Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas (II)

Diego de Saavedra Fajardo fue un escritor político, crítico literario, poeta, filósofo y jurista español, que nació en Algezares en 1584 y murió en Madrid en 1648. Recientemente, dediqué un post a comentar su ensayo Empresas políticas, que es una obra monumental con IV volúmenes y 100 empresas, como anuncia el subtítulo. Estos libros reúnen los consejos de quien fue diplomático como profesión sobre cómo ejercer el poder político de la mejor manera. 

A continuación, se comentarán fragmentos del volumen II del libro Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas de Diego de Saavedra Fajardo al estilo de Estrategia Minerva Blog.

“Los muy atentos a engrandecerse y fabricar su fortuna son peligrosos en los cargos; porque, si bien algunos la procuran el mérito y la gloria, y estos son siempre acertados ministros, muchos tienen por más seguro fundalla sobre las riquezas, y no guardar el premio y la satisfacción de sus servicios de la mano del príncipe, casi siempre ingrata con el que más merece” (Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas, LIII).

El ánimo de lucro suele afirmarse como motor del sector privado. La explicación de mano invisible del mercado de Adam Smith y la fábula de las abejas de Mandeville, con diversas intensidades y matices, sostienen que, desde los vicios privados, como la avaricia, el lujo, el afán de lucro, la envidia, se llega a consecuencias públicas positivas, como la riqueza, la eficiencia o la libre competencia. No obstante, como sostiene Saavedra Fajardo en este pasaje, no es adecuado que el afán de lucro sea el objetivo de los que tienen responsabilidades en el sector público. La política se legitima de forma que los gobernantes rindan cuentas de su gestión, que ha de caracterizarse por la transparencia, el rigor con el presupuesto público y una adecuada gestión de los conflictos de intereses. 

“Pero, aun cuando la necesidad obligare a esto al príncipe, no ha de vivir descuidado y ajeno a los negocios, aunque tenga ministros muy capaces y fieles; porque el cuerpo de los Estados es como los naturales que, faltándole el calor interior del alma, ningunos remedios, ni diligencias bastan a mantenellos o a sustentar que no se corrompan. Alma es el príncipe de su República y para que viva es menester que en alguna manera asista a sus miembros y órganos” (Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas, LVII).

Salvando las debidas distancias contextuales, en estas líneas de Saavedra Fajardo alude, de forma incipiente, a la noción de responsabilidad política. Desde la responsabilidad jurídica, si alguien comete un delito y es condenado por un juez, debe entonces cumplir una sanción, que puede consistir en pena de prisión, multa o inhabilitación de derechos políticos. Desde la responsabilidad política, si alguien ejerce una responsabilidad pública y ha cometido hechos que implican una reprobación grave y le llevan a perder la confianza de quien lo nombró, debe dimitir. La dimisión o cese es la sanción de la responsabilidad política. Además, el gobernante es responsable políticamente si no ha vigilado apropiadamente a los subordinados –culpa in vigilando– o si nombró a alguien y resultó negligente al no darse cuenta de lo manifiestamente inadecuado que era su candidato para el puesto –culpa in eligendo-. Es destacable que la responsabilidad de los gobernantes va más allá de meramente no cometer delitos y, ante casos graves, si se ejerce la responsabilidad política, el mejor camino es dejar el cargo público. 

“El vulgo de cuerdas desta arpa del reino es el pueblo. Su naturaleza es monstruosa en todo y desigual a sí misma, inconstante y varia. Se gobierna por las apariencias sin penetrar el fondo. Con el rumor se consulta. Es pobre de medios y consejos, sin saber distinguir lo falso de lo verdadero; inclinado siempre a lo peor. Una misma hora se ve vestida de dos afectos contrarios. Mas se deja llevar dellos que de la razón, más del ímpetu que de la prudencia, más de las sombras que de la verdad” (Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas, LXI).

Existe una tradición elitista en la Historia de las Ideas desde Platón. Algún recelo mostraba Sartori en Homo Videns, sobre la videocracia y cómo el criterio para elegir candidatos en los partidos políticos era fijarse en actores o deportistas porque ya eran famosos, porque aparecían en televisión. Umberto Eco criticaba las redes sociales porque habían dado voz a algunos necios, que antes apenas nadie escuchaba. La clave, en la era digital, es si la manipulación del pueblo por los demagogos sigue incluso más sofisticada, camuflada entre avances tecnológicos.

“Tres cosas se requieren en las resoluciones: prudencia para deliberallas, destreza para disponellas y constancia para acaballas. Vano fuera el trabajo y ardor en sus principios si dejásemos (como suele suceder) inadvertidos los fines. Con ambas áncoras es menester que las asegure la prudencia” (Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas, LXIII).

Este parece un interesante planteamiento para establecer una estrategia. Se pueden advertir dos fuentes de inspiración: Maquiavelo y Aristóteles. Por una parte, en estas líneas de Saavedra Fajardo, se desprende pragmatismo y una adecuación de medios a fines y la relevancia en la elección de estos y aquellos, lo cual está en la línea de algunos escritos de Maquiavelo. Por otra parte, el énfasis en la prudencia, que Aristóteles consideraba virtud de virtudes, que se centraba en la racionalidad práctica y tenía como objetivos los fines de los seres humanos, la felicidad o el florecimiento humano. Las virtudes, según la perspectiva aristotélica, surgen como término medio entre los vicios, uno por defecto y otro por exceso. Una apelación a la moderación como guía para la vida humana. 

Franklin Roosevelt, adversidad y crecimiento

Franklin Delano Roosevelt nació en Nueva York en el año 1882 y falleció en Warm Springs, Georgia en 1945, ocupó la presidencia de los Estados Unidos entre 1933 y 1945, siendo el trigésimo segundo presidente del país. Era primo lejano del expresidente Theodore Roosevelt y había estudiado en Harvard (además de en la Universidad de Columbia), al igual que él. Fue subsecretario de Marina entre 1913 y 1920, pero, a diferencia de su antecesor, Franklin se unió al Partido Demócrata.

Franklin Roosevelt no fue un presidente más en la historia de los Estados Unidos. No fue únicamente el presidente que logró rescatar a la potencia del norte de América de la crisis económica más grave que ha vivido, tras el crack bursátil de 1929. Fue el único presidente de Estados Unidos en lograr cuatro mandatos presidenciales (y consecutivos), guiar a la nación durante la Segunda Guerra Mundial y encaminar la economía nacional hacia territorios que no se habían explorado antes: el keynesianismo.

Kearns Goodwin dedica un capítulo a Franklin Roosevelt en su libro Leadership in Turbulent Times: Lessons from the Presidents dedicado a su enfoque acerca de la adversidad y el crecimiento, cuyos fragmentos serán comentados, a continuación, con el estilo de Estrategia Minerva Blog. 

“El optimismo incontenible de Roosevelt, su tendencia a esperar el mejor resultado en cualquier circunstancia, le proporcionó la fuerza fundamental que le ayudó a superar esta traumática experiencia. Desde el principio, se fijó un objetivo: un futuro en el que se recuperaría por completo. Aunque la necesidad le obligó a modificar el calendario para alcanzar esta meta, nunca perdió la convicción de que finalmente lo conseguiría” (Doris Kearns Goodwin, Leadership in Turbulent Times. Lessons from the Presidents).

En 1921, Roosevelt contrajo una enfermedad que le dejó las piernas paralizadas de forma permanente y tenía que utilizar silla de ruedas. Que uno de los hombres más poderosos de su tiempo fuera en silla de ruedas, puede hacer reflexionar sobre la condición humana referida a la mutua vulnerabilidad. Alguna vez he defendido que todos somos minoría. Esto significa que la experiencia de discriminación y prejuicio en las diversas dimensiones de la identidad no es ajena a la vida de los seres humanos. En alguna de estas dimensiones, estos se sitúan dentro de la minoría y se aprende cómo es la vida siendo zurdo, disléxico o inmigrante. La lección desde el Presidente Roosevelt es que, frente a la adversidad, su estrategia era el optimismo y desde ahí en una incansable lucha frente a las circunstancias en las que se vive y, precisamente, algunas posiciones han visto en esa lucha el sentido de la vida, el componente nuclear de la libertad humana.  

