Diego de Saavedra Fajardo fue un escritor político, crítico literario, poeta, filósofo y jurista español, que nació en Algezares en 1584 y murió en Madrid en 1648. Recientemente, dediqué un post a comentar su ensayo Empresas políticas, que es una obra monumental con IV volúmenes y 100 empresas, como anuncia el subtítulo. Estos libros reúnen los consejos de quien fue diplomático como profesión sobre cómo ejercer el poder político de la mejor manera.
A continuación, se comentarán fragmentos del volumen II del libro Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas de Diego de Saavedra Fajardo al estilo de Estrategia Minerva Blog.
“Los muy atentos a engrandecerse y fabricar su fortuna son peligrosos en los cargos; porque, si bien algunos la procuran el mérito y la gloria, y estos son siempre acertados ministros, muchos tienen por más seguro fundalla sobre las riquezas, y no guardar el premio y la satisfacción de sus servicios de la mano del príncipe, casi siempre ingrata con el que más merece” (Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas, LIII).
El ánimo de lucro suele afirmarse como motor del sector privado. La explicación de mano invisible del mercado de Adam Smith y la fábula de las abejas de Mandeville, con diversas intensidades y matices, sostienen que, desde los vicios privados, como la avaricia, el lujo, el afán de lucro, la envidia, se llega a consecuencias públicas positivas, como la riqueza, la eficiencia o la libre competencia. No obstante, como sostiene Saavedra Fajardo en este pasaje, no es adecuado que el afán de lucro sea el objetivo de los que tienen responsabilidades en el sector público. La política se legitima de forma que los gobernantes rindan cuentas de su gestión, que ha de caracterizarse por la transparencia, el rigor con el presupuesto público y una adecuada gestión de los conflictos de intereses.
“Pero, aun cuando la necesidad obligare a esto al príncipe, no ha de vivir descuidado y ajeno a los negocios, aunque tenga ministros muy capaces y fieles; porque el cuerpo de los Estados es como los naturales que, faltándole el calor interior del alma, ningunos remedios, ni diligencias bastan a mantenellos o a sustentar que no se corrompan. Alma es el príncipe de su República y para que viva es menester que en alguna manera asista a sus miembros y órganos” (Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas, LVII).
Salvando las debidas distancias contextuales, en estas líneas de Saavedra Fajardo alude, de forma incipiente, a la noción de responsabilidad política. Desde la responsabilidad jurídica, si alguien comete un delito y es condenado por un juez, debe entonces cumplir una sanción, que puede consistir en pena de prisión, multa o inhabilitación de derechos políticos. Desde la responsabilidad política, si alguien ejerce una responsabilidad pública y ha cometido hechos que implican una reprobación grave y le llevan a perder la confianza de quien lo nombró, debe dimitir. La dimisión o cese es la sanción de la responsabilidad política. Además, el gobernante es responsable políticamente si no ha vigilado apropiadamente a los subordinados –culpa in vigilando– o si nombró a alguien y resultó negligente al no darse cuenta de lo manifiestamente inadecuado que era su candidato para el puesto –culpa in eligendo-. Es destacable que la responsabilidad de los gobernantes va más allá de meramente no cometer delitos y, ante casos graves, si se ejerce la responsabilidad política, el mejor camino es dejar el cargo público.
“El vulgo de cuerdas desta arpa del reino es el pueblo. Su naturaleza es monstruosa en todo y desigual a sí misma, inconstante y varia. Se gobierna por las apariencias sin penetrar el fondo. Con el rumor se consulta. Es pobre de medios y consejos, sin saber distinguir lo falso de lo verdadero; inclinado siempre a lo peor. Una misma hora se ve vestida de dos afectos contrarios. Mas se deja llevar dellos que de la razón, más del ímpetu que de la prudencia, más de las sombras que de la verdad” (Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas, LXI).
Existe una tradición elitista en la Historia de las Ideas desde Platón. Algún recelo mostraba Sartori en Homo Videns, sobre la videocracia y cómo el criterio para elegir candidatos en los partidos políticos era fijarse en actores o deportistas porque ya eran famosos, porque aparecían en televisión. Umberto Eco criticaba las redes sociales porque habían dado voz a algunos necios, que antes apenas nadie escuchaba. La clave, en la era digital, es si la manipulación del pueblo por los demagogos sigue incluso más sofisticada, camuflada entre avances tecnológicos.
“Tres cosas se requieren en las resoluciones: prudencia para deliberallas, destreza para disponellas y constancia para acaballas. Vano fuera el trabajo y ardor en sus principios si dejásemos (como suele suceder) inadvertidos los fines. Con ambas áncoras es menester que las asegure la prudencia” (Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas, LXIII).
Este parece un interesante planteamiento para establecer una estrategia. Se pueden advertir dos fuentes de inspiración: Maquiavelo y Aristóteles. Por una parte, en estas líneas de Saavedra Fajardo, se desprende pragmatismo y una adecuación de medios a fines y la relevancia en la elección de estos y aquellos, lo cual está en la línea de algunos escritos de Maquiavelo. Por otra parte, el énfasis en la prudencia, que Aristóteles consideraba virtud de virtudes, que se centraba en la racionalidad práctica y tenía como objetivos los fines de los seres humanos, la felicidad o el florecimiento humano. Las virtudes, según la perspectiva aristotélica, surgen como término medio entre los vicios, uno por defecto y otro por exceso. Una apelación a la moderación como guía para la vida humana.











