Pedro de Rivadeneira: la buena y la mala razón de Estado

Oscar Pérez de la Fuente

Universidad Carlos III de Madrid

https://orcid.org/0000-0002-3708-846X

Abstract

Este texto examina la distinción entre la buena y la mala razón de Estado en el pensamiento de Pedro de Rivadeneira, a partir del comentario de pasajes de su tratado sobre las virtudes del príncipe cristiano. El análisis aborda su crítica a Maquiavelo, centrada en la subordinación de la religión a la conservación del poder y en el empleo de la simulación como instrumento político. Frente a esta concepción, Rivadeneira defiende una razón de Estado fundada en los principios de la religión católica, que deben orientar tanto los fines del gobierno como los medios utilizados para alcanzarlos. Se consideran dos interpretaciones de esta propuesta: una que entiende que únicamente sustituye el objetivo político por uno religioso, manteniendo la lógica instrumental maquiavélica, y otra que reconoce límites morales a la actuación del gobernante. Asimismo, se analiza la prudencia como virtud rectora de la acción política, vinculada con la valoración de las consecuencias y la búsqueda del bien común. Finalmente, se destaca la importancia del consejo de personas sabias, leales e independientes y de una deliberación seria para adoptar decisiones políticas. El texto plantea así la relación entre religión, legitimidad de los medios y virtudes del gobierno en la discusión sobre razón de Estado.

Palabras clave:  razón de Estado, prudencia política, sabiduría política, lealtad

ISSN: 3127-3416

https://doi.org/10.67647/estrategiaminerva.2026.10

Pedro de Rivadeneira nació en Toledo en 1526 y murió en Madrid en 1611. Fue jesuita (SI), teólogo, filósofo, historiador eclesiástico y escritor espiritual. En su vida realizó diversas misiones eclesiásticas, políticas y diplomáticas vinculadas con la Compañía de Jesús. Es conocido por su biografía de Ignacio de Loyola, que “es considerada la obra maestra de la hagiografía renacentista” (Pego Puigbó, 2022).

Rivadeneira también escribió un tratado de teoría política, titulado “Tratado de la religión y virtudes que debe tener el Príncipe cristiano, contra lo que Maquiavelo y políticos de este tiempo enseñan” (1595), con “el que formar al ‘príncipe cristiano’ frente a quienes querrían aplicar la ‘razón de Estado’ esgrimida por Maquiavelo” (Pego Puigbó, 2022).

A continuación, se comentarán pasajes de este tratado de teoría política de Pedro de Rivadeneira siguiendo el estilo de Estrategia Minerva.  

“Nicolás Maquiavelo fue hombre que dio mucho al estudio de la policía y gobierno de la república y de aquella que comúnmente llaman razón de Estado. Escribió algunos libros, en que enseña esta razón de Estado, y forma un príncipe valeroso y magnánimo, y le da los preceptos y avisos que debe guardar para conservar y amplificar sus estados. Pero, como él era hombre impío y sin Dios, así su doctrina (como agua derivada de fuente inficionada) es turbia y ponzoñosa, y propia para atosigar a los que bebieron de ella. Porque, tomando por fundamento que el blanco al que siempre debe mirar el príncipe es la conservación de su Estado, y que para este fin se ha de servir de cualquiera medios, malos o buenos, justos o injustos, que le puedan aprovechar, pone entre estos medios el de nuestra santa religión, y enseña que el príncipe no debe tener más cuenta con ella de lo que conviene a su Estado, y que para conservarlo debe algunas veces mostrarse piadoso aunque no lo sea, y otras abrazar cualquier religión, por desatinada que sea” (Rivadeneira, 1998, 6).

En estas líneas, Rivadeneira critica a Maquiavelo y la noción de razón de Estado. Su crítica parece dirigirse al principio el “fin justifica los medios” atribuido al autor florentino, aunque esta formulación no aparece literalmente en ninguna de sus obras. Rivadeneira sí resalta el aspecto hipócrita: el arte de la simulación y disimulación que todo buen maquiavélico debe desarrollar para el éxito de sus objetivos. El párrafo plantea así el dilema político y ético de la razón de Estado: si el fin es la conservación de Estado ¿cuáles son los medios adecuados y legítimos para alcanzarlo? 

“Pero que esta razón de Estado no es una sola, sino dos: una falsa y aparente, otra sólida y verdadera; una engañosa y diabólica, otra cierta y divina; una que del Estado hace religión, otra que de la religión hace Estado; una enseñada de los políticos y fundada en vana prudencia y en humanos y ruines medios, otra enseñada de Dios, que estriba en el mismo Dios y en los medios que Él, con su paternal providencia, descubre a los príncipes y les da fuerza para usar bien de ellos, como Señor de todos los Estados. Pues lo que en este libro pretendemos tratar es la diferencia que hay entre estas dos razones de Estado, y amonestar a los príncipes cristianos y a los consejeros que tienen cabe sí, y a todos los otros que se precian de hombres de Estado, que se persuadan que Dios sólo funda y los da a quien es servido y los establece, amplifica y defiende a su voluntad, y que la mejor manera de conservarlos es tenerle grato y propicio, guardando su santa ley, y obedeciendo a sus mandamiento respetando a su religión y tomando todos los medios que ella nos da o que no repugnan a lo que ella nos enseña, y que ésta es la verdadera, cierta y segura razón de Estado, y la de Maquiavelo y de los políticos es falsa, incierta y engañosa” (Rivadeneira, 1998, 11-12).

Este es el núcleo del pensamiento de Rivadeneira y su aportación original: la distinción entre la mala y la buena razón de Estado. La primera, que proviene de Maquiavelo, es “falsa, incierta y engañosa”; y la segunda se ajusta a los principios de la religión y la Iglesia católica.  

No obstante, pareciendo un crítico frontal de Maquiavelo, según se puede argumentar, Rivadeneira no lo sería tanto: si el objetivo es la religión, cualquier medio sí estaría justificado. Critica los objetivos, pero la estructura de la razón de Estado maquiavélica quedaría intacta. Según otra interpretación, no todo vale y existen medios ilegítimos, ilegales e inmorales que no se deben utilizar, siendo así esto más coherente con los principios de la religión, que es el objetivo que Rivadeneira defiende. Sin embargo, esta interpretación alternativa diluye la forma habitual de comprender la razón de Estado.  

“Pero la guía y maestra de todas las virtudes morales del príncipe cristiano debe ser la prudencia, que es la que rige y da su tasa y medida a todas las demás” (Rivadeneira, 1998, 13).

Aristóteles consideraba que la prudencia (phronesis) era una virtud entre las virtudes, pues debía guiar la racionalidad práctica de los seres humanos. Habitualmente, se asocia a la moderación frente a los excesos. En política, la prudencia apela a valorar las consecuencias previsibles de las decisiones de los gobernantes; pero desde el prisma del bien común, no del beneficio propio.

“Mas sobre todas las cosas, después de Dios, ayuda al príncipe cristiano el consejo de hombres sabios, fieles y celosos de su servicio y del bien público, los cuales debe tener siempre a su lado, si quiere acertar, y consultar con ellos no las cosas ligeras y fáciles y de que se tiene mucha noticia y experiencia, sino las graves y dificultosas excusas; porque sin este consejo y dirección el príncipe se pondrá en gran peligro de perderse a sí y a sus reinos” (Rivadeneira, 1998, 15).

La sabiduría y la lealtad son virtudes que juegan un papel en política. Es bueno que, a la hora de tomar decisiones, los gobernantes se dejen aconsejar por personas con experiencia, independientes, con criterio propio, más que acudir a aquellos que solo saben elogiar a los que tienen poder. Las decisiones políticas deben ser fruto de deliberaciones serias, prudentes, tomadas en un tiempo razonable.

Bibliografía

Armando Pego Puigbó (2022,) Voz “Pedro de Rivadeneira”, Real Academia de Historia, Historia Hispánica, Disponible:

 https://historia-hispanica.rah.es/biografias/38741-pedro-de-ribadeneira (consultado: 24-10-26).

Rivadeneira, Pedro de (1998), “Tratado de la religión y virtudes que debe tener el príncipe cristiano, contra lo que Maquiavelo y políticos de este tiempo enseñan”, Castillo Vegas, Javier, Marcano Buenaga, Enrique, Peña Echevarría, Javier, Santos López, Modesto (eds.), La razón de Estado en España. Siglos XVI-XVII (Antología de textos), Madrid: Tecnos, pp. 6-20.

François Mitterrand, Elie Wiesel: Memoria a dos voces

Oscar Pérez de la Fuente

Universidad Carlos III de Madrid

https://orcid.org/0000-0002-3708-846X

Abstract

Este artículo analiza fragmentos de Memoria a dos voces (1995), diálogo entre François Mitterrand y Elie Wiesel, desde una perspectiva ética, jurídica y política inspirada en la Estrategia Minerva. El estudio se centra en núcleos temáticos: la relación entre justicia y conciencia moral; el conocimiento y la memoria del Holocausto; la necesidad de contrapoderes en el Estado de Derecho; y los límites éticos del ejercicio del poder. A partir de las respuestas de Mitterrand, se examina la diferencia entre sanciones jurídicas y morales, así como el riesgo de que la ausencia de reflexión crítica favorezca la banalización del mal. También se subraya el valor irreemplazable del testimonio de los supervivientes y la responsabilidad intergeneracional de conservar la memoria histórica frente al negacionismo. En el ámbito institucional, se destaca la función de la separación de poderes, los frenos y contrapesos y los derechos fundamentales como garantías contra los abusos de autoridad. Finalmente, se interpreta la sanción popular como mecanismo de rendición de cuentas y el sentido del deber como exigencia vinculada a la conciencia moral. El diálogo permite conectar experiencia histórica, responsabilidad personal y principios democráticos, ofreciendo una reflexión sobre las condiciones para limitar el poder y preservar la dignidad humana.