“Eleanor, por supuesto, aportó la dimensión más esencial a la tendencia progresista y la seriedad moral del liderazgo de Franklin Roosevelt. ‘Quizás habría sido más feliz con una esposa que no fuera nada crítica’, observó en sus memorias, y añadió: ‘pero yo nunca fui capaz de serlo’. Era más intransigente, más directa, estaba más involucrada con activistas, cuyos pensamientos desafiaban los límites convencionales” (Doris Kearns Goodwin, Leadership in Turbulent Times. Lessons from the Presidents).

Eleanor Roosevelt, esposa y compañera de viaje de Franklin Roosevelt, fue un ingrediente esencial para su éxito. La simbiosis entre crítica constructiva y lealtad son componentes que garantizan una relación fructífera. Algunas interpretaciones confunden lealtad con sumisión, mientras que, en otras ocasiones, se realizan críticas que tienen como objetivo central destruir a la otra persona. Ser leal implica saber criticar desde la empatía, poniéndose en el lugar del otro, reforzando así la relación. No obstante, si la otra persona, después de escucharnos, quiere seguir su camino, la lealtad hacia ella implica respetar su decisión. Algo parecido debió sentir John Stuart Mill cuando habla en Sobre la libertad de aconsejar a un amigo que se dirige a un puente, que ya no existe, y supondría su caída.

“Tras esperar durante el invierno y la primavera de 1931 a que el presidente Hoover y la administración republicana tomaran iniciativas federales, Roosevelt decidió a finales del verano ‘asumir el liderazgo y tomar medidas para el estado de Nueva York’. Convocó a la legislatura republicana a una sesión extraordinaria para aprobar lo que se consideraba una idea radical: un programa integral de seguro de desempleo patrocinado por el Estado. Sabía desde el principio que la mayoría republicana podía bloquear su propuesta. Al igual que el presidente Hoover, los líderes republicanos del Estado creían que la empresa privada, la caridad y el gobierno local eran las únicas instituciones capaces de hacer frente al desafío económico. Insistían en que las creencias procedentes de los lejanos niveles del gobierno estatal o federal solo perjudicarían la iniciativa del pueblo estadounidense y empeorarían el problema” (Doris Kearns Goodwin, Leadership in Turbulent Times. Lessons from the Presidents).

Una de las grandes aportaciones de Franklin Delano Roosevelt como presidente de los Estados Unidos fue poner en práctica el Estado social o Welfare State. Este se caracteriza porque el Estado adquiere un papel activo para alcanzar el bienestar de los ciudadanos y está preocupado por la igualdad material de estos. Se protegen derechos sociales, como la educación o la asistencia sanitaria o la Seguridad Social.  

Unos años antes, durante el mandato del Presidente Theodore Roosevelt hubo un precedente de este enfoque en el caso Lochner vs. New Yorkdonde el Estado intervenía para regular el horario de las panaderías. Esto era algo inédito en la historia constitucional norteamericana guiada por la idea de que el Estado debía abstenerse de intervenir en la Economía. Lo interesante es que la mayoría de la Corte Suprema anuló la regulación siguiendo un criterio formalista, basado en variables estrictamente jurídicas. Sin embargo, en un voto disidente el juez Holmes aplicó un enfoque finalista, utilizando argumentos económicos y sociológicos y apoyaba la medida sobre el horario de las panaderías. Años después, la mayoría de la Corte Suprema cambió y se mostró favorable a la intervención del Estado en la Economía. Podríamos recordar a Aristóteles y decir que es interesante concebir cómo el Derecho tiene forma y sustancia.

Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas

Diego de Saavedra Fajardo fue un escritor político, crítico literario, poeta, filósofo y jurista español, que nació en Algezares en 1584 y murió en Madrid en 1648. Fue secretario particular del cardenal Gaspar Borja (1606) y embajador de España en los Estados Pontificios. Posteriormente fue embajador en Roma (1631), en Alemania (1632) y en Ratisbona (1636), y representante de España en las conferencias de Münster (1643).

En su introducción “Al lector”, este escritor explica cómo la obra Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas surge en los pocos ratos libres que le deja su trabajo de diplomático. El destinatario no era otro que el hijo de Felipe IV, el velazqueño príncipe Baltasar Carlos que no llegaría a reinar en España, ya que murió siendo niño. Este ensayo, que tiene varios volúmenes, está en la tradición de la Filosofía política de dar consejos a quienes ocupan posiciones de poder para el mejor gobierno. 

A continuación, se comentarán fragmentos del libro Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas de Diego de Saavedra Fajardo al estilo de Estrategia Minerva Blog.

“Esta buena educación es más necesaria en los príncipes que en los demás, porque son instrumentos de la felicidad política y de la salud pública. En los demás es perjudicial a cada uno o a pocos la mala educación; en el príncipe, a él y a todos, porque a unos se ofende con ella, y a otros con su ejemplo” (Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas, II).

La expresión buena educación se puede comprender como referida a los modales o como camino hacia las virtudes. Si se sigue la perspectiva de los modales, es interesante que Emiliy Post en su libro clásico Ettiquette’s manners for a new world, sintetiza que, más que arcaicas reglas, los buenos modales suponen, como guías para la vida, basarse en el respeto, la consideración y la honestidad.

Si se sigue la perspectiva del camino hacia las virtudes, la buena educación supone moldear el carácter hacia disposiciones y hábitos asociados a modelos de excelencia inherentes a las prácticas de la vida humana. En otras palabras, este enfoque implica fomentar las virtudes y evitar los vicios. 

“Un príncipe sabio es la seguridad de sus vasallos, y un ignorante, la ruina. De donde se infiere cuál bárbara fue la sentencia del emperador Lucinio, que llamaba a las sciencias, peste pública y a los filósofos y oradores, venenos de las repúblicas. No fue menos bárbara la reprehensión de los godos a la madre del rey Alarico, porque le instruía en buenas letras, diciendo que le hacía inhábil para las materias políticas” (Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas, IV).

¿Debe exigirse a los políticos un mínimo de formación? ¿Podemos estar gobernados por ignorantes? El Mito de la Caverna de Platón está en el origen de sus ideas políticas y entre las más famosas está la noción del Filósofo Rey.  Este enfoque ha recibido críticas por su elitismo. Aristóteles, más moderado, defendía que el mejor gobierno es el de la clase media. La política tiene una racionalidad propia para la toma de decisiones y es bueno dejarse asesorar por personas expertas. Los sofistas y los filósofos fueron los primeros educadores para la democracia de los ciudadanos atenienses. Frente a la ignorancia, es recomendable aprender cómo se deben tomar las mejores decisiones.

“La historia es la maestra de la verdadera política, y quien mejor enseñará a reinar al príncipe, porque en ella está presente la experiencia de todos los gobiernos pasados y la prudencia y el juicio de los que fueron. Consejero es que a todas horas está con él. De la jurisprudencia toma el príncipe aquella parte que pertenece al gobierno, leyendo las leyes y constituciones de sus estados que tratan de él, las cuales halló la razón de Estado, y aprobó el largo uso” (Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas, IV).

La Historia explica el presente. Conocer cómo sucedieron las cosas en el pasado y cuáles eran los criterios implicados en un determinado momento es crucial. Y ese relato proviene de la Historia para generaciones que no vivieron directamente los hechos. Es de lamentar qué fácil se tiende a olvidar las vivencias, sufrimientos y anhelos de generaciones pasadas. 

“Todas las acciones de los hombres tienen por fin alguna especie de bien, y porque nos engañamos en su conocimiento, erramos. La mayor grandeza nos parece pequeña en nuestro poder, y muy grande en el ajeno. Desconocemos en nosotros los vicios y los notamos en los demás. ¡Qué gigante se nos representan los inventos tiranos de otros! ¡Qué enanos los nuestros! Tenemos por virtudes los vicios, queriendo que la ambición sea grandeza de ánimo, la crueldad justicia, la prodigalidad liberalidad, la temeridad valor, sin que la prudencia llegue a discernir lo honesto de lo malo y lo útil de lo dañoso. Así nos engañan las cosas, cuando las miramos por una parte de los antojos de nuestros afectos o pasiones; solamente los beneficios se han de mirar por ambas” (Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas, VII).

