es lamentable, pero común. Las guerras suelen provocar muchas víctimas y daños irreparables y sería deseable que, en situaciones excepcionales, se dieran respuestas excepcionales. Pero este punto de vista no siempre es compartido.

Manual del perfecto político

Con este post, vamos a iniciar una serie dedicada a manuales, como un motivo para reflexionar sobre las dimensiones prácticas en determinados ámbitos.  Una de las acepciones de la voz “manual” en la Real Academia Española es «libro en que se compendia lo más sustancial de una materia».

Empezamos con el Manual del perfecto político. José de Cora Paradela, nacido en Lugo en 1951, es un destacado escritor y periodista español. A lo largo de su carrera, ha trabajado en diversos medios de comunicación, incluyendo agencias de noticias, periódicos, revistas, radio, cine y televisión.  En 1991, José de Cora publicó la obra Manual del perfecto político en la editorial Espasa Calpe, donde con humor e ironía gallega comenta aspectos de la actualidad con elementos más generales de reflexión. Algunos fragmentos de este libro serán comentados a continuación con el estilo de Estrategia Minerva. 

De cómo elegir a los colaboradores

“Si tiene posibilidad de ello, cada vez que acepte en su círculo de trabajo a un nuevo colaborador, estará ante una de las decisiones más importantes de su vida. De ahí que es conveniente no meter la pata, porque de la misma forma que una elección correcta puede ser una victoria anticipada, otra errónea sería equivalente a una derrota de antemano” (José de Cora, Manual del perfecto político). 

El mejor consejo para formar un equipo es rodearse de los mejores, aunque sean  mejores que el jefe, pero siempre que tengan como virtud la lealtad. Los equipos han de basarse en la calidad y , como condición para participar de los asuntos públicos, deben tener la lealtad a unos valores y personas.

De cómo la inteligencia no es imprescindible 

“Tiene la práctica política tal mejunje de componentes que sería de todo punto estúpido pensar que el hombre más inteligente es también el mejor dotado para su ejercicio. Indocumentados, acémilas y hasta oligofrénicos han ocupado los más altos cargos políticos sin desmerecer: de la misma forma que sabios e ilustrados cometieron tantas barbaridades que dirían ser obra de seres inferiores” (José de Cora, Manual del perfecto político). 

Hay diversos modos de inteligencia política. En la Historia de las Ideas se suele contrastar al Filósofo Rey de Platón, con las virtudes del buen príncipe cristiano de Erasmo de Rotterdam, con la hipocresía, sagacidad y fortaleza promocionadas por Maquiavelo. En la vida pública, se suelen distinguir a los políticos que saben mostrar inteligencia emocional hacia los ciudadanos y aquellos cuya máxima de actuación es mantenerse en el poder. 

De cómo ser sutil

“La dosificación de la sutileza, sabiendo cuándo debe usarse a chorro o distribuida a en un cuentagotas, es, querido príncipe, una enseñanza reservada la experiencia. Solo ella le informará sobre las dotes que le adornan en este apartado; pues la sutileza, como la estatura, se recibe sin intervención nuestra y únicamente mediante una complicada operación es posible modificar la cantidad de una y la longitud de la otra” (José de Cora, Manual del perfecto político).

 No estamos de acuerdo con José de Cora aquí.  Por un lado, la sutileza es encomiable para todo servidor público. Y debería serlo también para los políticos. No es necesario ofender y sí cuidar las formas, mejor hacer pensar en los temas de fondo. Además, y más relevante, la sutileza se pode aprender, no es innata. Es una virtud de la retórica que se puede adquirir y para la que es necesario ser entrenado. 

De cómo abreviar

“Las enseñanzas de Baltasar Gracián contra los planteamientos farragosos y a favor de la brevedad en las exposiciones son oro molido para un político con aspiraciones. Las frases que sobreviven a un autor y las que con mayor éxito calen en la opinión pública han de ser cortas y concentradas, como el café negro” (José de Cora, Manual del perfecto político). 

Se decía que había dos tipos de discursos: los largos y los buenos. Actualmente con las redes sociales estamos abocados a la brevedad, al titular, a resumir el pensamiento en 140 caracteres. Los políticos entran en esta dinámica y ofrecen ruedas de prensa, donde los periodistas “pescan” titulares. Brevedad, quizá sí, pero demos espacio a la reflexión serena, la deliberación, el intercambio fructífero de opiniones, persuadir y ser persuadido, en fin…una opinión pública.