Palabras clave: memoria, conciencia moral, Estado de Derecho, Holocausto

ISSN: 3127-3416

https://doi.org/10.67647/estrategiaminerva.2026.09

François Mitterrand nació en Jarnac (Charente), en 1916 y falleció en París en 1996. Dirigente del Partido Socialista francés, fue presidente de la República Francesa entre 1981 y 1995. Obtuvo su licenciatura en Derecho y Ciencias Políticas en París. Movilizado y apresado por los alemanes en 1940, logró escapar después. Participó en la Resistencia desde 1942, aunque no se unió directamente a Charles De Gaulle. Después de que este renunciara, Mitterrand se involucró en la política y fue elegido diputado por el departamento de Nièvre en 1946 (Fernández, Tamaro, 2004).

Elie Wiesel (1928–2016), célebre escritor y defensor de los derechos humanos, fue uno de los supervivientes del Holocausto más reconocidos. Su libro inicial, La noche, relata lo que vivió, siendo adolescente, en Auschwitz y Buchenwald y ha pasado a ser un clásico de la literatura sobre el Holocausto. En 1986 recibió el Premio Nobel de la Paz (United States Holocaust Memorial Museum, 2025).

Mitterrand escribió un libro de memorias en forma de diálogo con Wiesel titulado Memoria a dos voces (1995). A continuación, se comentan algunos fragmentos de esta obra al estilo de Estrategia Minerva.

Elie Wiesel: “¿Qué es para usted la justicia?”

François Mitterrand: “Me gustaría que los comportamientos, los actos generosos, suscitasen admiración y deseos de emulación, y que los actos de crueldad fuesen reconocidos como tales. Ahora bien, no veo en la vida cotidiana ninguna diferencia entre las consecuencias de unos y otros actos. ¿Quizá haya en la conciencia de quien los comete, júbilo en el primer caso, y una cierta tristeza en el segundo, por el sentimiento de haber obrado mal? Es posible. A este sentimiento le damos el nombre de conciencia moral. No todo el mundo la posee, y ni siquiera uno mismo la tiene siempre” (Mitterrand, Wiesel, 1995, 64).

El Derecho tiene sanciones institucionalizadas, como la prisión o la multa, mientras que las sanciones morales tienen que ver con la conciencia individual. Mitterrand constata que los actos crueles no siempre tienen consecuencias visibles; de ahí la importancia de la conciencia moral, cuya ausencia explica, en parte, lo que Arendt llamó  la “banalidad del mal”  que describe cómo las mayores atrocidades pueden ser cometidas por personas corrientes que obedecen a la autoridad y renuncian a pensar por sí (Arendt,. 

Es sorprendente que una figura como Mitterrand diga que no todo el mundo posee conciencia moral y que ni si quiera uno mismo, él incluido, la tiene siempre. El debate interior sobre la corrección de las acciones morales debería ser la senda habitual por la que transiten los seres humanos. 

Elie Wiesel: “¿Tenía usted conocimiento de las torturas, de los experimentos médicos, de las matanzas?”

François Mitterrand: “Oí rumores, muy alejados de la realidad. Asistí, al final de la guerra, a la liberación de los campos de Landsberg y Dachau. El general de Gaulle me envió para acompañar al general Lewis. Y se me quedaron grabados en la retina todos aquellos muertos, muchos de los cuales habían sido quemados con lanzallamas. El relato aclara los hechos, sí, pero lo que uno ha vivido como actor es otra cosa. Usted, por ejemplo, posee una experiencia que no es comunicable” (Mitterrand, Wiesel, 1995, 122).

Una cuestión es qué información había, entre los gobernantes y la población en general, sobre los campos de concentración y exterminio mientras estos funcionaban. Otra cuestión es cómo se ha acreditado lo que allí sucedió, cuestión sobrela que no existe controversia entre los historiadores académicos. En algunos países, como Alemania y España, es delito la negación del Holocausto. Al hilo de la reflexión de Mitterrand, la experiencia directa de la singularidad de este acontecimiento europeo corresponde a una generación de seres humanos, que nos está dejando. Nuestra tarea es mantener viva su memoria y el lema: “nunca más”.

Elie Wiesel: “¿Cree usted que el poder político necesita hoy en día de contrapoderes?”

François Mitterrand: “Absolutamente. Si una sociedad necesita de un poder real, necesita al tiempo de contrapoderes tendentes a limitar, no a destruir, los actos de ese poder. Todo hombre va siempre hasta el límite del poder que tenga, ya sea este legislativo, ejecutivo, judicial o periodístico. Hay, pues, que encontrar celadores, alcanzar un justo equilibrio” (Mitterrand, Wiesel, 1995, 156-157).

El origen del Estado de Derecho está vinculado a poner límites al poder y tiene en la separación de poderes una de ser características clave, como sostuvieron Montesquieu o Locke. Es bueno que el poder tenga “frenos y contrapesos” y que cada poder del Estado sea controlado por los otros. Además, los ciudadanos tienen derechos reconocidos y esto debe ser respetados por las mayorías legislativas. 

Elie Wiesel: “¿Esa conciencia de jefe de Estado impone sus límites?”

François Mitterrand: “Solo conozco dos. La sanción popular y el sentido del deber” (Mitterrand, Wiesel, 1995, 160).

En esta respuesta, Mitterrand alude, en primer lugar, a la rendición de cuentas vertical, que se produce cuando el pueblo se expresa regularmente mediante elecciones competitivas y pluralistas para sancionar o premiar las acciones de un gobernante.  Es una forma habitual de controlar a los servidores públicos. En segundo lugar,  Mitterrand alude al deber. Este enfoque suele asociarse a Immanuel Kant y el deontologismo como perspectiva ética. En mi opinión, el sentido del deber solo puede afirmarse como obligatorio para un individuo si se apoya en la conciencia moral.

Bibliografía

Arendt, Hannah (2013), Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, Barcelona: DeBolsillo.

Fernández, Tomás, Tamaro, Elena (2004) “Biografía de François Mitterrand” [Internet]. Barcelona: Editorial Biografías y Vidas, Disponible en:  

https://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/mitterrand.htm Última visita: 3 de octubre de 2026.

Mitterrand, François, Wiesel, Elie (1995), Memoria a dos voces, Madrid: El País, Aguilar, trad. Juana Salabert.

United States Holocaust Memorial Museum (2025), “Elie Wiesel”, Enciclopedia del Holocausto, Disponible en:

 https://encyclopedia.ushmm.org/content/es/article/elie-wiesel Última visita: 3 de octubre de 2026.

Fernando Alvia de Castro, Verdadera razón de Estado

Oscar Pérez de la Fuente

Universidad Carlos III de Madrid

https://orcid.org/0000-0002-3708-846X

Abstract

Este trabajo analiza la figura de Fernando Alvia de Castro y su tratado Verdadera razón de Estado, situándolo en el contexto del pensamiento político hispánico de los siglos XVI y XVII. A partir del comentario de varios fragmentos de la obra, se examina su posición antimaquiavélica y su vinculación con el tacitismo, corriente que acepta el realismo político inspirado en Tácito, pero trata de compatibilizarlo con la moral cristiana y con los principios del Derecho natural. El texto destaca la tensión entre teoría y práctica en la acción de gobierno, así como la crítica de Alvia de Castro a una concepción del poder orientada exclusivamente a la utilidad o conveniencia del príncipe. Frente al pragmatismo atribuido a Maquiavelo, el autor defiende una razón de Estado fundada en la honestidad, la justicia, la equidad y la religión. La reflexión permite conectar los debates de la Monarquía Hispánica sobre prudencia política, virtud y moralidad con discusiones contemporáneas acerca de la fundamentación ética del poder, el escepticismo moral y los límites normativos de la acción política.

Palabras clave: razón de Estado, antimaquiavelismo, tacitismo, ética política

ISSN: 3127-3416

https://doi.org/10.67647/estrategiaminerva.2026.08

Fernando Alvia de Castro nació en Logroño, La Rioja, en 1572 y murió en Lisboa, Portugal, en 1653. Ocupó diversos cargos en la administración de la Corona hispánica, desarrollados sobre todo en el reino portugués.

Además de su faceta administrativa, Alvia de Castro fue autor de un breve tratado político, Verdadera razón de Estado, en el que adopta una posición antimaquiavélica, aunque atemperada por su formación humanística (Peña Echevarría, n. d.). Perteneció al tacitismo, movimiento que surge en el Renacimiento y cuya fuente de admiración e inspiración es Tácito. Esta corriente entra en diálogo con Maquiavelo y acepta su planteamiento realista de la política, pero busca compaginarlocon la moral (Biblioteca Virtual de La Rioja, n. d.).

A continuación, se comentarán fragmentos de Verdadera razón de Estado, de Fernando Alvia de Castro, al estilo de Estrategia Minerva Blog.

“Dice Jerónimo Franchetta ser disciplina, principio y conocimiento que procede de la enseñanza de otros, de la lectura de los historiadores y escritores políticos, del entendimiento propio, de la experiencia de las cosas del mundo, con el príncipe y sus ministros gobiernen lo que les ofrezca en comodidad y aprovechamiento del mismo príncipe. En lo primero dice verdad, mas no en lo último erró grandemente, pues pone por último fin la comodidad del príncipe, no debiéndolo ser sino el efecto que proceda de lo honesto, de la razón, equidad y justicia” (Alvia de Castro, 1998, 135).

La primera parte de esta reflexión está plenamente justificada, ya que incide en el tema clave de las relaciones entre teoría y práctica en política. Es relevante conocer las fuentes de la ciencia y de la filosofía, así como las posiciones de los expertos, combinadas con las lecciones específicas derivadas de la experiencia y la práctica. La crítica de Alvia de Castro hacia gobernar para la comodidad y el aprovechamiento del príncipe alude a las tentaciones del ejercicio del poder. Que el objetivo de gobierno sea la “comodidad y aprovechamiento” de los gobernantes no parece justificado política ni moralmente, ya que este ha de basarse en la “honestidad, razón, equidad y justicia”.