El sectarismo y el faccionalismo llevan a esta doble vara de medir. No hay verdad o falsedad, bondad o maldad; todo depende de si quien lo hace es uno de los nuestros.  El grupo se fortalece así con cerrazón y dogmatismo.  Sería deseable que se utilizara la ecuanimidad e imparcialidad a la hora de enjuiciar las cualidades de los unos y los otros, dejando las emociones tribales a un lado.

Abraham Lincoln, ambición y reconocimiento del liderazgo

Inicio con este post una serie en el blog Estrategia Minerva dedicada al liderazgo políticoEl primer objeto de análisis será la figura de Abraham Lincoln, quien nació en Hodgenville, Estados Unidos, en 1809 y murió en Washington en 1865. Abogado y político estadounidense que fue el decimosexto presidente de los Estados Unidos (1861-1865). Siempre evocado como el presidente que abolió la esclavitud, Abraham Lincoln es una de las figuras más admiradas de la historia estadounidense.

Sobre ambición y reconocimiento del liderazgo, Doris Kearns Goodwin dedica un capítulo a Abraham Lincoln en su obra Leadership in Turbulent Times. Lessons from the Presidents. A continuación, se comentarán fragmentos de este capítulo con el estilo de Estrategia Minerva Blog.

“La forma en que Lincoln respondió a los ataques dirigidos contra él y su partido revela mucho sobre su temperamento y el carácter de su liderazgo en desarrollo. Tal era la ley de la política en la época anterior a la guerra que las discusiones y los debates entre whigs y demócratas atraían regularmente la atención fanática de cientos de personas. Los oponentes se atacaban mutuamente con un lenguaje encendido y abusivo, para gran deleite de un público ruidoso, lo que incitaba a un ambiente que podía estallar en peleas a puñetazos e, incluso, en ocasiones, en tiroteos. Aunque Lincoln era tan susceptible como la mayoría de los políticos, sus réplicas solían estar llenas de una ironía tan bienhumorada que los miembros de ambos partidos no podían evitar reírse y relajarse ante el placer de las entretenidas y bien contadas historias” (Doris Kearns Goodwin, Leadership in Turbulent Times. Lessons from the Presidents).

En todo se puede distinguir entre el fondo y la forma. Aristóteles habla de sustancia y accidente. Y en muchas ocasiones las formas son muy relevantes, incluso por encima del fondo. Para algunos, la política es crispación y polarización, mientras que siempre es de agradecer el sentido del humor y la buena educación. Lincoln era un líder que utilizaba la ironía como arma política, mientras otros utilizan el bulo, el insulto o la violencia. 

“Deseo vivir, y deseo un lugar y distinción; pero prefiero morir ahora antes que, como el caballero, vivir para ver el día en que cambiaría mis ideas políticas por un cargo que me reportaría 3000 dólares al año, y luego sentirme obligado a erigir un pararrayos para proteger mi conciencia culpable de un Dios ofendido” (Doris Kearns Goodwin, Leadership in Turbulent Times. Lessons from the Presidents).

Estas palabras se referían a alguien que cambió de partido político por un nuevo cargo muy lucrativo. Lincoln reivindica la honestidad y la coherencia con los propios ideales frente al oportunismo político. Vivimos tiempos donde aquellos que se dedican a la política se sienten desprestigiados por los comportamientos de algunos que encuentran en ésta beneficios privados. Al final, todo redunda en alguna de las grandes cuestiones filosóficas: ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Qué es la política?

“Por una votación desproporcionada de 77 contra 6, la Asamblea de Illinois resolvió que “desaprobábamos enérgicamente la formación de sociedades abolicionistas” y considerábamos “sagrado” el “derecho de propiedad sobre los esclavos”. Lincoln fue uno de los que votaron en contra. En una protesta formal, proclamó que “la institución de la esclavitud se basa tanto en la injusticia como en la mala política”. Siempre había creído, y más tarde dijo, que “si la esclavitud no es incorrecta, nada es incorrecto” (Doris Kearns Goodwin, Leadership in Turbulent Times. Lessons from the Presidents).

La noción de esclavitud se opone a la igual dignidad humana, que es el núcleo de los derechos humanos. Sin embargo, esta institución que convierte en propiedad a unos seres humanos de otros seres humanos ha estado vigente hasta épocas inusualmente cercanas. Aún hoy en día se dan casos de trabajos forzados y tráfico de seres humanos.  La lección de liderazgo de Lincoln es que existen valores donde no se puede transigir, no son negociables. Y, en esas ocasiones, es bueno mantener las convicciones con fortaleza.

“Si bien la ambición de los venerados padres fundadores había estado “íntimamente ligada” a la creación de un gobierno constitucional que permitiera al pueblo gobernarse a sí mismo, Lincoln temía que, en el caos del comportamiento de turba, hombres como “un Alejandro, un César o un Napoleón” probablemente buscarían distinguirse emprendiendo audazmente “la tarea de derribar”. Esos hombres de ego “desmesurado”, cuya ambición estaba alejada de los intereses del pueblo, no eran hombres aptos para liderar una democracia; eran déspotas” (Doris Kearns Goodwin, Leadership in Turbulent Times. Lessons from the Presidents).

Existe un riesgo de deriva hacia el autoritarismo en diferentes países. Algunos sostendrán que la democracia está mutando. Sin embargo, se debe estar prevenido hacia “los hombres de ego desmesurado”. El Estado de Derecho surge como reacción al poder del rey absolutista. En el enfoque de Locke se enfatiza en la separación de poderes, el poder está limitado y el derecho de resistencia si no se cumple con el Contrato Social. Los líderes carismáticos que acumulan poder son un riesgo para el pluralismo político, la alternancia, los frenos y contrapesos y la vitalidad de una democracia de calidad. 

“Para contrarrestar la problemática ambición de tales hombres, Lincoln hizo un llamamiento a sus compatriotas estadounidenses para que renovaran los valores de los padres fundadores y abrazaran la Constitución y sus leyes. “Que el respeto por las leyes sea inculcado por todas las madres estadounidenses”, enseñado en todas las escuelas y predicado en todos los púlpitos. El gran argumento contra un posible dictador es un pueblo informado “apegado al gobierno y a las leyes”. Este argumento lleva a Lincoln de vuelta a su primera declaración al pueblo del condado de Sangamon, cuando habló de la educación como la piedra angular de la democracia. ¿Por qué es tan importante la educación? Porque, como dijo entonces, todos los ciudadanos deben ser capaces de leer la historia para “apreciar el valor de nuestras instituciones libres” (Doris Kearns Goodwin, Leadership in Turbulent Times. Lessons from the Presidents).

Se hace hincapié en el papel de la educación del pueblo como un prerrequisito de la democracia y como forma de defensa frente ”a un posible dictador”.  Cabe plantearse que la educación y la alfabetización digital se están convirtiendo en elementos que deberían incluirse entre las virtudes que debe tener la ciudadanía. Para poder tomar decisiones autónomas es necesario estar bien informado, entre otras condiciones. Para poder valorar las instituciones libres, es buena la educación para la ciudadanía,  como en los inicios de la democracia, hacían los sofistas frente a los demagogos y los riesgos autoritarios. 

Vicente Montano, Arcano de Príncipes

En el estudio preliminar de Manuel Martín Rodríguez de la obra Arcano de Príncipes en la edición del Centro de Estudios Constitucionales, se sostiene que fue Cánovas del Castillo el primero en hablar de un manuscrito anónimo verdadero precursor de Malthus. Como explica Robert S. Smith en el artículo “Maltusianismo español del siglo XVII”: “en una búsqueda reciente en la Biblioteca Nacional de Madrid se ha encontrado el manuscrito intitulado Arcano de Príncipes, que evidentemente es el trabajo consultado por Cánovas del Castillo, aunque no es la copia que él utilizó. El manuscrito de la Biblioteca Nacional lleva el nombre de su autor, el Capitán Vicente Montano y está fechado en 19 de septiembre de 1681”.

