Francisco de Quevedo, consejos sobre política y gobierno

Oscar Pérez de la Fuente

Universidad Carlos III de Madrid

https://orcid.org/0000-0002-3708-846X

Resumen

El texto presenta a Francisco de Quevedo (1580–1645) como figura central del Barroco español y recuerda que, además de su fama literaria, desarrolló una vertiente política menos conocida. A partir de pasajes de Política de Dios y gobierno de Cristo, se destacan consejos sobre el ejercicio del poder y las virtudes del gobernante. Quevedo advierte contra el ministro ambicioso que se cree igual o superior al rey: la envidia y la codicia lo convierten en un servidor desleal y potencial tirano, por lo que la responsabilidad debe ejercerse con probidad y fidelidad. También sostiene que reinar es una tarea exigente: la vida pública requiere trabajo constante y rechaza la ociosidad, analogía que el autor vincula con la vocación académica entendida como dedicación plena. Una idea clave es la “obediencia” como primera virtud del rey, entendida no como humillación sino como sometimiento a la razón, la piedad y las leyes; quien obedece esos criterios gobierna mejor que quien manda sin límites. El ejemplo de Alfonso de Aragón ilustra la paciencia y la disposición a no exigir obediencia cuando lo ordenado no sea justo, lo que conecta con debates clásicos sobre autoridad, validez y justicia de las normas.

Palabras clave: Filosofía, lealtad, obediencia, ociosidad

Francisco de Quevedo y Villegas nació en Madrid en 1580 y falleció en Villanueva de los Infantes, Ciudad Real, en el año 1645. Se destacó como noble, político y uno de los autores más relevantes del período barroco en España. Se formó en Teología en la Universidad de Valladolid, institución en la que se volvió un poeta de gran valía y escribió contra su contemporáneo Luis de Góngora. Cultivó todos los géneros literarios, pero sobresalió principalmente por su gran maestría en el dominio del lenguaje, incluso de forma muy irónica

La faceta política de Francisco de Quevedo es bastante desconocida para el gran público. A continuación, se comentarán pasajes de su obra Política de Dios y gobierno de Cristo, sacada de la Sagrada Escritura para acierto del Rey y reino en sus acciones (1986) al estilo de Estrategia Minerva.

“No es criado, ni ministro del Rey, el que afecta a la grandeza de tal manera, que no sólo es igual a su rey, antes superior; este es envidioso de la corona; émulo del poder; tirano, criado a los pechos del favor, y alimentado, y crecido por la soberbia del desconocimiento y la codicia” (Quevedo y Villegas, 1986, 55).

La envidia es mala consejera. En este caso, el ministro ansía llevar la corona y actúa con doblez y deslealtad. Cada día tiene su afán y es bueno saber ejercer la responsabilidad que corresponda en cada momento, con diligencia, probidad y fidelidad.  Las posiciones son un aprendizaje para el día de mañana. 

 Se suele decir “no sirvas a quien ha servido”. Es una frase atribuida a Antonio Cánovas del Castillo y lleva a una cierta noción de elitismo, donde solo los mismos deben poder tener posiciones de relevancia. En mi opinión, precisamente porque se ha servido, se puede dar un buen ejemplo de cómo se debe tratar a alguien subordinado. 

“Que el reinar es tarea; que los centrales piden más sudor que los arados, y sudor teñido de las venas; que la corona es peso molesto, que fatiga los hombros del alma, primero que las fuerzas del cuerpo; que los palacios para el príncipe ocioso son sepulcros de una vida muerta, y para el que atiende son patíbulo de una muerte viva, lo afirman las gloriosas memorias de aquellos esclarecidos príncipes que no mancharon sus recordaciones, contando entre su edad coronada alguna hora sin trabajo” (Quevedo y Villegas, 1986, 144-154). 

Aquellos que se dedican a la vida pública deben ocupar sus días en trabajar y no en ser ociosos. Esto me recuerda la historia que escuché en la Universidad de Oxford sobre el profesorado concebido como un sacerdocio, donde la vida académica requiere una vocación y dedicación total, que se muestra en la influencia personal y formativa en los estudiantes, que va más allá de impartir las clases.  De nuevo, se plantea cuáles deben ser las virtudes de los profesores y cuáles deben ser las virtudes de los gobernantes. 