“Vuelvo a la definición de la materia de Estado y la acabo diciendo que es, en el príncipe cristiano y bueno, un discurso sabio, una disposición y ejecución ajustada a la ley divina y razón natural con que, cuanto alcanza el saber humano, se dispongan las cosas para conseguirse buenos sucesos, pero justos, tocantes al príncipe y sus Estados. Que el prudente, enseña Aristóteles, ha de trazar el fin de las acciones sabiamente” (Alvia de Castro, 1998, 139-140).

Este enfoque sería una manifestación del Derecho natural, como teoría del Derecho, y del monismo flexible, como enfoque de las relaciones entre política y ética. Según esta perspectiva, la moral y la política se solaparían: la política debe ser moral. En la historia de las ideas, resulta controvertido cuáles han de ser los principios o reglas de la moralidad, ética normativa, y cuáles son sus fundamentos, metaética. Como se deduce de este texto de Alvia de Castro, en su época los fundamentos de la moralidad se buscaban en fuentes clásicas, como Aristóteles, o en autores cristianos, como Agustín de Hipona. Precisamente, una influyente lectura política de su obra religiosa Ciudad de Dios dio lugar a la teoría de las “dos espadas”: el cetro, poder civil, debía estar subordinado al báculo, poder religioso. Esta fue la doctrina política imperante en Occidente durante la Edad Media, y existen algunos debates sobre su supervivencia actual en diferentes contextos.

“También la dejo de llamar prudencia porque esta, según Pontano, no es virtud, y si en las consideraciones de Estado falta la razón y la virtud de lo justo, lícito y bueno, errada, falsa y ofensible prudencia será, que el nombre de prudencia también se aplica a vicios y cosas malas” (Alvia de Castro, 1998, 140).

Se contrastan dos modelos de prudencia en términos de racionalidad política. Por una parte, el realismo político de Maquiavelo, que conduce al pragmatismo, según el cual, si el príncipe consigue sus objetivos, los medios que utilice serán siempre alabados. Por otra parte, el enfoque de la verdadera razón de Estado, del que existen varias versiones, pero que suelen coincidir en que sus objetivos han de coincidir con los de la moralidad, en la línea del Derecho natural y el monismo flexible.

“Y, por este punto de la verdadera religión y virtudes morales del principal de mi discurso y de la verdadera materia de Estado, es necesario declarar cuán errada y falsamente hablaron de él algunos malos políticos, y en particular el perverso, impío e ignorante Maquiavelo” (Alvia de Castro, 1998, 147).

Se recoge la interpretación del Maquiavelo maquiavélico, como sinónimo de inmoralidad y contrario a la religión. Existen otras lecturas de esta figura que lo conciben como un patriota desde el enfoque del Maquiavelo republicano. El punto clave es que las teorías de la verdadera razón de Estado critican la perspectiva maquiavélica desde parámetros de moralidad o religión, con algunos matices. Es remarcable que, como señala Abellán en su obra Historia del pensamiento español, la actividad antimaquiavélica va a ser clave en la historia de España y va a constituir posiblemente una de las razones básicas de “disidencia” española con el resto del mundo europeo (Abellán, 1996, 231).

“Dice, pues, que de tal manera tenga el príncipe cristiano en las virtudes que sepa y pueda mudarse y hacer al contrario de ellas; y que por conservar su reino estará obligado a obrar contra la fe, caridad, humanidad y religión lo que le convenga (…) Y, en sustancia, dispone y forja un príncipe hipócrita, falso, disimulador y fingido. Y, aunque la proposición es tan conocidamente errónea, blasfemia y falsa, con todo reprobémosla con razones y doctrina” (Alvia de Castro, 1998, 147).

En la época en que vivió Alvia de Castro, las concepciones sobre los fundamentos de la ética y de la ética normativa estaban fuertemente influidas por referentes de la Antigüedad clásica y por autores cristianos. En Occidente, en la actualidad, han tenido mucha preponderancia posiciones metaéticas que defienden el escepticismo moral, según las cuales no existen valores morales intersubjetivos, lo que puede llevar como consecuencia al todo vale posmoderno. El punto clave es cómo fundamentar la ética para que sea una buena guía para los gobernantes y desde la cual poder juzgar sus acciones.

Bibliografía

Abellán, José Luis (1996), Historia del pensamiento español. De Séneca a nuestros días, Espasa, Madrid.

Alvia de Castro, Fernando (1998), “Verdadera razón de Estado”, en Castillo Vegas, Jesús et al. (eds.), La razón de Estado en España. Siglos XVI-XVII (Antología de textos), Tecnos, Madrid, pp. 131-148.

Peña Echevarría, Javier (n. d.), “Fernando Alvia de Castro”, Real Academia de la Historia, disponible:

https://historia-hispanica.rah.es/biografias/2077-fernando-alvia-de-castro

(consultado: 23-7-26).

“Alvia de Castro, Fernando, 1572-1653”, Biblioteca Virtual de La Rioja. Disponible:

https://bibliotecavirtual.larioja.org/bvrioja/es/consulta_aut/registro.do?id=227

(consultado: 23-7-26).

Václav Havel, Cartas a Olga. Consideraciones desde la prisión

Oscar Pérez de la Fuente

Universidad Carlos III de Madrid

https://orcid.org/0000-0002-3708-846X

Abstract

Este texto ofrece una lectura filosófica y ética de Cartas a Olga. Consideraciones desde la prisión, obra escrita por Václav Havel durante su encarcelamiento en la Checoslovaquia comunista. A partir del contexto histórico de la represión contra los disidentes del VONS y del movimiento Carta 77, se analiza cómo Havel convierte la experiencia carcelaria en una reflexión sobre la dignidad humana, la responsabilidad moral y la búsqueda de sentido. El comentario destaca la voluntad del autor de no dejarse dominar por el resentimiento ni por la clausura interior, así como su concepción de la fe como apertura, examen permanente y búsqueda desmitificadora. Asimismo, se vincula su pensamiento con la tradición socrática de la vida examinada y con una ética de las virtudes capaz de responder a la crisis contemporánea de identidad y responsabilidad. El texto subraya que, más allá de sus raíces cristianas, la reflexión de Havel posee un alcance humanista y secular, especialmente relevante en tiempos de polarización, relativismo moral y desorientación cultural. Su testimonio muestra la posibilidad de preservar la coherencia ética incluso en circunstancias extremas.

Palabras clave: prisión, fe, responsabilidad, ética de las virtudes, espistemología de las virtudes

ISSN: 3127-3416

https://doi.org/10.67647/estrategiaminerva.2026.07

En la madrugada del 29 de mayo de 1979, la policía de Praga llevó a cabo una de sus frecuentes redadas; en esa ocasión detuvo a quince disidentes miembros del VONS -literalmente, Comité para la Defensa de los Injustamente Perseguidos-, organización ilegal surgida del también ilegal movimiento en favor de los derechos humanos conocido como Carta 77.

El tribunal consideró que los detenidos eran culpables de subversión contra la República checoslovaca, gobernada entonces bajo un régimen comunista. Václav Havel fue condenado a cuatro años y medio de cárcel en el correccional de primera categoría (Zgustová, 1990, p. 5).

Como se explica en la introducción del libro de Václav Havel, Cartas a Olga. Consideraciones desde la prisión, la relación epistolar con Olga era el único modo de expresarse por escrito que le fue permitido durante su periodo en prisión. La censura y las reglamentaciones eran muy estrictas (Zgustová, 1990, p. 8). Olga era su mujer, y solo estaban permitidas las cartas a la familia; entre otras cosas, estaban prohibidas las expresiones irónicas o las bromas. En esas difíciles circunstancias, la prosa de Havel, escritor de profesión, transita por diversos estilos y aborda temas como el sentido de la vida o la crisis de valores con gran profundidad. De sus textos cabe resaltar su enfoque a contracorriente, sostenido por una gran convicción; su notable coherencia entre acciones y palabras, y su sólido sentido ético. Este enfoque ha llevado a que su pensamiento sea calificado como un “misticismo subversive” (Galaxia Gutenberg).

A continuación, se comentarán fragmentos del libro Cartas a Olga. Consideraciones desde la prisión (1990), de Václav Havel, al estilo de Estrategia Minerva.

“Me he dado cuenta de que las personas sensibles corren el peligro, durante una larga estancia en la cárcel, de volverse amargadas, rencorosas, cerradas, resignadas y egoístas. Uno de mis objetivos principales es no sucumbir a este peligro. Quiero mantenerme abierto al mundo, no cerrarme en mi introversión, mantener mi interés y mi amor por los demás. Opino distintas cosas sobre distintas personas, pero no puedo decir que haya nadie en el mundo a quien yo odie. A ese respecto no quiero cambiar” (Havel, 1990, pp. 61-62).

Un enfoque parecido adoptó Nelson Mandela, quien también estuvo en prisión y posteriormente fue presidente de su país, gobernando, como Havel, desde una experiencia transformada en aprendizaje positivo. Es demasiado humano caer en el resentimiento y fomentar una actitud vengativa, pero la grandeza en situaciones vitales opresivas consiste en impedir que estas cambien la propia filosofía vital y la relación con los demás. Esta grandeza resulta especialmente encomiable en tiempos de polarización.

“Ya te dije lo que significa la fe para mí: es un estado mental, un estado en que uno se mantiene abierto y activo, en el que no cesa de plantearse una pregunta tras otra y tiene la necesidad de «experimentar el mundo» una y otra vez de la manera más directa posible, por lo que este no entra dentro de mí desde algún objeto concreto exterior. Para mí, la continuidad y la perseverancia no surgen de la fijación en una «convicción» rígida, sino más bien de un incesante proceso de búsqueda, de desmitificación, de penetración bajo la superficie de los fenómenos, independientemente de una metodología prefabricada e inmutable” (Havel, 1990, p. 155).