Y Smith añade: “el Arcano de Príncipes no es un tratado sobre población, sino una compilación de preceptos políticos comparable a los escritos de Maquiavelo, Bodino y (entre los españoles) de Saavedra Fajardo. El ensayo está dedicado al duque de Medinaceli, chambelán y primer ministro de Carlos II”. Una vez más, la Filosofía política está cerca del poder, aunque no lo ostenta, y busca proveer los mejores consejos para el ejercicio de las responsabilidades públicas, una combinación fructífera entre Teoría y Práctica.

A continuación, se comentarán fragmentos de la obra Arcano de Príncipes, de Vicente Montano, al estilo de Estrategia Minerva Blog.

“La ocupación más cierta, y que trae a los príncipes la utilidad para cuyo fin la intentan, es emprender una guerra tan pronto como la plebe entra a discurrir del Gobierno, pues, contentándose solamente con hablar de las cosas pertenecientes al estado público, extiende su curiosidad a la abundancia, ya que, emprendida aquella, suele mercar cotidianamente el sustento, y de esta forma, teniendo ociosamente qué comer, y siendo sus pensamientos bajos y viles, jamás levanta el ánimo a cosas sublimes y penosas que puedan dar cuidado a sus Príncipes. Bien comprendió el sátiro Juvenal, en dos palabras, la forma que se debe usar para mantenerla más gustosa, que es darle pan y fiestas, sentencia que a todos los dominios se ajusta” (Vicente Montano, Arcano de Príncipes).

¡Qué bellamente expresado en estas líneas el universal principio de «panem et circenses» (pan y circo)! Parece que en Roma ya sabían cómo manipular al pueblo con base a sus apetitos. El punto incisivo que propone el Capitán Montano es que la forma que tenía de entretener al pueblo era haciendo una guerra, que ocupara grandemente sus conversaciones, combinado con la abundancia de comida, resultaba en los mínimos problemas para el gobierno. Una receta universal para la política, desde Juvenal. 

“El presente Rey de Francia, habiendo reconocido que los gobiernos perpetuos que gozaban los Príncipes de la sangre habían servido otras veces de apoyo para dar mayor rigor a las inquietudes del Reino, ha dividido en otra forma las provincias, variando sus gobernadores y mudándolos cuando le parece convenir. Los Próceres de una monarquía no deben perpetuarse en el gobierno de las provincias, porque cuando se les destina un nuevo sucesor hallan grande repugnancia en desistirse del mando” (Vicente Montano, Arcano de Príncipes).

Ostentar una responsabilidad pública durante muchos años otorga una gran experiencia a las personas titulares, sin embargo, como se suele advertir, existe un mayor riesgo para la corrupción. Si el constitucionalismo surgió como el enfoque que buscaba afirmar que todo poder tenía límites frente al absolutismo, la democracia implica que los cargos públicos deban rendir cuentas de su gestión. Esto significa explicar las acciones emprendidas, justificarlas y ser premiado o castigado por las mismas. Esto se vincula con la transparencia y rendición de cuentas como características inherentes a una democracia de calidad.

“Son muchas las trazas, máximas y estratagemas de que puede servirse el Príncipe para dar a entender al mundo que todo cuanto hace lo funda en razón y justicia, sin que el vulgo alcance a penetrar ninguna de sus operaciones, engañando también a los más sabios y prudentes para que no reconozca lo ambiguo de sus intentos por grandes que sean, vistiendo sus discursos de palabras oscuras y conceptos profundos, aun cuando parezca que se da claramente a entender” (Vicente Montano, Arcano de Príncipes).

Este párrafo parece escrito por Maquiavelo, del cual se realizan varias posibles interpretaciones, más, elitistas o republicanas. Una posible lectura del enfoque del autor de El Príncipe es que recomienda a los gobernantes un ejercicio de simulación y disimulación para lograr sus objetivos prefijados y sin vínculo necesario con la moral. Es la racionalidad política, que tiene sus propias reglas y sería autónoma de la ética y la religión.  En este párrafo del Arcano de Príncipes se intuye al Maquiavelo maquiavélico aconsejar de forma descarnada. 

“Y salvo algún ministro de la primera suposición, en quien alivia el peso del gobierno, los demás subalternos han de vivir tan ciegos como la plebe más ínfima. Pero para vendar totalmente los ojos de los vasallos, y que crean que el Príncipe está desvelándose al mayor bien y quietud de ellos, los ha de alhagar con la paz que tanto han deseado durante la guerra, sin que puedan penetrar con este engaño, ya habiendo turbado la paz por el deseo de guerra, no puede dejar la guerra por el celo de la paz, porque en ésta no mueren los vasallos sino atendiendo a los méritos de sus delitos, pero, con aquella, inocentes y culpables corren una misma fortuna” (Vicente Montano, Arcano de Príncipes).

En estas líneas de Vicente Montano, se combinan dos variables, el papel de la verdad en política y el uso estratégico de la guerra y la paz. Como se ha mencionado, el Arcano de Príncipes está en la línea maquiavélica, donde la conveniencia política, y entre ellas, la principal de mantenerse en el poder, debe guiar las acciones del gobernante. Públicamente debe mantener una posición irreprochable y convincente, fruto de la hipocresía hacia sus verdaderos intereses. Utilizar la guerra y la paz dentro del cálculo político es lamentable, pero común. Las guerras suelen provocar muchas víctimas y daños irreparables y sería deseable que, en situaciones excepcionales, se dieran respuestas excepcionales. Pero este punto de vista no siempre es compartido.

Manual del demagogo

Continuaré con la serie dedicada a los manuales, con la obra Manual del demagogo, escrita por Raoul Frary. Este libro está editado en español por la editorial Sequitur y la edición y traducción corren a cargo de Miguel Catalán.

El autor del libro, Henry François Raoul Frary, nacido el 17 de abril de 1842 en Tracy-le-Mont y fallecido el 19 de abril de 1892 en Plessis-Bouchard, fue un profesor, periodista y ensayista francés.

Según la síntesis de Fernando Savater en una columna titulada “Consejos”, Frary escribió este panfleto “con los consejos de un resabiado político a un aspirante a demagogo, o sea, a guiar a los demás tirando del ronzal y obteniendo para sí mismo los mejores beneficios.” En el prólogo, Miguel Catalán califica al autor de “idealista disfrazado de cínico”. Es destacable la ironía y el sentido de humor que rebosan las líneas de esta obra. Tratando cuestiones de gran seriedad, el tono utilizado es algo frívolo, lo cual invita a la complicidad y la reflexión.  

A continuación, se comentarán fragmentos de la obra Manual del demagogo de Raoul Frary, al estilo de Estrategia Minerva Blog.

“Subrayemos de entrada que elogio nunca es lo suficientemente fuerte. No es bueno que sea grosero, pero no hay problema alguno en que sea excesivo. Raramente se dicen de nosotros tantas cosas buenas como pensamos merecer (…) Los elogios menos justificados son a menudo los mejor acogidos: son más novedosos. Persuadir a un apático de su valentía, a un crápula de su sabiduría y a un bobo de su inteligencia, es la cumbre del arte. Pero hay que saber actuar con delicadeza, y no sacar a la plaza pública el incensario. Se triunfa empleando el tacto y eligiendo bien las pruebas” (Raoul Frary, Manual del demagogo, II.2).

El elogio es una de las armas preferidas de los demagogos. Nada regala más los oídos que palabras halagadoras que aplaudan a la audiencia. Si bien esto es cierto como principio general, existe un auténtico arte del elogio. Esto es debido a que la alabanza, para surtir el mejor efecto, ha de parecer sincera u objeto de un análisis serio. Adular en exceso puede volverse en contra al mostrarse como algo artificial e impostado, material para crédulos que no se preguntan por las verdaderas intenciones de quien utiliza tantas expresiones lisonjeras. 

“He aquí uno de los secretos de la demagogia, si puedo calificar de secreto un método cuya excelencia salta a los ojos. Todas las pasiones y todos los intereses del mundo no bastarían sin el orgullo de la fe. Los franceses de la Revolución no habrían soportado un gobierno tan duro, de privaciones tan severas y de peligros tan terribles, si no se sintieran tan halagados por promulgar un nuevo dogma (…) no es necesario que el dogma sea verdadero, ni que sea noble, ni que sea claro y comprensible. Basta con que se crea y que el creyente se sienta orgulloso de creer”  (Raoul Frary, Manual del demagogo, II.2).