“La primera virtud de un rey es la obediencia; ella, como sabedora de lo que vale la templanza y moderación, dispone con suavidad al mandar en el sumo poder. No es la obediencia mortificación de los monarcas, que notablemente reconocen las grandes almas vasallaje a la razón, a la piedad y a las leyes. Quien a estas obedece, bien manda, y quien manda sin haberlas obedecido, antes martiriza que gobierna” (Quevedo y Villegas, 1986, 162-163).

Esta es una reflexión de Filosofía política que va contra la noción del poder ilimitado. Suena paradójico aconsejar al rey —el soberano— la virtud de la obediencia, pero Quevedo lo convierte en razonable. En primer lugar, apelando a la templanza y la moderación, virtudes que ya fueron destacadas por Aristóteles. Y, en segundo lugar, poniendo como guía a la razón, la piedad y las leyes. 

Que los gobernantes obedezcan las leyes es un principio básico del Estado de Derecho. Que sean racionales es deseable, ya que difícilmente se aceptaría ser regido por alguien como Nerón. Que sean piadosos sería encomiable, ya que la situación de los que peor están sería tenida en cuenta.

“El grande y magnánimo rey don Alfonso de Aragón (a quien todas las naciones llaman por excelencia el Sabio

) tuvo tan docta e invencible paciencia, que no solo sufrió que se le atraviesen, como se vio en el soldado que en público en Nápoles le detuvo con insolencia; mas no contento con perdonarlos, premió a los que de él hablaban mal; y no consintió que en su presencia se dijesen de otros, como sucedió con los que notaron a Nicolo Pichinino de bajo nacimiento. No solo no rehusaba que no le obedeciesen, antes mandaba a todos sus consejos que no le obedeciesen en lo que ordenase contra razón; y a los ministros que dependían de estos superiores mandaba que no los obedeciesen en lo que no fuese justo” (Quevedo y Villegas, 1986, 195-196).

Esto me recuerda el dilema de Eutifrón, que ya planteó Platón. Existe una versión con Dios, que sostendría: “¿Es bueno lo bueno porque Dios lo ordena, o Dios lo ordena porque es bueno?”

Existe otra formulación de este dilema con la noción de soberanía que podría ser: “Una norma es válida porque la autoridad soberana la dicta —Hobbes, Austin—, o la autoridad la dicta porque es justa —Tomás de Aquino—. “

El rey Alfonso de Aragón pedía que no le obedecieran en lo que no fuera racional, ni justo. Parece, entonces, que la obediencia puede comprender más criterios para tener en cuenta más allá de la validez jurídica. Existen bibliotecas enteras debatiendo estos temas de interés para la Filosofía del Derecho. Suelen darse enfoques formalistas o materiales para resolver este dilema. 

Bibliografía

Quevedo y Villegas, Franciso de (1986), Política de Dios y gobierno de Cristo sacad de la Sagrada Escritura para acierto de rey y reino en sus acciones, Swan, Real Sitio de Lorenzo del Escorial. 

Voz “Francisco de Quevedo” (2026), Planeta de libros. Disponible en: https://www.planetadelibros.com/autor/francisco-de-quevedo/000001378 (consulta: 1 de mayo 2026)