De cómo provocar

“Uno de los aspectos de la personalidad de Evita Perón que más llamaba la atención de los políticos extranjeros que la conocían, era su gusto por provocar y escandalizar al interlocutor de turno sin otro fin que su satisfacción personal al ver los rostros de sorpresa que sus salidas ocasionaban” (José de Cora, Manual del perfecto político). 

Cabría plantearse aquí: provocar ¿para qué? Si lo único que se busca es llamar la atención, parecería ser otra forma de manipulación. Si la provocación tiene un objetivo positivo y promueve un debate “libre y desinhibido” sobre alguna materia, habitualmente lejos de los focos, podría justificarse para ese caso.  

De cómo aceptar las críticas 

“Si ha decidido zambullirse en las aguas de la administración pública, le convendrá tener presente algo tan elemental como el agua para el pez por muy bien que usted lo haga, por muchos quintales de inteligencia que le distingan del resto de administrados, por muchos éxitos que adornen su gestión siempre existirán personas que la critiquen, que no se sientan identificados con su forma de proceder y que lo pondrán a caldo, al margen por supuesto de sus enemigos políticos naturales, esos que se sientan con usted en el Parlamento” (José de Cora, Manual del perfecto político).

Se suele distinguir entre críticas destructivas -basadas en ataques negativos, que suelen incluir los personales- y críticas constructivas -donde se hacen propuestas de mejora-. Las segundas son las más interesantes y las primeras suelen aportar poco. 

Los políticos suelen distinguir entre los adversarios políticos y los compañeros de partido, siendo las relaciones con los últimos mucho más difíciles. Algo que en la época de la Transición, resumió Pío Cabanillas cuando dijo: ”¡Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros!”

De cómo comportarse ante el cese 

“El político que llega a ocupar un cargo público, como es el que le espera a usted si nada se le atraviesa en su camino, ha de saber conjugar estos tres verbos: cesar dimitir o marchar pues inexorablemente uno de ellos va a poner fin a su contacto directo con el poder” (José de Cora, Manual del perfecto político). 

Cuando un político cesa en su cargo público, deja de sonar su teléfono. Todos aquellos que le felicitaron por su nombramiento se evaporan y se comunican con él solo unos pocos cercanos. Buena oportunidad para leer la obra Etica a Nicomaco de Aristóteles, donde realiza la distinción de los amigos por afinidad y por interés.

De cómo mantener grandeza ante la derrota 

“Si ha decidido emprender el tortuoso camino de la política debe saber desde el primer momento que el fracaso no existe, salvo que abandone esa actividad por causas de fuerza mayor o por propia voluntad. Mientras esté en ella, la misma política le protegerá de cualquier duda sobre su condición de ganador o derrotado. Usted triunfa siempre porque el gerundio “estando” es sinónimo de “venciendo”. Estando en política basta y sobra” (José de Cora, Manual del perfecto político).

No nos gusta este planteamiento aquí de José de Cora.  Por desgracia parece abundar el político cuyo único objetivo es mantenerse en el poder. Y políticos cuya única experiencia laboral es la política. Una sociedad ha de saber encontrar mecanismos para elegir a los mejores para los puestos de responsabilidad pública. Y es un buen principio general que estas responsabilidades sean temporalmente limitadas. Es bueno saber irse de los asuntos públicos, ejercer una buena rendición de cuentas y ser premiado o castigado por la gestión de la cosa pública.

Juan de Mariana, sobre la tiranía

Juan de Mariana fue un destacado teólogo jesuita, historiador, filólogo y filósofo político español. Nació en Talavera de la Reina (Toledo) en 1536 y murió en Toledo en 1624. Se formó en diversas universidades europeas, donde destaca la Universidad de Alcalá, en la que dio clases. Se hizo famoso con su obra «Historia General de España«.

En Filosofía política, destaca su obra Del Rey y de la institución realde la que Rogelio Fernández Delgado, en la web de la Real Academia de Historia, destaca que “no sólo es considerada como la más notable y atrevida obra de literatura política escrita en España, sino que incluso se la ha llegado a comparar con El Quijote, en el sentido de que lo que representa el libro de Cervantes para la literatura, el trabajo de Juan de Mariana lo es para la Teoría Política.” 