Algunas veces se hacen paralelismos entre la religión y la política. Aquí se busca reflexionar sobre las actitudes acerca de las creencias políticas que se asimilan al dogmatismo de una fe, a las creencias de un creyente religioso.  Las ideologías suelen tener una concepción del mundo —unos valores sobre lo que debe ser la sociedad o los seres humanos—, donde suelen mezclar conocimientos científicos con componentes emotivos y un potente efecto movilizador. Frary advierte que estas ideologías políticas tienen elementos de fe religiosa y eso motiva a sus creyentes.  Esto recuerda algunos debates actuales, planteados, desde el sectarismo, donde siempre se quiere tener razón, no dando espacio a la templanza, la tolerancia y el consenso.   

“El moralista nos enseña la paciencia, la sobriedad de los placeres, la moderación en los deseos, la consecuencia de nuestros esfuerzos. Dirige sin cesar nuestra atención hacia aquellos que han triunfado por su mérito y a quienes han caído por sus errores. Reduce la responsabilidad de la Fortuna y aumenta nuestra propia responsabilidad. Rebaja el poder de las leyes y realza el poder de las costumbres. El demagogo hace justo lo contrario. Afirmar que la Fortuna distribuye ciegamente sus dones, que el éxito es debido al azar, puede que incluso al vicio, que los desgraciados son víctimas de una fatalidad artificial, que la miseria es inevitable en la sociedad actual. Lejos de exhortarnos a hacernos mejores, no admite siquiera que ello depende de nosotros. Si nuestros hábitos son malos, finge ignorarlos; no sospecha que las debilidades de nuestra conducta refuerzan las dificultades de nuestra existencia. Truena contra los arribistas y ridiculiza los cuentos edificantes de la moral llevada a la práctica. Disminuye en todas las cosas la responsabilidad de las costumbres para acrecentarla la de las leyes. No nos inculca la paciencia, ni nos hace recapacitar sobre nuestros defectos” (Raoul Frary, Manual del demagogo, II.3).

En este pasaje, Frary compara al moralista y al demagogo, donde sus fines y consejos difieren en gran manera. El primero exhorta a la moderación y a hacer frente a la vida con responsabilidad, mientras el segundo no apela a cambiar la conducta, ya que el éxito es debido al azar, apela a la responsabilidad de las leyes, más que a la de las costumbres. Pero la diferencia fundamental entre ambos se omite en el texto de Frary el demagogo tiene finalidades espurias, generalmente conseguir su propio beneficio o el de su grupo, mientras que el moralista, por lo general, buscaría el bien de quien busca aconsejar.

“El envidioso se dice: “la desigualdad es injusta. Es posible, e incluso fácil, suprimirla. Si se suprime, ello me beneficiará”. Si queréis enardecer la envidia demagógica, y servirnos de ella, no insistiréis nunca lo bastante en estas tres proposiciones, para colocarlas más allá de toda duda, para enraizarlas cada vez más en los espíritus y los corazones” (Raoul Frary, Manual del demogogo, II.6).

Existen bibliotecas enteras dedicadas al tema de este párrafo de la obra Manual del demagogo, La Real Academia define envidia como “tristeza o pesar del bien ajeno”. Existen personas que tienen graves sufrimientos por los éxitos de los demás y lo peor de la envidia son las acciones que, a veces, provoca por los envidiosos. Por otro lado, la lucha contra determinadas desigualdades sociales y económicas es el objetivo legítimo del Estado social y democrático de Derecho. En el razonamiento de Frary se da un salto argumentativo cuando afirma que es fácil suprimir la desigualdad. Primero se debería distinguir de qué tipo de desigualdad se trata, si afecta a la política -inclusión-, a la economía -redistribución- o a la cultura -reconocimiento-. Si el objetivo final es eliminar una desigualdad, no será fácil, pero sí una tarea que debe comprometer a la sociedad. Sin embargo, lo que advertía Frary era contra el uso demagógico de la desigualdad, vinculada a la envidia. Y de nuevo la pregunta: ¿cuáles son los objetivos del demagogo?

Tomás Moro, Utopía

Sir Tomás Moro (1478-1535) fue un jurista, intelectual, estadista y Lord canciller de Enrique VIII de Inglaterra (quien gobernó de 1509 a 1547) que fue ejecutado en julio de 1535 por su resistencia a respaldar la separación de la Iglesia de Inglaterra con la Iglesia católica de Roma. Moro, de grandes principios y con profundos valores, no concordaba con el divorcio del monarca de su primera esposa, Catalina de Aragón (1485-1536), y especialmente con la promoción de Enrique como cabeza de la Iglesia de Inglaterra en lugar del papa. Previo a su incursión en la política, Tomás Moro fue un reconocido escritor y académico, y su obra más reconocida hoy en día es Utopía, la cual presenta una descripción filosófica de una sociedad ideal ubicada en una isla.

A continuación, se comentarán algunos pasajes de la obra Utopía de Tomás Moro, al estilo de Estrategia Minerva Blog.

“Ya veis hasta qué punto no hay licencia de estar nunca ocioso, ningún pretexto para la inercia, ninguna taberna de vino, ninguna cerveza, nunca un lupanar, ninguna ocasión de corruptela, ningunas lateras, conciliábulo ninguno, sino que la mirada presente de todos compele al trabajo habitual o a un ocio no deshonesto. Del ordenamiento de este pueblo se sigue necesariamente la afluencia de todos los bienes, la que, al llegar equitativamente a todos, hace que nadie pueda ser ni pobre ni mendigo” (Tomás Moro, Utopía).

Es significativo que la sociedad utópica de Tomás Moro descarte los vicios privados: el alcohol, la prostitución, la murmuración, los bajos fondos y, más bien, los ciudadanos se centren en el trabajo honesto. Esto hace que los bienes deban repartirse equitativamente, sin que haya grandes desigualdades, ni se cumpla el cuento de la cigarra, trabajadora, y la hormiga, holgazana.

“Ahora bien, no piensan que la felicidad está en todo placer, sino en el bueno y honesto. Hacia él, como hacia el sumo bien, es arrastrada nuestra naturaleza por la virtud, única a la que la opinión contraria atribuye la felicidad” (Tomás Moro, Utopía).

Aristóteles sostiene que la finalidad de los seres humanos consiste en la eudaimonia, un término griego que suele traducirse como felicidad, florecimiento humano o vida buena. Este concepto se une al ejercicio de las virtudes como la prudencia o la templanza. Sin embargo, existen diversas concepciones de la felicidad y del placer, que algunas posiciones unifican. Lo que dice aquí Tomás Moro es que solo el placer bueno y honesto es el que lleva a la felicidad. La vida de Moro es un ejemplo de honestidad y coraje al morir, por lo que creía, en contra de su bienestar personal. 

“Procurar tu bien, sin ofender estas leyes, es prudencia; procurar, además, el público, propio de la piedad. Mas arrebatar el placer ajeno mientras alcanzas el tuyo, eso es injuria. Por el contrario, quitarte a ti mismo algo que das a otros es oficio de humanidad y benignidad que nunca priva de tanto bien como el que aporta, pues lo equilibra la reciprocidad de los beneficios y la conciencia misma de la buena obra” (Tomás Moro, Utopía).

Se dan varios niveles de posible interacción estratégica entre sres humanos: a) Regla de Plata: Reciprocar la respuesta obtenida de la otra parte. Es el bíblico ‘ojo por ojo’ o estrategia del TITforTAT; b) Regla de Oro como expectativa de reciprocidad: Trata a los demás cómo te gustaría que te trataran, con la expectativa de que en un futuro harán lo mismo contigo; c) Regla de Oro como altruismo ilimitado: Trata a los demás cómo te gustaría que te trataran, como parte de tu filosofía, sin esperar nada a cambio. Es el conocido como ama a tu enemigo; d) Regla de Platino: Trata a los demás como a los demás les gustaría que los trataran. Aquí se busca ir contra el particularismo de la Regla de Oro, que puede tener sus variantes de reciprocidad y altruismo ilimitado. 