Es interesante esta concepción de la fe como algo dinámico, desmitificador y en constante búsqueda. Esto podría recordar a la célebre expresión de Sócrates cuando afirma, en el diálogo platónico Apología, que «una vida sin examen no tiene objeto vivirla para el hombre» (Platón, 1981, p. 180; 38a). Se aprende de la experiencia y, especialmente, de los errores, y el continuo reexamen resulta beneficioso para mejorar. A la perspectiva de las cosas, que da sentido al conjunto, se suele llegar con el paso del tiempo.

“La búsqueda de sentido de la vida es, pues, una búsqueda del horizonte absoluto; se trata de una intuición inconsciente, de una experiencia espontánea y de fe. Es como si nos estuviéramos esforzando por conseguir algo elevado, algo que está fuera de nuestro alcance, por encima de nosotros, algo firme que queremos poseer para que nos sirva de apoyo y parece que lo logremos. Sin embargo, se trata de una sensación engañosa y paradójica: sabemos que hemos de seguir apoyándonos si no queremos caer, pero, al mismo tiempo, no solo ignoramos -y siempre será así- en qué nos estamos apoyando, sino que nunca podremos estar seguros de que realmente nos estamos apoyando; no hay manera de comprobarlo y nosotros no tenemos más remedio que confiar en nuestra fe” (Havel, 1990, pp. 203-204).

Es curioso que un disidente político se dedique a escribir sobre metafísica a su mujer para sortear la censura totalitaria. Havel habla del sentido de la vida y del fundamento de la fe, señalando el eterno problema de la condición humana, ya que existen nociones metafísicas que carecen de verificación a través de los sentidos. El autor hace referencia a sus creencias cristianas en el texto, pero su noción de fe y del sentido de la vida va más allá de un credo religioso y contiene un mensaje humanista que alguien secular podría adoptar. El sentido de la vida, basado en la fe como vida autoexaminada, es un estado que guía a los seres humanos, aunque, en última instancia, su fundamento no sea empíricamente verificable. Y, precisamente, de ahí surge la fe.

“Vivimos en una edad que se caracteriza por el general distanciamiento del ser: nuestra civilización fundada en un grandioso florecimiento de la ciencia y la tecnología, aquellos grandes guías intelectuales de la conquista del mundo al precio de la pérdida del contacto con el ser, transforma al hombre, su orgulloso creador, en esclavo de sus necesidades consumistas, lo desintegra en funciones aisladas, lo disuelve en su ser-ahí y así le priva no solo de su integridad humana y de su autonomía, sino también de cualquier influencia sobre su «fuerza de inercia». La crisis del mundo actual es, evidentemente, una crisis de la responsabilidad humana (tanto de la responsabilidad «hacia» como «ante») y, por tanto, una crisis de la identidad humana” (Havel, 1990, p. 317).

Vivimos tiempos de gran desorientación: décadas en las que el todo vale posmoderno y el relativismo moral, en todas sus manifestaciones, han tenido gran auge. En este texto de Havel se unen dos nociones clave para la humanidad: identidad y responsabilidad. En esta tesitura, se puede poner el énfasis en un giro hacia las virtudes y los vicios de los agentes cuando actúan -ámbito propio de la moral- y cuando conocen -de lo que se ocupa la epistemología-. A partir de este giro aretaico, si los seres humanos practican hábitos y disposiciones morales y epistémicas, que se denominan virtudes, y evitan los vicios morales y epistémicos, definirán su identidad y serán responsables de sus creencias y acciones.

Bibliografía

Galaxia Gutenberg (s. f.), “Václav Havel. Cartas a Olga” [en línea]. Disponible en: https://www.galaxiagutenberg.com/producto/cartas-a-olga/ [Consulta: 20 de junio de 2026].

Havel, Václav (1990), Cartas a Olga. Consideraciones desde la prisión, Círculo de Lectores, Barcelona, trad. Monika Zgustová.

Platón (1981), “Apología”, en Platón, Diálogos, vol. I, Gredos, Madrid, trad. J. Calonge Ruiz, pp. 137-186.

Zgustová, Monika (1990), “Introducción”, en Havel, Václav, Cartas a Olga. Consideraciones desde la prisión, Círculo de Lectores, Barcelona, trad. Monika Zgustová, pp. 5-10.

Antonio Pérez, el arte de gobernar

Oscar Pérez de la Fuente

Universidad Carlos III de Madrid

https://orcid.org/0000-0002-3708-846X

Abstract

Este trabajo analiza la figura de Antonio Pérez y su pensamiento político a partir de varios pasajes de Las obras y relaciones de Antonio Pérez, incluidos en El arte de gobernar. Antología de textos filosófico-políticos siglos XVI-XVII. Tras una breve contextualización biográfica, marcada por su ascenso en la corte de Felipe II, su implicación en el caso Escobedo y su posterior caída y exilio, el texto examina algunas de sus reflexiones sobre el ejercicio del poder, la legitimidad monárquica y la prudencia en el gobierno. A través de sus advertimientos, Antonio Pérez critica los abusos del poder absoluto y defiende una concepción limitada y responsable de la autoridad, vinculada al prestigio de las instituciones y al favor del pueblo. Asimismo, se subraya la relación entre teoría y práctica política, así como la relevancia de las virtudes personales de los gobernantes frente al mero cálculo estratégico. Finalmente, el comentario conecta estas ideas con debates contemporáneos sobre liderazgo, populismo, comunicación política y búsqueda del bien común, mostrando la vigencia de estas reflexiones en el análisis actual de la política y la gobernanza.

Palabras clave: arte de gobernar, legitimidad en ejercicio, spin doctors, demagogia, bien común

ISSN: 3127-3416

https://doi.org/10.67647/estrategiaminerva.2026.06

Antonio Pérez del Hierro nació en 1540 en Madrid y murió en 1611 en París, Francia. Fue hijo de Gonzalo Pérez, que fue secretario de Estado de Felipe II, y probablemente de Juana Escobar y Tobar. Cuando esta engendró a Antonio, su padre debía ser ya clérigo y la madre, una mujer casada. Algunos consideran, por tanto, que fue un hijo ilegítimo y sacrílego. 

Cuando murió su padre en 1556, pasó a ocupar su lugar en la secretaría real, primero de forma interina, siendo confirmado en la misma en 1567. Su declive político tuvo que ver con la instigación al asesinato en 1578 de Juan de Escobedo, quien era secretario de don Juan de Austria, hijo natural de Carlos I. Los entresijos cortesanos, dobles juegos y secretos inconfesables asociados a este acontecimiento supusieron un lento ocaso para Antonio Pérez, quien, además, fue perseguido por el Tribunal de la Inquisición y acabó sus días exiliado en París.  

A continuación, se comentarán pasajes de algunas cartas escritas por Antonio Pérez de su obra “Las obras y relaciones de Antonio Pérez”, recogidas por J. A. Santos Herrán y M. Santos López en el libro titulado El arte de gobernar. Antología de textos filosófico-políticos siglos XVI-XVII (2008), al estilo de Estrategia Minerva.

“Es de un grave consejero, que dijo al rey don Felipe II, no menos sobre diversos golpes que le iba dando en diversas ocasiones, viendo que le iban encaminando a la libertad del poder absoluto. Señor, tened quedo, templaos, reconoced a Dios en la tierra como en el cielo, que no se canse de las monarquías (suave gobierno, si suavemente usan de él) y las baraje todas picado del abuso del poder humano” (Pérez, 2008, 51).

Estas líneas pueden interpretarse como evocando los temas clásicos del poder absoluto y los roles de las autoridades de los poderes civil y divino, en el contexto de la legitimidad de origen –“¿cómo se llegó al poder?”- y la legitimidad en ejercicio –“¿cómo se ejerce ese poder?”-. La gran lección de Antonio Pérez es que el poder humano es limitado y se ha de ejercer sin cometer abusos. La legitimidad de las monarquías -“suave gobierno”- proviene de que su poder se ejerza desde la ejemplaridad e, incluso, el carisma y fomentando el prestigio de las instituciones.

“Lo que dije en el X Advertimiento es que deberían tener los príncipes algún personaje de buen natural, de prudencia, de noticias de reinos y reyes, amado en general, a quien en particular cometiesen el cuidado de los mal contentos” (Pérez, 2008, 51).

La teoría y la práctica de la política han estado entrelazadas de diversas formas. Actualmente, los spin doctors o asesores de comunicación política, parecen dictar las instrucciones a los políticos sobre lo que les conviene hacer o decir para el mayor rédito electoral. Desde el precedente de Maquiavelo, se afirma que, si se obtienen buenos resultados, los medios utilizados serán siempre alabados. No obstante, desde otras posiciones se rechaza este pragmatismo político y se aboga por que es deseable una política desde convicciones morales.  

“Pues que si este cuidado cae en persona, que tenga la gracia del cielo con las gentes, que es una de las calidades que dije arriba; no hay antídoto tan general ni tan natural contra venenos de la vida humana, como esta parte contra los venenos de la conservación de los reinos y reyes. Dije gracia del cielo y natural, porque no la pueden dar ni quitar los príncipes que es don de arriba, aunque puedan dar el respeto del pueblo, que resulta de su favor. Bien se ve al ojo cada día la experiencia de esto. No basta toda la autoridad que un rey da a un ministro, no solo para que sea amado, pero para que deje de ser odiado; como ni los disfavores, ni las persecuciones abiertas para que el que tiene la gracia natural de las gentes no sea amado y estimado” (Pérez, 2008, 52).

En estas líneas, se alude al favor del pueblo como una cualidad natural de determinadas personas, más allá de la autoridad del rey. La conservación del reino, el objetivo clave de la política, dependería de algunas cualidades personales, que podrían denominarse virtudes, de los gobernantes que, así, atraen el favor del pueblo. Sin embargo, desde el origen de la democracia en la polis de Atenas de la Antigüedad clásica, cabe advertir del peligro de aquellos que manipulan al pueblo por sus intereses espurios. Estos demagogos tienen renovada actualidad en forma de diversos populismos.