Se centrará el análisis en este post, con el estilo de Estrategia Minerva, sobre esta obra de Filosofía política de Juan de Mariana, en su caracterización de la tiranía y en la controvertida cuestión del tiranicidio. Lo cual sería el reverso de plantear cuáles son las virtudes que ha de tener un buen gobernante, un tema clásico.

Juan de Mariana parte de la célebre tipología de formas de gobierno, que formuló Aristóteles, donde la monarquía es el gobierno de uno en favor del bien común y la tiranía es el gobierno de uno en su propio beneficio. Y realiza una comparación entre estas formas de gobierno, en estos términos:

“Aun partiendo de buenos principios, cae en todo género de vicios, principalmente en la codicia, en la ferocidad y la avaricia. Es propio de un buen rey defender la inocencia, reprimir la maldad, salvar a los que peligran, procurar a la república la felicidad y todo género de bienes; más no del tirano, que hace consistir su mayor poder en poder entregarse desenfrenadamente a sus pasiones, que no cree indecorosa maldad alguna, que comete todo género de crímenes, destruye la hacienda de los poderosos, viola la castidad, mata a los buenos, y llega al fin de su vida sin que haya una sola acción vil a que no no se haya entregado. Es además el rey humilde, tratable, accesible, amigo de vivir bajo el mismo derecho que sus conciudadanos; y el tirano, desconfiado, medroso, amigo de aterrar con el aparato de su fuerza y su fortuna, con la severidad de las costumbres, con la crueldad de los juicios dictados por sus sangrientos tribunales” (Juan de Mariana, Del Rey y la institución real, cap. V).

El tirano comete acciones viles, maldades y delitos y cae en codicia, ferocidad y avaricia. Un buen rey defiende la inocencia, la felicidad, está en contra de la maldad y los peligros, es humilde, tratable, accesible y busca regirse por las mismas normas que sus conciudadanos. 

Aunque se dan ciertos anacronismos, cabe plantearse si algunos gobernantes actuales caen más bajo este perfil tiránico o el del rey bondadoso.

En concreto, sobre la polémica del tiranicidio, Juan de Mariana afirma “no por no poderse reunir los ciudadanos debe faltar en ellos el natural ardor por derribar la servidumbre, vengar las manifiestas e intolerables maldades del príncipe ni reprimir los conatos que tiendan a la ruina de los pueblos, tales como el de trastornar las religiones patrias y llamar al reino a nuestros enemigos. Nunca podré creer que haya obrado mal el que secundando los deseos públicos haya atentado en tales circunstancias contra la vida de su príncipe” (Juan de Mariana, Del Rey y la institución real, cap. VI).

En este párrafo, se justifica el tiranicidio. Existe una tradición en la Historia de las Ideas en este sentido, pero aquí ésta se manifiesta de forma explícita. Cabe plantear que el asesinato de una persona no puede ser la solución de problemas políticos, que tienen otros cauces más civilizados y no han de exigir estos sacrificios en vidas humanas. Lo que aquí subyace también es la noción de razón de Estado, que fue defendida por Maquiavelo, donde si el Estado está en peligro, se justificarían acciones ilegales o inmorales.  

Es relevante porque Tomás de Aquino se refiere a la lucha contra la tiranía, desde premisas más moderadas y asumiendo el principio del mal menorDe esta forma, afirma: “el régimen tiránico no es justo, ya que no se ordena al bien común, sino al bien particular de quien detenta el poder, como prueba Aristóteles en la Política. De ahí que la perturbación de ese régimen no tiene carácter de sedición, a no ser en el caso de que el régimen del tirano se vea alterado de una manera tan desordenada que la multitud tiranizada sufra mayor detrimento que con el régimen tiránico” (Tomás de Aquino, Suma Teológica II-II, c. 43).

Juan de Mariana insiste en la licitud del derecho de resistencia a la autoridad ilegítima, con estos términos: “mas cuando no queda ya esperanza, cuando estén puestas ya en peligro la santidad de la religión y la salud del reino ¿quién habrá tan falto de razón que no confiese que es lícito sacudir la tiranía con la fuerza del Derecho, con las leyes, con las armas?” (Juan de Mariana, Del Rey y la institución real, cap. VI).