Lo interesante aquí es que Moro habla, en relación con las buenas obras, de la reciprocidad de los beneficios y de la conciencia, como dos indicadores de la corrección moral de una acción. ¿A qué Regla de las analizadas se estaba refiriendo?

“En la elección del cónyuge observan ellos que seria y severamente un rito ineptísimo (como nos pareció a nosotros) y sobremanera ridículo. A la mujer, en efecto, sea virgen o viuda, la exhibe desnuda ante el pretendiente, una matrona grave y honesta, y, a su vez, un varón probo pone desnudo ante la muchacha al pretendiente. Como nosotros, riéndonos, desaprobábamos esta costumbre como inepta, ellos, por el contrario, mostraron su admiración por la estulticia insigne de todas las demás gentes” (Tomás Moro, Utopía).

Elegir a la persona con la que compartir la vida requiere prudencia y valorar adecuadamente diversos factores. Entre los que destacan, especialmente, los rasgos de carácter con los que lidiar con los conflictos cotidianos. Como advierte Tomás Moro, es algo inepto que una parte del reto nupcial consista en mostrar brevemente desnudo/a al futuro cónyuge.  Una vez más se pone de manifiesto la relevancia entre el fondo y la forma de una relación, entre lo que es importante y lo que es superficial. 

“Cuentan entre sus delicias a los bufones, a los que, así como es un gran oprobio injuriar, no impiden tampoco sacar placer de la estulticia (…) Mofarse de un deforme o mutilado es tenido por cosa torpe y deforme, no para quien es mofado, sino para el mofador que reprocha estultamente a uno como vicio lo que no estuvo en su poder evitar” (Tomás Moro, Utopía).

Los límites del humor en la era de lo políticamente correcto se han convertido en algo controvertido. Reírse con la ignorancia o necedad del público puede ser un recurso fácil. Alguien podría esperar del humor una sana función de crítica social, más que un refuerzo de prejuicios y estereotipos ya arraigados.  En el caso que plantea Tomás Moro, hacer humor sobre personas con discapacidad, por su condición, no se justifica como un humor compatible con los derechos humanos, un humor inteligente, que nos haga pensar e invite a considerar valores para una sociedad más abierta, plural e inclusiva, donde haya espacio para todos/as. 

El candidato. Manual de relaciones con los medios

En la serie de posts sobre manuales, este se ocupará de la obra El candidato. Manual de relaciones con los medios (para políticos y periodistas), escrito por Julio César Herrero y Amalio Rodríguez Chuliá en 2008. Parece que los candidatos políticos tienen que tratar con los medios de comunicación, y con los periodistas, para conseguir sus objetivos. Esta obra busca aconsejar de manera práctica y amena sobre diversas situaciones, y cómo afrontarlas de la mejor manera, relativas al mundo de la comunicación. 

Julio César Herrero es un periodista, profesor universitario, escritor y especialista en comunicación y marketing político nacido en Mieres, Asturias, en 1973. Doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, ha desarrollado una destacada carrera en los ámbitos académico, periodístico y de asesoría política. Mantiene una página personal

Amalio Rodríguez Chuliá (Catarroja, Valencia, 1971) es un guionista, creativo, periodista, autor teatral y creador de formatos de televisión español con una trayectoria diversa en medios, publicidad y comunicación política.

A continuación, se comentarán fragmentos de la obra El candidato. Manual de relaciones con los medios (para políticos y periodistas), escrita por Julio César Herrero y Amalio Rodríguez Chuliá con el estilo de Estrategia Minerva Blog.

“Este libro es, en esencia, un manual de marketing político. La mayor parte de la literatura que existe sobre el tema que aborda es norteamericana. Lamentablemente, en España, apenas se han publicado textos que traten, desde dentro, el objeto de este: las relaciones entre los políticos y los medios de comunicación desde un punto de vista práctico” (Julio César Herrero, Amalio Rodríguez Chuliá, El candidato. Manual de relaciones con los medios (para políticos y periodistas)).

Uno de los objetivos habituales del marketing es vender productos y, por extensión, el marketing político busca vender candidatos o partidos en contiendas electorales. La meta del segundo es conseguir el voto de los ciudadanos y el medio, tradicionalmente, se vehiculaba a través de los medios de comunicación mainstream, especialmente la televisión. Y, actualmente, tienen un gran relieve las redes sociales, dándose fenómenos como las “búrbujas de filtro”, donde la personalización de preferencias para los usuarios en la red, tiene como resultado que solo reciban noticias o mensajes acordes a su ideología y nunca visiones desde otras perspectivas.  

“Impactantes. Realizar afirmaciones que, no tanto por el fondo, sino por la forma, llamen la atención al periodista es el mejor camino para que acaben constituyéndose en titular (en ‘corte’ y la radio en ‘total’ para la televisión). No se trata en modo alguno de ser alarmante o extravagante en las afirmaciones, pero sí original. El uso de analogías, metáforas u otro recurso literario hace que el lenguaje se salga de lo rutinario y llame la atención” (Julio César Herrero, Amalio Rodríguez Chuliá, El candidato. Manual de relaciones con los medios (para políticos y periodistas)).

En su obra Homo Videns. La sociedad teledirigida, Sartori hablaba de cómo la televisión cambió la democracia, cabe reflexionar cómo las redes sociales pueden cambiar la práctica de las sociedades democráticas, por ejemplo, fomentando el activismo político o la rendición de cuentas, pero también dando fuelle a la demagogia y la desinformación. 

Uno de los temas en los que incide Sartori es que actualmente lo relevante es aparecer en los medios; eso da un poder mediático, frente al anterior prestigio de los intelectuales. Cuando los partidos políticos buscan a un candidato, prefieren un perfil como deportista o actor, o similares, que ya tienen poder mediático. No obstante, el poder mediático de alguien no garantiza que tenga las virtudes de un buen gobernante o representante público.

“Cuando el periodista utiliza informaciones de fuentes que no se mencionan, suelen recurrir a expresiones del tipo “según fuentes bien informadas”, “fuentes próximas a” o “según uno de los asesores”, dependiendo de hasta dónde desea el periodista indicar la procedencia de la información.

Hasta este punto se ha hecho referencia a aquellas circunstancias en las que el periodista conoce la identidad de la fuente, pero decide no revelarla. Asunto distinto es cuando el periodista no conoce la identidad de quien facilita los datos. En ese caso, nos encontramos ante una filtración. Es decir, aquella información siempre interesada que recibe el periodista, pero que desconoce que la facilita. Es obligación del periodista contrastar los datos antes de publicarla o difundirla” (Julio César Herrero, Amalio Rodríguez Chuliá, El candidato. Manual de relaciones con los medios (para políticos y periodistas)).

Esto sigue siendo así en términos generales, pero se da un nuevo elemento a tener en cuenta en la era de la posverdad y las redes sociales, la desintermediación. Existen medios convencionales, que suelen estar comprometidos con los principios de la ética profesional del periodismo, como la búsqueda de la verdad, la imparcialidad o la honestidad, pero actualmente, en redes sociales y en algunos medios, coexisten emisores de desinformación, que tiene diversas variantes, la más conocida de las cuales son las fake news. Existe una gran controversia sobre este concepto, y su viabilidad como arma/etiqueta política, sin embargo, existe amplio consenso en su deliberada intención de engaño o confusión. Una vez más, reiterar la importancia de seguir los deberes, valores y virtudes de la deontología del periodismo, que componen el perfil idóneo que han de tener los profesionales de la información.   

“No abusar de los tecnicismos. La jerga, es decir, los términos propios de un oficio o profesión, se pueden utilizar en una intervención siempre y cuando no se abuse. Dependerá de la audiencia a la que nos dirijamos. Si se trata de oyentes especializados, no habrá inconveniente en recurrir a términos que solo conocen el político y la audiencia: nadie más debe entenderlos, aunque no es lo habitual. Pero si la audiencia no domina una materia en la que es frecuente la utilización de tecnicismos, el político tendrá que hacer un esfuerzo por traducir estos términos para que los oyentes puedan comprender lo que dice” (Julio César Herrero, Amalio Rodríguez Chuliá, El candidato. Manual de relaciones con los medios (para políticos y periodistas)).