“Y concluye esta parte con un ejemplo natural, que nunca vi ni leí de un león ni de otros animales fieros haberse humillado a una persona por pasto que les diese, que pasto y aun hierba y heno son buenas palabras de ministros y aire que parece que refresca un poco al sediento, pero no le mata la sed, y por haberles quitado una gran espina, por haberles librado de un gran dolor o peligros he leído milagros de la naturaleza y muy naturales al natural de su nobleza, que por tales méritos señale con el premio” (Pérez, 2008, 53).

Se ha reflexionado sobre el valor de las buenas palabras y el alcance de las acciones en política. Este pasaje de Antonio Pérez permite reflexionar, por un lado, sobre el habitual enfoque de políticas cortoplacistas, fomentadas para conseguir impacto en los medios o buenas perspectivas en las encuestas electorales, y, por otro lado, políticas que aborden graves problemas del país, buscando soluciones que conciten un consenso, más allá de los ciclos electorales. La democracia se reforzaría si los políticos actuasen pensando más en el bien común, aunque eso pudiera perjudicar sus intereses partidistas. 

Bibliografía

Pérez, Antonio (2008), “Las obras y relaciones de Antonio Pérez” en Santos Herrán, J.A., Santos López, M. (eds.), El arte de gobernar. Antología de textos filosófico-políticos siglos XVI-XVII, Barcelona: Anthropos, pp. 44-57.

Escudero López, José (n.d.), “Antonio Pérez”, Real Academia de Historia, disponible:

https://historia-hispanica.rah.es/biografias/35285-antonio-perez (última visita 30-5-26).

Václav Havel, la responsabilidad como destino

Oscar Pérez de la Fuente

Universidad Carlos III de Madrid

https://orcid.org/0000-0002-3708-846X

Resumen

Václav Havel (1936–2011), dramaturgo y disidente checo, encarna la unión entre pensamiento moral y acción política frente al comunismo en Checoslovaquia. Tras apoyar la Primavera de Praga, sufrió censura y prisión, y se convirtió en símbolo de la lucha por las libertades. Con el debilitamiento del bloque soviético, participó en la creación del Foro Cívico y lideró la Revolución de Terciopelo (1989), que desmanteló pacíficamente la dictadura e inició la transición democrática, culminando con su elección como presidente. A partir de pasajes de La responsabilidad como destino (1991), el texto analiza el totalitarismo como un poder burocrático e ideológico que invade la vida privada, sustituye la verdad por ficción y produce miedo y autocensura. Havel propone una “política antipolítica”, entendida como servicio a la verdad y a los demás. En ese contexto, la disidencia se vuelve un imperativo ético: denunciar la opresión, aunque sea una tarea solitaria.

Palabras clave: totalitarismo, disidencia, libertad, responsabilidad

ISSN: 3127-3416

https://doi.org/10.67647/estrategiaminerva.2026.05

Václav Havel, un político e intelectual checo, fue el último presidente de la República Checoslovaca y el primero de la República Checa. Nació en Praga en 1936 y falleció allí mismo en 2011. Asistió a la Academia de Artes de Praga para estudiar Teatro y tuvo una destacada trayectoria como dramaturgo.

Su oposición al gobierno comunista de Checoslovaquia lo condujo a la acción después de haber sido un escritor. Como líder del Club de Escritores Independientes, respaldó la «Primavera de Praga» (1968), lo que dio como resultado su posterior censura para publicar sus libros. Se convirtió en un emblema de la lucha por las libertades y estuvo preso durante cinco años. En 1989, Havel tomó parte en la creación del Foro Cívico, que fue el espacio donde se agrupó la mayoría de la oposición, después de que las reformas de Gorbachov en la Unión Soviética debilitaran a la dictadura comunista en Checoslovaquia. Lideró la conocida como «Revolución de Terciopelo», que tuvo lugar en ese año y, con el respaldo de una movilización popular masiva, logró desmantelar la dictadura sin derramamiento de sangre e implantar un sistema democrático en Checoslovaquia. Havel fue elegido presidente.

A continuación, se comentarán pasajes de la obra La responsabilidad como destino (1991) de Václav Havel, donde se recogen diversas cartas de su etapa como disidente, al estilo de Estrategia Minerva. 

“Es un gobierno totalitario de un poder impersonal, burocrático, anónimamente tumefacto, aún no inconsciente, mas ya operando fuera de toda conciencia; un poder basado en la omnipresencia de la ficción ideológica, que es capaz de motivar todo sin tener que recurrir por lo menos una vez a la verdad; el poder como universo de control, de represión y de miedo; el poder que estatiza y, por lo tanto, inmuniza el pensar, la moral y la vida privada. El poder que hace mucho tiempo ha dejado de representar la causa de un grupo de gobernantes arbitrarios ocupando y absorbiendo a todos, para que al final todos participen en él de alguna manera, aunque eso fuese solo por su silencio; el poder que en realidad no pertenece a nadie, puesto que solo él se ha adueñado de todos” (Havel, 1991, 75-76).

Estas palabras de Havel reflejan bien puntos clave del totalitarismo y su uso del poder en la vida de los seres humanos. Como las palabras y los discursos dejan de tener alguna conexión con la realidad concreta de los individuos, que están sometidos a diversas formas de control sobre sus acciones públicas y privadas e, incluso, sus ideas. Bajo una máscara burocrática e impersonal, fundamentada en una ficción ideológica, se cercena la libertad de los individuos. 

“Soy partidario de “una política antipolítica”. Es decir, de una política que no equivalga a una tecnología del poder y una manipulación con él como una forma de dirección cibernética de los hombres o como un arte de finalidades concretas, prácticas o intrigas, sino de la política como una de las formas de buscar y conquistar el sentido de la vida; cómo protegerlo y cómo servirle; una política como moralidad practicada, como un servicio a la verdad; como preocupaciones por nuestros prójimos, preocupaciones auténticamente humanas, que se rigen por medidas humanas. Es una forma un poco, muy poco práctica en el mundo de hoy y difícilmente aplicable a la vida cotidiana. No obstante, yo no conozco otra alternativa mejor” (Havel, 1991, 85-86).

Este texto está escrito en 1984; aún no había caído el Muro de Berlín. De este acontecimiento histórico se pueden extraer varias lecturas.  Algunos podrían ver un antecedente del experimento de la antipolítica en Italia con el movimiento 5 Estrellas o un precedente para algunas posiciones populistas, tan en boga hoy en día. Sería bueno contextualizar estas palabras de Havel, como que la búsqueda de alternativas al andamiaje conceptual soviético debe tener ineludiblemente dimensiones humanas, vinculadas con una moralidad practicada y una noción de verdad. Aunque este enfoque parece que dista de la política del día a día y suena algo utópico, como Havel, “no conozco otra alternativa mejor”.

“No me atrevo a comentar las relaciones de todo el bloque soviético. Mas creo que puedo señalar sobre el ciudadano checoslovaco, por lo menos, que su mundo se caracteriza por la permanente tensión entre la omnipotencia “de ellos” y la impotencia de él.

Puesto que este ciudadano sabe que “ellos” lo pueden todo: confiscarle el pasaporte, despedirle del trabajo, ordenarle mudarse de un lugar a otro, encargarle la recolección de firmas contra los Pershing, no permitirle estudiar, privarle de su carnet de conducir, interceptar su teléfono y leer su correspondencia, construir bajo sus ventanas una fábrica que produce principalmente dióxido de azufre, ensuciarle increíblemente la leche con sustancias químicas, detenerle solo por estar en un concierto de rock, encarecer arbitrariamente y en cualquier momento cualquier cosa, rechazar sin explicación cualquier petición humilde suya, ordenarle qué debe leer en primer lugar, por qué se tiene que manifestar, qué tiene que firmar, cuántos metros cuadrados puede tener su piso, con quién puede estar en contacto y con quién no” (Havel 1991, 105). 

En este párrafo, Havel condensa cómo puede manifestarse el poder totalitario en la vida de los seres humanos, que por definición es un poder sin límites. Está de actualidad saber distinguir entre Estado de Derecho, Estado autoritario y Estado totalitario. Para algunos, en determinados contextos, se produce una deriva autoritaria que pone en peligro los avances del Estado de Derecho. Sin embargo, el totalitarismo va más allá: niega derechos, p. ej., civiles y políticos, persigue a los disidentes y censura las voces críticas. 

“Sabemos que el disidente es un poco quijote por la misma esencia de su causa: escribe sus análisis críticos y demanda las libertades y los derechos solo, y solo -con su pluma en la mano solamente-, cara al poder gigante del Estado y de su policía, escribe, clama, grita, pide, invoca la ley; y sabe que tarde o temprano será encarcelado todo ello” (Havel, 1991, 130).

Esa es la responsabilidad como destino para Havel: si se vive bajo un régimen totalitario, surge lo que Muguerza denominó el imperativo de la disidencia.  Lo cual implica denunciar y luchar, en la medida de las posibilidades de cada cual, contra una situación de opresión, de injusticia y de violación de los derechos humanos. Si esta tarea es, a veces, solitaria y poco reconocida, no debe hacer perder de vista que los cambios históricos precisan de arriesgados precursores.

Bibliografía

Havel, Václav (1991), La responsabilidad como destino, Madrid: El País/Aguilar, trad. Jana Novotná.

Fernández, Tomás, Tamaro, Elena (2004), «Biografía de Václav Havel», Editorial Biografías y Vidas, disponible en https://www.biografiasyvidas.com/biografia/h/havel.htm [consulta: 1 de mayo 2026].