Esto conecta con ideas de los pensadores ilustrados, donde el poder se basa en un pacto y si una parte -el gobernante- no lo cumple, la otra parte -el pueblo- tiene derecho a resistirse frente a ese gobernante y sus normas. En la formulación de Locke, la legitimidad del poder se basa en el consentimiento tácito del pueblo. Así, estas teorías del Contrato Social son condicionadas, ha de cumplirse el pacto, para conseguir la legitimidad. De otra forma, estaría justificado reaccionar ante la injusticia de la tiranía.

Sobre el deber de obedecer el Derecho por el gobernante, Juan de Mariana afirma “tenga sabido, por fin, el príncipe que las sacrosantas leyes en que descansa la salud pública han de ser solo estables si las sanciona él mismo con su ejemplo. Debe llevar una vida tal, que no consienta nunca que ni él ni otro puedan más que las leyes, pues estando contenido en ellas lo que es lícito y de derecho, es indispensable que el que las viole se aparte de la probidad y la justicia, cosa a nadie concedida, y mucho menos al rey, que debe emplear todo su poder en sancionar la equidad y en vindicar el crimen, teniendo siempre en ambas cosas puesto su entendimiento y su cuidado” (Juan de Mariana, Del Rey y la institución real, cap. IX).

El gobernante ha de cumplir las leyes que el mismo promueve. Más adelante, éste es considerado uno de los principios clave en los que se basa el Estado de Derecho. Más allá del ámbito meramente jurídico, a los gobernantes desde las actuales exigencias de la rendición de cuentas se les pide: ejemplaridad –son referentes o modelos de conducta para la sociedad- coherencia –armonía entre declaraciones públicas y comportamientos privados-.

Guillermo de Ockham, sobre el ejercicio del poder

Guillermo de Ockham delimita los poderes espiritual y civil.

Guillermo de Ockham (1287-1347) fue un fraile franciscano, teólogo, filósofo y lógico inglés. Es conocida su polémica escolástica acerca de los universales con Duns Scoto, que defendía el realismo, mientras Ockham sostenía el nominalismo. 

Es famoso el uso que se le atribuye de ‘la navaja de Ockham’, que es el principio metodológico y filosófico que mantiene que “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable”. Parecía un enfoque frente a los excesos del platonismo.

Políticamente, defendió la noción de responsabilidad limitada. Escribió una obra titulada Sobre el gobierno tiránico del papa donde defendía su visión aplicada al poder religioso. A continuación, se analizará esta obra, aplicándola al poder religioso y al poder civil, desde la perspectiva de Estrategia Minerva Blog. 

Guillermo de Ockham señala que “es a los teólogos –versados en la Sagradas Escrituras- a quienes pertenece estudiar qué poder tiene el papa por derecho divino y ordenación de Cristo” (Guillermo de Ockham, Sobre el gobierno tiránico del papa, libro I cap. 7).

El poder del papa es espiritual y les corresponde a los teólogos, determinar sus características. El poder civil es político y, en un Estado de Derecho, tiene como límite los derechos fundamentales de los ciudadanos. Los estados autoritarios y totalitarios no respetan estos derechos fundamentales y no son democráticos.  

Continúa afirmando Ockham: “por ningún concepto, pues, se puede excusar al papa si cometiese un hurto o rapiña, fornicación o crimen digno de condenación. Más bien ha de ser estimado como criminal, malo e impío por todos los hombres conocedores del hecho, pues son dignos de condenación eterna quienes afirman que los malos son buenos y los buenos, malos” (Guillermo de Ockham, Sobre el gobierno tiránico del papa, libro I cap. 11).

Si el papa comete un delito o un acto inmoral, se le podría sancionar desde el ámbito penal, moral y/o religioso. El término de “condenación eterna” se ha de entender como una sanción en términos religiosos. El poder civil si comete actos reprobables, éstos pueden recibir una sanción de tipo penal, político, moral y/o deontológico. Es relevante porque en la actualidad, se está asentando una cultura de la transparencia y rendición de cuentas. Esto significa que los servidores públicos deberían: a) Informar de sus actuaciones; b) Explicar y justificar sus actos de gobierno; c) Ser sancionados o premiados por sus decisiones y su gestión.