Este manual con los medios hace referencia a que el candidato debe divulgar temas o términos complejos para poder ser comprendido por amplias audiencias. Se atribuye a Ortega y Gasset la frase de que la claridad es la cortesía del filósofo. Es relevante ser claro en un discurso público, pero se debe saber divulgar bien, a riesgo de caer en la simplificación, el maniqueísmo o la demagogia. Los temas políticos no suelen tener soluciones blanco/negro, sino que es necesario que la política se convierta en una buena pedagogía para explicar la gestión de la gama de grises que conforma los asuntos públicos. 

Principios fundamentales del buen polemista 

“1.- Un buen polemista no pretende jamás convencer de nada al adversario. 

2.- El buen polemista elige el sector de la audiencia a la que se quiere dirigir. 

3.- El buen polemista es quien primero define los términos del debate.

4.- El buen polemista prefiere preguntar a responder. 

5.- Un buen polemista repite, repite y, si le queda tiempo, vuelve a repetir. 

6.- Un buen polemista sabe utilizar el mismo argumento de varias formas. 

7.- El buen polemista, quizá el muy bueno, vence con sus propias armas, pero sobre todo, fundamentalmente, con las del oponente.

8.- El buen polemista maneja a la perfección las falacias y se esfuerza por impedir que las utilice la otra parte. Y si lo consigue, las evidencia y ridiculiza para que la audiencia decida” (Julio César Herrero, Amalio Rodríguez Chuliá, El candidato. Manual de relaciones con los medios (para políticos y periodistas)).

Me gustaría concluir con reflexiones a partir de Principios fundamentales del buen polemista, que se propone en este manual con los medios del candidato político. Como se ha mencionado al principio, el objetivo de esta obra es el marketing político desde una perspectiva práctica y, para tal meta, podría contextualizarse la eficacia de estos consejos. 

El ideal de democracia deliberativa, donde los debates permiten persuadir y ser persuadido, los participantes son racionales y razonables y los acuerdos pueden llegar a forjarse con base en la imparcialidad o la unanimidad, pareciera que tendría efecto limitado en la política práctica, ya que los actores están más interesados en seguir las tácticas de buenos polemistas.

Al final, no hay nada nuevo bajo el sol. Hace ya muchos siglos, los sofistas educaban en tácticas y estrategias retóricas, para aumentar el poder de convicción de sus pupilos, ciudadanos de las polis de Atenas, para debatir los asuntos públicos en el Ágora. Una forma de educación para la democracia, que se basaba en los buenos polemistas. Ahora, como entonces, resulta más fácil caer en polémicas, que entablar buenos diálogos, cuando resulta obvio que la calidad de la democracia mejora con la calidad de la deliberación pública. 

Tommaso Campanella, La Ciudad del Sol

Tommaso Campanella (Stilo, Italia, 1568-París, 1639). Filósofo de Italia. En 1586, ingresó en un convento dominico, donde cursó sus estudios en Filosofía. Con el impacto de las obras de la filosofía naturalista de Telesio, Campanella se trasladó al terreno de los críticos con la doctrina de Aristóteles, tal como la escolástica la exponía en ese momento.

En 1599, dirigió una insurrección rural con el objetivo de establecer una república teocrática, por lo que fue sometido a varios juicios eclesiásticos y condenado a prisión perpetua, de la que finalmente fue liberado en 1634 por Urbano VIII. Campanella estuvo 27 años encarcelado, periodo en el que redactó su célebre obra La Ciudad del Sol, donde plasmó su anhelo de un régimen comunista utópico. Los ideales comunistas de Campanella surgieron bajo el fuerte influjo de Platón.

A continuación, se comentarán fragmentos de la obra La Ciudad del Sol de Tomasso Campanella, al estilo de Estrategia Minerva Blog. 

Ventajas del trabajo colectivo

“Afirman además que la pobreza dura hace a los hombres viles, astutos, mentirosos, ladrones, insidiosos, proscritos, mendaces, falsos testigos, etc., en tanto que la riqueza los vuelve insolentes, soberbios, ignorantes, traidores, presuntuosos en la ignorancia, falsos, jactanciosos, insensibles, injuriosos, etc. Sostienen que, por el contrario, el régimen comunitario hace a todos a la vez ricos y pobres: ricos porque tienen todas las cosas, pobres porque no poseen nada; al mismo tiempo, no sirven ellos a las cosas, sino éstas a ellos” (Tommaso Campanella, La Ciudad del Sol).

En la concepción platónica de sociedad, los guardianes no deben poseer “tierra propia, casas y dinero” (Platón, República, 471a) ya que los males son mayores. Frente a este enfoque, Aristóteles, en su obra Política, defiende la propiedad privada a partir de algunos argumentos. El primero es la generosidad, ya que “hacer favores, ayudar a los amigos, huéspedes o compañeros es cosa más agradable y esto solo se hace si la propiedad es privada” (Aristóteles, Política, 1263b9). También plantea la mayor conflictividad de la propiedad en común y que, si realmente fuera una buena solución, no hubiera pasado tan desapercibida.

Discusión acerca de la comunidad de mujeres 

“He visto que entre los Solares las mujeres son comunes tanto para el servicio como para el lecho, pero no siempre ni a la manera de las bestias, que someten a cualquier hembra que les sale al paso, sino solo por mor de y con vistas a la procreación” (Tommaso Campanella, La Ciudad del Sol).

Este es uno de los puntos más polémicos del enfoque de Platón: cómo (no) concibe la familia. Por ejemplo, afirma que los hijos de los guardianes han de ser criados y educados por el Estado y tiene una posición ambivalente sobre la situación de la mujer. Desde otros presupuestos, Aristóteles defiende la familia y critica la aproximación platónica, ya que “cada ciudadano tendrá mil hijos, y estos no como propios de cada uno, sino que cualquiera es por igual hijo de cualquiera; así que todos se despreocupan igualmente” (Aristóteles, Política, 1262a).

Hospitalidad

“Durante tres días los mantienen a expensas públicas, les lavan en primer lugar los pies, les enseñan la ciudad y toda su reglamentación, los admiten en el Consejo y en la mesa pública. Incluso hay varones delegados para el cuidado y protección de los huéspedes. No obstante, en el caso en que quieran hacerse ciudadanos de la República del Sol, los ponen a prueba durante un mes en el campo y durante otro en la ciudad; luego deciden y los acogen con determinadas ceremonias y juramentos, etc.” (Tommaso Campanella, La Ciudad del Sol).

Este es un precedente de la noción de hospitalidad que Kant invocó siglos después. En la actualidad, parece que nociones elementales que están en el fundamento de los derechos humanos deban ser puestas en cuestión y se conviertan en temas diana del debate político, a nivel local y global. Uno de esos asuntos de particular relevancia es cómo las sociedades acogen/integran/acomodan a sus inmigrantes. Aquí vemos como en la utopía del siglo XVI, Campanella aportaba un mecanismo inclusivo para adquirir la ciudadanía. ¿Sigue hoy sonando como una utopía?

De nuevo con más detalles sobre la elección de magistrados, el gobierno y el Consejo.

“No se sirven de sorteos, excepto cuando están completamente inseguros de qué partido tomar.

 Los funcionarios cambian de acuerdo con la voluntad del pueblo, pero los cuatro superiores nunca lo hacen, a no ser que ellos mismos, tras deliberar entre sí, cedan la dignidad a quien sepan más sabio que ellos, más inteligente y más puro. Hasta tal punto son dóciles y honrados que se retiran de buena gana ante quien es más sabio que ellos y aprenden de él. Pero esto es algo que ocurre raramente” (Tommaso Campanella, La Ciudad del Sol).

Dejar las elecciones más difíciles al azar de un sorteo no parece lo más adecuado. Aunque las actuales tendencias abogan por dejar algunas decisiones a los algoritmos de la IA, que tienen sesgos, estereotipos, y no son necesariamente neutrales en términos de derechos humanos.