Francisco de Quevedo, consejos sobre política y gobierno

Oscar Pérez de la Fuente

Universidad Carlos III de Madrid

https://orcid.org/0000-0002-3708-846X

Resumen

El texto presenta a Francisco de Quevedo (1580–1645) como figura central del Barroco español y recuerda que, además de su fama literaria, desarrolló una vertiente política menos conocida. A partir de pasajes de Política de Dios y gobierno de Cristo, se destacan consejos sobre el ejercicio del poder y las virtudes del gobernante. Quevedo advierte contra el ministro ambicioso que se cree igual o superior al rey: la envidia y la codicia lo convierten en un servidor desleal y potencial tirano, por lo que la responsabilidad debe ejercerse con probidad y fidelidad. También sostiene que reinar es una tarea exigente: la vida pública requiere trabajo constante y rechaza la ociosidad, analogía que el autor vincula con la vocación académica entendida como dedicación plena. Una idea clave es la “obediencia” como primera virtud del rey, entendida no como humillación sino como sometimiento a la razón, la piedad y las leyes; quien obedece esos criterios gobierna mejor que quien manda sin límites. El ejemplo de Alfonso de Aragón ilustra la paciencia y la disposición a no exigir obediencia cuando lo ordenado no sea justo, lo que conecta con debates clásicos sobre autoridad, validez y justicia de las normas.

Palabras clave: Filosofía, lealtad, obediencia, ociosidad

ISSN: 3127-3416

https://doi.org/10.67647/estrategiaminerva.2026.04

Francisco de Quevedo y Villegas nació en Madrid en 1580 y falleció en Villanueva de los Infantes, Ciudad Real, en el año 1645. Se destacó como noble, político y uno de los autores más relevantes del período barroco en España. Se formó en Teología en la Universidad de Valladolid, institución en la que se volvió un poeta de gran valía y escribió contra su contemporáneo Luis de Góngora. Cultivó todos los géneros literarios, pero sobresalió principalmente por su gran maestría en el dominio del lenguaje, incluso de forma muy irónica

La faceta política de Francisco de Quevedo es bastante desconocida para el gran público. A continuación, se comentarán pasajes de su obra Política de Dios y gobierno de Cristo, sacada de la Sagrada Escritura para acierto del Rey y reino en sus acciones (1986) al estilo de Estrategia Minerva.

“No es criado, ni ministro del Rey, el que afecta a la grandeza de tal manera, que no sólo es igual a su rey, antes superior; este es envidioso de la corona; émulo del poder; tirano, criado a los pechos del favor, y alimentado, y crecido por la soberbia del desconocimiento y la codicia” (Quevedo y Villegas, 1986, 55).

La envidia es mala consejera. En este caso, el ministro ansía llevar la corona y actúa con doblez y deslealtad. Cada día tiene su afán y es bueno saber ejercer la responsabilidad que corresponda en cada momento, con diligencia, probidad y fidelidad.  Las posiciones son un aprendizaje para el día de mañana. 

 Se suele decir “no sirvas a quien ha servido”. Es una frase atribuida a Antonio Cánovas del Castillo y lleva a una cierta noción de elitismo, donde solo los mismos deben poder tener posiciones de relevancia. En mi opinión, precisamente porque se ha servido, se puede dar un buen ejemplo de cómo se debe tratar a alguien subordinado. 

“Que el reinar es tarea; que los centrales piden más sudor que los arados, y sudor teñido de las venas; que la corona es peso molesto, que fatiga los hombros del alma, primero que las fuerzas del cuerpo; que los palacios para el príncipe ocioso son sepulcros de una vida muerta, y para el que atiende son patíbulo de una muerte viva, lo afirman las gloriosas memorias de aquellos esclarecidos príncipes que no mancharon sus recordaciones, contando entre su edad coronada alguna hora sin trabajo” (Quevedo y Villegas, 1986, 144-154). 

Aquellos que se dedican a la vida pública deben ocupar sus días en trabajar y no en ser ociosos. Esto me recuerda la historia que escuché en la Universidad de Oxford sobre el profesorado concebido como un sacerdocio, donde la vida académica requiere una vocación y dedicación total, que se muestra en la influencia personal y formativa en los estudiantes, que va más allá de impartir las clases.  De nuevo, se plantea cuáles deben ser las virtudes de los profesores y cuáles deben ser las virtudes de los gobernantes. 

“La primera virtud de un rey es la obediencia; ella, como sabedora de lo que vale la templanza y moderación, dispone con suavidad al mandar en el sumo poder. No es la obediencia mortificación de los monarcas, que notablemente reconocen las grandes almas vasallaje a la razón, a la piedad y a las leyes. Quien a estas obedece, bien manda, y quien manda sin haberlas obedecido, antes martiriza que gobierna” (Quevedo y Villegas, 1986, 162-163).

Esta es una reflexión de Filosofía política que va contra la noción del poder ilimitado. Suena paradójico aconsejar al rey —el soberano— la virtud de la obediencia, pero Quevedo lo convierte en razonable. En primer lugar, apelando a la templanza y la moderación, virtudes que ya fueron destacadas por Aristóteles. Y, en segundo lugar, poniendo como guía a la razón, la piedad y las leyes. 

Que los gobernantes obedezcan las leyes es un principio básico del Estado de Derecho. Que sean racionales es deseable, ya que difícilmente se aceptaría ser regido por alguien como Nerón. Que sean piadosos sería encomiable, ya que la situación de los que peor están sería tenida en cuenta.

“El grande y magnánimo rey don Alfonso de Aragón (a quien todas las naciones llaman por excelencia el Sabio

) tuvo tan docta e invencible paciencia, que no solo sufrió que se le atraviesen, como se vio en el soldado que en público en Nápoles le detuvo con insolencia; mas no contento con perdonarlos, premió a los que de él hablaban mal; y no consintió que en su presencia se dijesen de otros, como sucedió con los que notaron a Nicolo Pichinino de bajo nacimiento. No solo no rehusaba que no le obedeciesen, antes mandaba a todos sus consejos que no le obedeciesen en lo que ordenase contra razón; y a los ministros que dependían de estos superiores mandaba que no los obedeciesen en lo que no fuese justo” (Quevedo y Villegas, 1986, 195-196).

Esto me recuerda el dilema de Eutifrón, que ya planteó Platón. Existe una versión con Dios, que sostendría: “¿Es bueno lo bueno porque Dios lo ordena, o Dios lo ordena porque es bueno?”

Existe otra formulación de este dilema con la noción de soberanía que podría ser: “Una norma es válida porque la autoridad soberana la dicta —Hobbes, Austin—, o la autoridad la dicta porque es justa —Tomás de Aquino—. “

El rey Alfonso de Aragón pedía que no le obedecieran en lo que no fuera racional, ni justo. Parece, entonces, que la obediencia puede comprender más criterios para tener en cuenta más allá de la validez jurídica. Existen bibliotecas enteras debatiendo estos temas de interés para la Filosofía del Derecho. Suelen darse enfoques formalistas o materiales para resolver este dilema. 

Bibliografía

Quevedo y Villegas, Franciso de (1986), Política de Dios y gobierno de Cristo sacad de la Sagrada Escritura para acierto de rey y reino en sus acciones, Swan, Real Sitio de Lorenzo del Escorial. 

Voz “Francisco de Quevedo” (2026), Planeta de libros. Disponible en: https://www.planetadelibros.com/autor/francisco-de-quevedo/000001378 (consulta: 1 de mayo 2026)

Nelson Mandela, vida, amor y coraje

Oscar Pérez de la Fuente

Universidad Carlos III de Madrid

https://orcid.org/0000-0002-3708-846X

Resumen

El texto presenta a Nelson Rolihlahla Mandela (1918–2013) como líder clave en la lucha contra el apartheid y artífice, tras 27 años de prisión, del primer gobierno sudafricano elegido democráticamente y respetuoso con la igualdad racial (1994–1999). Se subraya el papel decisivo de sus negociaciones con F. W. de Klerk a comienzos de los años noventa para desmantelar la segregación y favorecer una transición pacífica, reconocimiento que culminó con el Premio Nobel de la Paz de 1993. A partir de pasajes del libro de Richard Stengel, se analiza cómo la experiencia carcelaria moldeó su carácter: la ausencia de control externo le obligó a disciplinarse y a moderar sus reacciones, consolidando virtudes como prudencia y templanza. El coraje, en su visión, no es innato, sino una elección que se demuestra en decisiones que tensionan el propio bienestar. También se destaca un liderazgo que combina simbolismo y trabajo en equipo: Mandela entiende que un objetivo colectivo exige empoderar a otros, delegar y compartir la responsabilidad. Por último, se lo describe como un hombre de un principio irrenunciable —igualdad de derechos— y de gran pragmatismo táctico, conciliando ética de la convicción con ética de la responsabilidad.

Palabras clave: coraje, ética de la convicción, ética de la responsabilidad, liderazgo, moderación prudencia, trabajar en equipo

ISSN: 3127-3416

https://doi.org/10.67647/estrategiaminerva.2026.03

Nelson Rolihlahla Mandela nació en Mvezo, Sudáfrica, en 1918, y murió en Johannesburgo en 2013. Activista y político sudafricano que lideró los movimientos contra el apartheid y que, tras una larga lucha y 27 años de cárcel, presidió en 1994, hasta 1999, el primer gobierno sudafricano respetuoso con la igualdad racial, lo que afectaba a la mayoría de la población negra.

Sus negociaciones a principios de la década de 1990 con el presidente sudafricano F. W. de Klerk contribuyeron a poner fin al sistema de segregación racial del apartheid en el país y dieron paso a una transición pacífica hacia el gobierno de la mayoría. Mandela y De Klerk recibieron conjuntamente el Premio Nobel de la Paz en 1993 por sus esfuerzos.

En la serie de posts dedicada al liderazgo, a continuación, se analizarán pasajes del libro de Richard Stengel titulado Mandela’s Way. Fifteen Lessons on Life, Love, and Courage (2009), el estilo de Estrategia Minerva Blog.