En otro pasaje, Guillermo de Ockham escribe: “podemos demostrar todavía de muchos modos que el papa no tiene tal plenitud de poder. Pues es propio de la justicia –que el Sumo Pontífice ha de observar de modo especial- no permitir que el poder haga lo que quiera, sino observar lo que es justo. Luego el papa no tiene poder sino en aquellas cosas que son justas y no propias del poder y, por consiguiente, no tiene la antedicha plenitud de poder que engloba muchas cosas no relativas a la equidad” (Guillermo de Ockham, Sobre el gobierno tiránico del papa, libro II cap. 6).

Aquí se dan varias paradojas interesantes: como la paradoja de la omnipotencia de dios,  que consiste en plantear: “¿puede crear dios una montaña, que dios no pueda mover?” o, en la misma línea, la paradoja del soberanía: “¿puede el legislador aprobar una ley que el legislador no pueda derogar?”.

Lo que aquí plantea Ockham, es que el poder espiritual, que el papa representa, no puede hacer lo que quiera, sino lo que es justo. El poder civil tampoco puede hacer lo que quiera, sino que está comprometido también con objetivos de justicia, con la consecución del bien común. Esto se consigue, especialmente, si el poder ha de explicar y justificar sus decisiones en una cultura de transparencia y rendición de cuentas, que sería más propia de los sistemas con mayor calidad democrática. Esta cultura sería una forma de poder establecer adecuadamente responsabilidades políticas y, en su caso, jurídicas por la actuación de los gobernantes. 

Guillermo de Ockham afirma que “Primera: los prelados no deben buscar las cosas temporales sino por sola necesidad. El papa, en consecuencia, fuera de esta necesidad no debe entrometerse de ninguna forma en asuntos temporales. Segunda: los prelados son sólo príncipes espirituales. El papa no tiene regularmente el poder del príncipe civil o secular y, consiguientemente, no tiene en los asuntos temporales tal plenitud y poder. Tercera: su principado o gobierno lo es del amor, no del temor” (Guillermo de Ockham, Sobre el gobierno tiránico del papa, libro II cap. 11).

Ockham afirma que los sacerdotes son príncipes espirituales y han de ocuparse de las cosas temporales exclusivamente por necesidad. Actualmente, en la mayoría de las  sociedades democráticas suele regir alguna concepción del secularismo, lo cual implica la separación entre Iglesia y Estado y la neutralidad estatal sobre las diferentes religiones. Se da una casuística muy variada, entre diferentes países, sobre lo que debe significar cada una de estas nociones en la práctica.  

Sobre que el principado del papa es el del amor, solo cabe recordar la pregunta que se formulaba Maquiavelo en El Príncipe sobre si para éste ¿es mejor ser amado o ser temido? Y la respuesta de autor florentino es que el Príncipe es mejor que sea temido a que sea amado, pero lo peor de todo es que sea odiado. Esto último ocurre cuando éste es “expoliador y al apoderarse de los bienes y de las mujeres de los súbditos” (Maquiavelo, El príncipe, cap. XIX) 

Por último, Guillermo de Ockham sostiene que “mientras los príncipes de este mundo ejerzan su poder legítimo con solicitud y justicia, el papa no puede disponer para nada de los asuntos que les son propios, según la ordenación de Cristo, a no ser que ellos mismos, voluntaria y libremente, le permitan inmiscuirse. Y todo lo que haga en contra de la voluntad de los mismos, ha de tenerse por nulo. Y cualquier sentencia que dicte en tal sentido será nula, pues no sido dada por un juez propio” (Guillermo de Ockham, Sobre el gobierno tiránico del papa, libro II cap. 16).

En este fragmento, se plantean temas clásicos de la reflexión acerca del poder del que se han ocupado la Filosofía del Derecho y la Filosofía política. La segunda parte parece ir en la línea de una separación nítida entre poder espiritual y poder civil. En la primera parte, en cambio, Ockhman pone una condición que consiste en que el poder civil ejerza “su poder legítimo con solicitud y justicia.” En aquel tiempo, la forma de legitimidad del poder provenía de la religión, la lectura actual podría ser diferente. Esta condición que establece Ockham para la separación entre poder civil y el poder espiritual, recuerda la tradición política sobre el tema del tiranicidio –“¿Qué puede hacer el pueblo si el gobernante es un tirano?”- y alude al problema clásico para la reflexión iusfilosófica sobre qué efectos jurídicos produce el Derecho injusto. No obstante estas consideraciones, si se realiza una lectura conjunta de las dos partes, las ideas de este fragmento son avanzadas para el tiempo en el que fue escrito.