Es encomiablemente “utópico”, en esta Ciudad del Sol, que los máximos dirigentes decidan ellos mismos cuando dejar el puesto y “se retiran de buena gana ante quien es más sabio que ellos y aprenden de él”. Parece calcado de los tiempos actuales…

Leyes y juicio 

“Sus leyes son pocas, breves y claras, escritas todas en una tabla de bronce colgada a las puertas del templo, concretamente en las columnas” (Tommaso Campanella, La Ciudad del Sol).

Y la utopía en el mundo jurídico es que las leyes sean “pocas, breves y claras”. Esto ayudaría a aproximar el Derecho y las decisiones judiciales a las personas no expertas. La grandeza del método jurídico es que permite abordar diversas estrategias de las partes en un proceso y permitirá justificar la decisión final mediante argumentos jurídicos. El Derecho se concibe como una actividad interpretativa, donde se hace relevante el poder de convicción de cada cual.

La Ciudad del Sol, de Tommaso Campanella, busca criticar su presente y su futuro con la fuerza de una utopía, unas ideas que no se podían encontrar en ningún lugar, pero desarrollaban su poder de convicción, como el horizonte ante el que asomarse (o no) frente al espejo. 

Manual del perfecto parlamentario

Continuamos con la serie dedicada a los manuales. En esta ocasión, al Manual del perfecto parlamentario de Mario Merlino. Es una obra de marcado tono humorístico, que fue escrita en una época de cambios políticos. En ese contexto, era destacable la labor divulgativa en favor de una cultura política del parlamentarismo. 

Mario-Jorge Merlino Tornini (1948-2009), Argentina/España, fue un escritor y traductor literario de obras escritas en lengua portuguesa, italiana e inglesa (fundamentalmente). Estudió en la Universidad de Bahía Blanca y tuvo un programa de radio con su amigo César Aria. Tradujo, entre otros autores, a Jorge Amado, Clarice Lispector, Lygia Bojunga Nunes o Ana María Machado. En 2004 recibió el Premio Nacional a la mejor traducción por Auto de los condenados, de António Lobo Antunes.

El Manual de perfecto parlamentarifue escrito por Mario Merlino y publicado por la editorial Altalena en 1981. Serán comentados fragmentos de este libro al estilo de Estrategia Minerva Blog.

“El parlamentario es un profesional raro, se dice, ‘profesional de un trabajo mal organizado’. Es un becario de la cosa pública. Un italiano, Giovanni Sartori, habla de la profesionalización de la política. Desde el punto de vista caracterológico, destaca que el parlamentario (ese político profesional) debe ser apto para maniobrar -manipulative skills- y que este hecho (¡mal intencionado Sartori!) implica oportunismo y falta de principios” (Mario Merlino, Manual del perfecto parlamentario).

El parlamentario debe tener habilidades manipulativas y esto implica oportunismo y falta de principios, según se plantea en este Manual. Cabría distinguir entre la técnica y los objetivos. La buena estrategia implica utilizar los mejores medios para conseguir los objetivos propuestos; se trata de una cuestión meramente de eficacia. Entre estos medios pueden encontrarse tácticas y estratagemas. Las metas de los parlamentarios pueden tener que ver con la justicia o la ética pública. Aunque desde Maquiavelo, suele atribuirse que el objetivo de algunos políticos es principalmente mantenerse en el poder, en lo que se convierten en profesionales.   

“El Parlamento, como institución fundamental de la democracia, y como su etimología lo indica, es el lugar donde se habla y parlotea. No siempre se ha pensado en la importancia de lo que significa instituir el poder del habla. Claro, usted dirá que muchas veces se habla más de la cuenta, o las palabras son pretextos para aplazar soluciones, y lo bueno, si, breve, dos veces bueno, OK. Pero además de eso, el Parlamento, bien entendido, es el espacio propicio para confrontar opiniones, discutir o poner dinámicamente en posiciones diversas sobre problemas también diversos” (Mario Merlino, Manual del perfecto parlamentario).

Carl Schmitt, en la década de 1930, criticó el parlamento democrático como una formalidad vacía, mostrando como alternativa la autocracia. Periódicamente, se critica al parlamento, que es perfectible. Es el lugar para la negociación y el acuerdo. 

Además de la competición por el voto en cada periodo electoral, los parlamentarios tienen la responsabilidad de que su tarea sea cercana a los intereses de los ciudadanos y tengan una rendición de cuentas adecuada. El ideal sería que los debates parlamentarios fueran complementados con mecanismos deliberativos que implicaran, de alguna forma, a la población. 

“No hay manera hoy de que la ideología de la gente de un bando se modifique o se mejore con la del otro. Las controversias de los sectarios son aparatosas y siempre falsas. Cada ideología, que generalmente es un conjunto de lugares comunes, se defiende cerrándose como una ostra” (Pío Baroja).

Del ‘fin de las ideologías’ -Bell- o el ‘fin de la Historia’ -Fukuyama-, se está pasando a una etapa de un aparente renacer de los conflictos, que suelen basarse en temas vinculados a las identidades, más que en explicaciones socioeconómicas. Lo políticamente correcto y la cultura de la cancelación son ejemplos actuales de las políticas de la identidad. Aquí parecen haberse invertido los papeles: la izquierda, en otro tiempo utópica, busca regular, prohibir e intervenir, mientras la derecha, asociada tradicionalmente al conservadurismo, se ha convertido en libertaria y, en cierta forma, anarquista. Parece que la dinámica de sectarismo y la polarización interesa a algunos sectores políticos, pero hace que la ciudadanía, en especial los jóvenes, no se interese por la política.  

“Esto de la izquierda, el centro y las derechas, para qué vamos a engañarnos, surgió como un problema de disposición geométrica y, sin duda, en función de las posibilidades arquitectónicas del espacio parlamentario. La democracia parlamentaria inglesa, la más antigua, da un ejemplo del vínculo entre ubicación física y la opción ideológica. Los tories,partidarios fervientes de la monarquía, ocupaban escaños dispuestos a la derecha del presidente. Los whigs, en cambio, se situaban a la izquierda. Los franceses fijan el “cliché parlamentario” de la situación en la derecha, centro e izquierda, equivalente respectivamente a los girondinos montañeses y jacobinos. Son los tiempos de la Revolución” (Mario Merlino, Manual del perfecto parlamentario).

Izquierda y derecha son términos de geometría parlamentaria, desde sus inicios.  Bobbio, ante la desorientación de la caída del Muro de Berlín, escribió Izquierda y Derecha y centró la distinción en los enfoques diversos frente a la desigualdad. Es decir, si se justifica la redistribución de recursos para los menos aventajados, ya sea por la lotería genética o por circunstancias sociales. Es relevante que haya consensos sociales amplios -y políticos- sobre la implementación de los derechos humanos, especialmente cuando se trata de derechos sociales o derechos de las minorías. Algunos contenidos de la ética pública, en los países europeos, han ido incorporando estos consensos, mientras que, en otras partes del mundo, como China o Estados Unidos, se tienen perspectivas distintas. 

“Crisis: es una palabra que produce temor porque se la usa siempre en sentido negativo: qué crisis, hay crisis económica, social, de ideas, de valores, moral, religiosa y hasta conyugal. 

Un buen parlamentario deberá reivindicar el poder fecundante (con perdón) de las CRISIS. No hay que olvidar que la crisis está unida a la crítica. Poner en crisis significa, fundamentalmente, buscar nuevas formas para resolver problemas, o sea, resolver, si se quiere, las crisis tan abundantes en esta época” (Mario Merlino, Manual del perfecto parlamentario).

En las etapas de crisis se constata la existencia de auténticos líderes. El Parlamento puede ser una instancia donde proveer soluciones frente a las crisis. En el origen de la etimología del término krisis en griego, significaba “decisión”, “juicio” o «punto de inflexión». Las crisis han de verse como oportunidades para mejorar y salir reforzados. Algunos consideran que estamos en una crisis permanente; con más razón, el Parlamento puede ser el lugar idóneo donde buscar soluciones y tomar decisiones en favor del bien común.