“¿Cómo se convirtió este apasionado revolucionario en un estadista moderado? En prisión, tuvo que moderar sus respuestas a todo. Había pocas cosas que un preso pudiera controlar. Lo único que podía controlar, lo único que debíacontrolar, era a sí mismo. No había lugar para arrebatos, autoindulgencia o falta de disciplina. No tenía ningún espacio privado” (Stengel, 2009, 15).

Se alude a un cambio en el carácter de Mandela hacia la moderación debido a su estancia en prisión durante 27 años. Es algo difícil imaginarse cómo adaptarse a un encarcelamiento tan prolongado y qué consecuencias tiene para la manera de ver el mundo. Sí cabe reflexionar sobre el papel de las privaciones en la educación y en el carácter. Las situaciones excepcionalmente malas implican desarrollar mecanismos para hacerles frente y, de esta forma, moldean el carácter. Uno se convierte en virtuoso, actuando virtuosamente. Los hábitos y disposiciones morales que se consolidan haciendo frente a la adversidad, serán el mejor recuerdo, forjando el carácter, que la mala etapa se ha superado.

En una frase atribuida a Aristóteles, se afirma que “las raíces de la educación son amargas, pero sus frutos son dulces”. La moderación se vincula con las virtudes de la prudencia y la templanza. Que los muchos años en prisión de Mandela supusieran que se convirtiese en un hombre de Estado moderado, habla bien de sus valores humanos. Es su forma característica de liderazgo. Otros, en cambio, fomentarían la división con espíritu vengativo.

“La mayoría de la gente diría que Nelson Mandela personifica el coraje. Pero el propio Mandela define el valor de una manera curiosa. No lo ve como algo innato, ni como una especie de elixir que podemos beber, ni como algo que se aprende de forma convencional. Lo ve como la forma en que elegimos ser. Ninguno de nosotros nace valiente, diríamos; todo depende de cómo reaccionamos ante diferentes situaciones” (Stengel, 2009, 23).

La valentía se demuestra con hechos, no con retórica. En cada biografía puede encontrarse decisiones donde el coraje ha sido utilizado, u omitido, aunque luego se den diversas versiones de los acontecimientos. El coraje se muestra en ocasiones donde las decisiones implicadas entran en tensión con el propio bienestar. Ser valiente se convierte así en el camino difícil y suelen ser menos los que lo eligen.

“Comprendía que una parte —una parte bastante importante— del liderazgo es simbólica, y él era un símbolo espléndido. Pero sabía que no siempre podía estar al frente, y que un gran objetivo podía fracasar a menos que empoderara a otros para liderar. En el lenguaje del baloncesto, quería el balón, pero entendía que tenía que pasárselo a otros y dejarles tirar. Mandela creía sinceramente en las virtudes del equipo y sabía que, para sacar lo mejor de su propia gente, tenía que asegurarse de que participaran en la gloria y, lo que es más importante, de que sintieran que influían en sus decisiones” (Stengel, 2009, 75).

Una parte esencial del liderazgo consiste en saber cómo compartirlo, aunque suene algo paradójico. Se dan personalidades desbordantes, carismáticas y únicas, pero a fin de cuentas todos somos seres humanos y eso significa tener una condición que tiene límites y depende de circunstancias. Es bueno saber trabajar en equipo y saber delegar. Crear una cultura de trabajo basada en valores compartidos y compartir los éxitos en conjunto y con quien toma decisiones, saber asumir las responsabilidades cuando algo no funciona.  

“Nelson Mandela es un hombre de principios, exactamente uno: igualdad de derechos para todos, independientemente de raza, clase social o género. Casi todo lo demás es táctica. Puede parecer una exageración, pero hasta un punto que muy pocos sospechan, Mandela es un pragmático convencido que estaba dispuesto a transigir, cambiar, adaptarse y perfeccionar su estrategia siempre y cuando eso le llevara a la tierra prometida” ( Stengel, 2009, 103).  

Esto me recuerda la cuestión de Max Weber sobre ética y política. La ética de la convicción se basa en ideales y creencias y es para todos. La ética de la responsabilidad se basa en las consecuencias de las acciones y es una ética especial de los políticos. Se plantea la controversia de si en política son compatibles ambas éticas.  El enfoque de Nelson Mandela es que su ética de la convicción le lleva a defender la igualdad de derechos basada en la igual dignidad humana como principio irrenunciable. A su vez, defendía una ética de la responsabilidad, donde los políticos han de evaluar sus acciones en función de sus consecuencias. Y esto implica una elección específica entre medios y fines, una estrategia, elemento clave de la racionalidad política.

Bibliografía

Stengel, Richard (2009), Mandela’s way. Fifteen Lessons on Life, Love, and Courage, New York: Crown Publishers, preface by Nelson Mandela.

Diego de Saavedra Fajardo, Empresas políticas (II)

Oscar Pérez de la Fuente

Universidad Carlos III de Madrid

https://orcid.org/0000-0002-3708-846X

Resumen

El texto presenta a Diego de Saavedra Fajardo (1584–1648) como diplomático y pensador político, y comenta pasajes del volumen II de Empresas políticas, obra destinada a orientar el ejercicio del poder. A partir de varias citas, se discuten problemas clásicos de la ética pública. Primero, se advierte del peligro de que quienes ocupan cargos se muevan por el afán de lucro: a diferencia de la lógica del mercado, en la administración deben primar la rendición de cuentas, la transparencia, el rigor presupuestario y la gestión de conflictos de interés. En segundo lugar, se subraya la responsabilidad política del gobernante: aunque delegue en ministros capaces, no puede desentenderse de los asuntos, y debe dimitir cuando pierde la confianza o cuando falla en la vigilancia o en la elección de subordinados (culpa in vigilando y culpa in eligendo). El texto también sitúa a Saavedra en una tradición elitista que recela de la inconstancia del “vulgo”, conectándola con críticas contemporáneas a la videocracia y a las redes sociales, y plantea el riesgo de una demagogia digital más sofisticada. Por último, se propone una pauta estratégica: prudencia para deliberar, destreza para ejecutar y constancia para concluir, combinando pragmatismo maquiaveliano y moderación aristotélica.

Palabras clave: demagogia tecnológica, dimisión o cese, elitismo, prudencia, responsabilidad jurídica, responsabilidad política

ISSN: 3127-3416

https://doi.org/10.67647/estrategiaminerva.2026.02

Diego de Saavedra Fajardo fue un escritor político, crítico literario, poeta, filósofo y jurista español, que nació en Algezares en 1584 y murió en Madrid en 1648. Recientemente, dediqué un post a comentar su ensayo Empresas políticas, que es una obra monumental con IV volúmenes y 100 empresas, como anuncia el subtítulo. Estos libros reúnen los consejos de quien fue diplomático como profesión sobre cómo ejercer el poder político de la mejor manera. 

A continuación, se comentarán fragmentos del volumen III del libro Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas (1958) de Diego de Saavedra Fajardo al estilo de Estrategia Minerva Blog.

“Los muy atentos a engrandecerse y fabricar su fortuna son peligrosos en los cargos; porque, si bien algunos la procuran el mérito y la gloria, y estos son siempre acertados ministros, muchos tienen por más seguro fundalla sobre las riquezas, y no guardar el premio y la satisfacción de sus servicios de la mano del príncipe, casi siempre ingrata con el que más merece” (Saavedra Fajardo, 1958, 15).

El ánimo de lucro suele afirmarse como motor del sector privado. La explicación de mano invisible del mercado de Adam Smith y la fábula de las abejas de Mandeville, con diversas intensidades y matices, sostienen que, desde los vicios privados, como la avaricia, el lujo, el afán de lucro, la envidia, se llega a consecuencias públicas positivas, como la riqueza, la eficiencia o la libre competencia. No obstante, como sostiene Saavedra Fajardo en este pasaje, no es adecuado que el afán de lucro sea el objetivo de los que tienen responsabilidades en el sector público. La política se legitima de forma que los gobernantes rindan cuentas de su gestión, que ha de caracterizarse por la transparencia, el rigor con el presupuesto público y una adecuada gestión de los conflictos de intereses. 

“Pero, aun cuando la necesidad obligare a esto al príncipe, no ha de vivir descuidado y ajeno a los negocios, aunque tenga ministros muy capaces y fieles; porque el cuerpo de los Estados es como los naturales que, faltándole el calor interior del alma, ningunos remedios, ni diligencias bastan a mantenellos o a sustentar que no se corrompan. Alma es el príncipe de su República y para que viva es menester que en alguna manera asista a sus miembros y órganos” (Saavedra Fajardo, 1958, 54).

Salvando las debidas distancias contextuales, en estas líneas de Saavedra Fajardo alude, de forma incipiente, a la noción de responsabilidad política. Desde la responsabilidad jurídica, si alguien comete un delito y es condenado por un juez, debe entonces cumplir una sanción, que puede consistir en pena de prisión, multa o inhabilitación de derechos políticos. Desde la responsabilidad política, si alguien ejerce una responsabilidad pública y ha cometido hechos que implican una reprobación grave y le llevan a perder la confianza de quien lo nombró, debe dimitir. La dimisión o cese es la sanción de la responsabilidad política. Además, el gobernante es responsable políticamente si no ha vigilado apropiadamente a los subordinados –culpa in vigilando– o si nombró a alguien y resultó negligente al no darse cuenta de lo manifiestamente inadecuado que era su candidato para el puesto –culpa in eligendo-. Es destacable que la responsabilidad de los gobernantes va más allá de meramente no cometer delitos y, ante casos graves, si se ejerce la responsabilidad política, el mejor camino es dejar el cargo público. 

“El vulgo de cuerdas desta arpa del reino es el pueblo. Su naturaleza es monstruosa en todo y desigual a sí misma, inconstante y varia. Se gobierna por las apariencias sin penetrar el fondo. Con el rumor se consulta. Es pobre de medios y consejos, sin saber distinguir lo falso de lo verdadero; inclinado siempre a lo peor. Una misma hora se ve vestida de dos afectos contrarios. Mas se deja llevar dellos que de la razón, más del ímpetu que de la prudencia, más de las sombras que de la verdad” (Saavedra Fajardo, 1958, 122-123).

Existe una tradición elitista en la Historia de las Ideas desde Platón. Algún recelo mostraba Sartori en Homo Videns, sobre la videocracia y cómo el criterio para elegir candidatos en los partidos políticos era fijarse en actores o deportistas porque ya eran famosos, porque aparecían en televisión. Umberto Eco criticaba las redes sociales porque habían dado voz a algunos necios, que antes apenas nadie escuchaba. La clave, en la era digital, es si la manipulación del pueblo por los demagogos sigue incluso más sofisticada, camuflada entre avances tecnológicos.

“Tres cosas se requieren en las resoluciones: prudencia para deliberallas, destreza para disponellas y constancia para acaballas. Vano fuera el trabajo y ardor en sus principios si dejásemos (como suele suceder) inadvertidos los fines. Con ambas áncoras es menester que las asegure la prudencia” (Saavedra Fajardo, 1958, 140).

Este parece un interesante planteamiento para establecer una estrategia. Se pueden advertir dos fuentes de inspiración: Maquiavelo y Aristóteles. Por una parte, en estas líneas de Saavedra Fajardo, se desprende pragmatismo y una adecuación de medios a fines y la relevancia en la elección de estos y aquellos, lo cual está en la línea de algunos escritos de Maquiavelo. Por otra parte, el énfasis en la prudencia, que Aristóteles consideraba virtud de virtudes, que se centraba en la racionalidad práctica y tenía como objetivos los fines de los seres humanos, la felicidad o el florecimiento humano. Las virtudes, según la perspectiva aristotélica, surgen como término medio entre los vicios, uno por defecto y otro por exceso. Una apelación a la moderación como guía para la vida humana. 

Bibliografía

Saavedra Fajardo, Diego de (1958), Empresas políticas o Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas, vol. III, Madrid: Espasa Calpe, edición y notas de Vicente García de Diego.

Franklin Roosevelt, adversidad y crecimiento

Oscar Pérez de la Fuente

Universidad Carlos III de Madrid

https://orcid.org/0000-0002-3708-846X

Resumen

Franklin D. Roosevelt (1882–1945) fue el 32.º presidente de Estados Unidos (1933–1945) y una figura decisiva en la salida de la Gran Depresión y en la conducción del país durante la Segunda Guerra Mundial. Formado en Harvard y Columbia, y subsecretario de Marina entre 1913 y 1920, se integró en el Partido Demócrata y alcanzó un liderazgo excepcional al ser el único presidente elegido para cuatro mandatos consecutivos. El texto, a partir de un capítulo de Doris Kearns Goodwin, subraya su modo de afrontar la adversidad: el optimismo como estrategia sostenida. En 1921 contrajo una enfermedad que le dejó paralizadas las piernas, lo que obliga a pensar la vulnerabilidad compartida y cómo la discriminación puede atravesar distintas dimensiones de la identidad. También se destaca el papel de Eleanor Roosevelt: su crítica directa, su compromiso moral y su cercanía a activistas ampliaron el horizonte progresista del presidente; la lealtad, se sugiere, implica criticar con empatía y respetar decisiones. En política económica, Roosevelt asumió el liderazgo frente a la inacción y resistencias conservadoras, impulsando medidas “radicales” como el seguro de desempleo y, ya en la presidencia, el Estado social (Welfare State), legitimando la intervención pública para proteger derechos sociales y promover igualdad material.

Palabras clave: adversidad, crítica constructiva, Estado social, lealtad, minoría, optimismo

ISSN: 3127-3416

https://doi.org/10.67647/estrategiaminerva.2026.01

Franklin Delano Roosevelt nació en Nueva York en el año 1882 y falleció en Warm Springs, Georgia en 1945, ocupó la presidencia de los Estados Unidos entre 1933 y 1945, siendo el trigésimo segundo presidente del país. Era primo lejano del expresidente Theodore Roosevelt y había estudiado en Harvard (además de en la Universidad de Columbia), al igual que él. Fue subsecretario de Marina entre 1913 y 1920, pero, a diferencia de su antecesor, Franklin se unió al Partido Demócrata.

ISSN: 3127-3416

Franklin Roosevelt no fue un presidente más en la historia de los Estados Unidos. No fue únicamente el presidente que logró rescatar a la potencia del norte de América de la crisis económica más grave que ha vivido, tras el crack bursátil de 1929. Fue el único presidente de Estados Unidos en lograr cuatro mandatos presidenciales (y consecutivos), guiar a la nación durante la Segunda Guerra Mundial y encaminar la economía nacional hacia territorios que no se habían explorado antes: el keynesianismo.

Doris Kearns Goodwin dedica un capítulo a Franklin Roosevelt en su libro Leadership in Turbulent Times: Lessons from the Presidents (2018) dedicado a su enfoque acerca de la adversidad y el crecimiento, cuyos fragmentos serán comentados, a continuación, con el estilo de Estrategia Minerva. 

“El optimismo incontenible de Roosevelt, su tendencia a esperar el mejor resultado en cualquier circunstancia, le proporcionó la fuerza fundamental que le ayudó a superar esta traumática experiencia. Desde el principio, se fijó un objetivo: un futuro en el que se recuperaría por completo. Aunque la necesidad le obligó a modificar el calendario para alcanzar esta meta, nunca perdió la convicción de que finalmente lo conseguiría” (Goodwin, 2018, 162). 

En 1921, Roosevelt contrajo una enfermedad que le dejó las piernas paralizadas de forma permanente y tenía que utilizar silla de ruedas. Que uno de los hombres más poderosos de su tiempo fuera en silla de ruedas, puede hacer reflexionar sobre la condición humana referida a la mutua vulnerabilidad. Alguna vez he defendido que todos somos minoría. Esto significa que la experiencia de discriminación y prejuicio en las diversas dimensiones de la identidad no es ajena a la vida de los seres humanos. En alguna de estas dimensiones, estos se sitúan dentro de la minoría y se aprende cómo es la vida siendo zurdo, disléxico o inmigrante. La lección desde el Presidente Roosevelt es que, frente a la adversidad, su estrategia era el optimismo y desde ahí en una incansable lucha frente a las circunstancias en las que se vive y, precisamente, algunas posiciones han visto en esa lucha el sentido de la vida, el componente nuclear de la libertad humana.  

“Eleanor, por supuesto, aportó la dimensión más esencial a la tendencia progresista y la seriedad moral del liderazgo de Franklin Roosevelt. ‘Quizás habría sido más feliz con una esposa que no fuera nada crítica’, observó en sus memorias, y añadió: ‘pero yo nunca fui capaz de serlo’. Era más intransigente, más directa, estaba más involucrada con activistas, cuyos pensamientos desafiaban los límites convencionales” ( Goodwin, 2018, 168).

Eleanor Roosevelt, esposa y compañera de viaje de Franklin Roosevelt, fue un ingrediente esencial para su éxito. La simbiosis entre crítica constructiva y lealtad son componentes que garantizan una relación fructífera. Algunas interpretaciones confunden lealtad con sumisión, mientras que, en otras ocasiones, se realizan críticas que tienen como objetivo central destruir a la otra persona. Ser leal implica saber criticar desde la empatía, poniéndose en el lugar del otro, reforzando así la relación. No obstante, si la otra persona, después de escucharnos, quiere seguir su camino, la lealtad hacia ella implica respetar su decisión. Algo parecido debió sentir John Stuart Mill cuando habla en Sobre la libertad de aconsejar a un amigo que se dirige a un puente, que ya no existe, y supondría su caída.

“Tras esperar durante el invierno y la primavera de 1931 a que el presidente Hoover y la administración republicana tomaran iniciativas federales, Roosevelt decidió a finales del verano ‘asumir el liderazgo y tomar medidas para el estado de Nueva York’. Convocó a la legislatura republicana a una sesión extraordinaria para aprobar lo que se consideraba una idea radical: un programa integral de seguro de desempleo patrocinado por el Estado. Sabía desde el principio que la mayoría republicana podía bloquear su propuesta. Al igual que el presidente Hoover, los líderes republicanos del Estado creían que la empresa privada, la caridad y el gobierno local eran las únicas instituciones capaces de hacer frente al desafío económico. Insistían en que las creencias procedentes de los lejanos niveles del gobierno estatal o federal solo perjudicarían la iniciativa del pueblo estadounidense y empeorarían el problema” (Goodwin, 2018, 178).

Una de las grandes aportaciones de Franklin Delano Roosevelt como presidente de los Estados Unidos fue poner en práctica el Estado social o Welfare State. Este se caracteriza porque el Estado adquiere un papel activo para alcanzar el bienestar de los ciudadanos y está preocupado por la igualdad material de estos. Se protegen derechos sociales, como la educación o la asistencia sanitaria o la Seguridad Social.  

Unos años antes, durante el mandato del Presidente Theodore Roosevelt hubo un precedente de este enfoque en el caso Lochner vs. New York, donde el Estado intervenía para regular el horario de las panaderías. Esto era algo inédito en la historia constitucional norteamericana guiada por la idea de que el Estado debía abstenerse de intervenir en la Economía. Lo interesante es que la mayoría de la Corte Suprema anuló la regulación siguiendo un criterio formalista, basado en variables estrictamente jurídicas. Sin embargo, en un voto disidente el juez Holmes aplicó un enfoque finalista, utilizando argumentos económicos y sociológicos y apoyaba la medida sobre el horario de las panaderías. Años después, la mayoría de la Corte Suprema cambió y se mostró favorable a la intervención del Estado en la Economía. Podríamos recordar a Aristóteles y decir que es interesante concebir cómo el Derecho tiene forma y sustancia.

Bibliografía

Goodwin, Doris Kearns (2018), Leadership in Turbulent Times: Lessons from the Presidents, UK: Penguin Books.