Franklin Roosevelt, adversidad y crecimiento

Oscar Pérez de la Fuente

Universidad Carlos III de Madrid

https://orcid.org/0000-0002-3708-846X

Resumen

Franklin D. Roosevelt (1882–1945) fue el 32.º presidente de Estados Unidos (1933–1945) y una figura decisiva en la salida de la Gran Depresión y en la conducción del país durante la Segunda Guerra Mundial. Formado en Harvard y Columbia, y subsecretario de Marina entre 1913 y 1920, se integró en el Partido Demócrata y alcanzó un liderazgo excepcional al ser el único presidente elegido para cuatro mandatos consecutivos. El texto, a partir de un capítulo de Doris Kearns Goodwin, subraya su modo de afrontar la adversidad: el optimismo como estrategia sostenida. En 1921 contrajo una enfermedad que le dejó paralizadas las piernas, lo que obliga a pensar la vulnerabilidad compartida y cómo la discriminación puede atravesar distintas dimensiones de la identidad. También se destaca el papel de Eleanor Roosevelt: su crítica directa, su compromiso moral y su cercanía a activistas ampliaron el horizonte progresista del presidente; la lealtad, se sugiere, implica criticar con empatía y respetar decisiones. En política económica, Roosevelt asumió el liderazgo frente a la inacción y resistencias conservadoras, impulsando medidas “radicales” como el seguro de desempleo y, ya en la presidencia, el Estado social (Welfare State), legitimando la intervención pública para proteger derechos sociales y promover igualdad material.

Palabras clave: adversidad, crítica constructiva, Estado social, lealtad, minoría, optimismo

Franklin Delano Roosevelt nació en Nueva York en el año 1882 y falleció en Warm Springs, Georgia en 1945, ocupó la presidencia de los Estados Unidos entre 1933 y 1945, siendo el trigésimo segundo presidente del país. Era primo lejano del expresidente Theodore Roosevelt y había estudiado en Harvard (además de en la Universidad de Columbia), al igual que él. Fue subsecretario de Marina entre 1913 y 1920, pero, a diferencia de su antecesor, Franklin se unió al Partido Demócrata.

Franklin Roosevelt no fue un presidente más en la historia de los Estados Unidos. No fue únicamente el presidente que logró rescatar a la potencia del norte de América de la crisis económica más grave que ha vivido, tras el crack bursátil de 1929. Fue el único presidente de Estados Unidos en lograr cuatro mandatos presidenciales (y consecutivos), guiar a la nación durante la Segunda Guerra Mundial y encaminar la economía nacional hacia territorios que no se habían explorado antes: el keynesianismo.

Doris Kearns Goodwin dedica un capítulo a Franklin Roosevelt en su libro Leadership in Turbulent Times: Lessons from the Presidents (2018) dedicado a su enfoque acerca de la adversidad y el crecimiento, cuyos fragmentos serán comentados, a continuación, con el estilo de Estrategia Minerva. 

“El optimismo incontenible de Roosevelt, su tendencia a esperar el mejor resultado en cualquier circunstancia, le proporcionó la fuerza fundamental que le ayudó a superar esta traumática experiencia. Desde el principio, se fijó un objetivo: un futuro en el que se recuperaría por completo. Aunque la necesidad le obligó a modificar el calendario para alcanzar esta meta, nunca perdió la convicción de que finalmente lo conseguiría” (Goodwin, 2018, 162). 

En 1921, Roosevelt contrajo una enfermedad que le dejó las piernas paralizadas de forma permanente y tenía que utilizar silla de ruedas. Que uno de los hombres más poderosos de su tiempo fuera en silla de ruedas, puede hacer reflexionar sobre la condición humana referida a la mutua vulnerabilidad. Alguna vez he defendido que todos somos minoría. Esto significa que la experiencia de discriminación y prejuicio en las diversas dimensiones de la identidad no es ajena a la vida de los seres humanos. En alguna de estas dimensiones, estos se sitúan dentro de la minoría y se aprende cómo es la vida siendo zurdo, disléxico o inmigrante. La lección desde el Presidente Roosevelt es que, frente a la adversidad, su estrategia era el optimismo y desde ahí en una incansable lucha frente a las circunstancias en las que se vive y, precisamente, algunas posiciones han visto en esa lucha el sentido de la vida, el componente nuclear de la libertad humana.  

“Eleanor, por supuesto, aportó la dimensión más esencial a la tendencia progresista y la seriedad moral del liderazgo de Franklin Roosevelt. ‘Quizás habría sido más feliz con una esposa que no fuera nada crítica’, observó en sus memorias, y añadió: ‘pero yo nunca fui capaz de serlo’. Era más intransigente, más directa, estaba más involucrada con activistas, cuyos pensamientos desafiaban los límites convencionales” ( Goodwin, 2018, 168).

Eleanor Roosevelt, esposa y compañera de viaje de Franklin Roosevelt, fue un ingrediente esencial para su éxito. La simbiosis entre crítica constructiva y lealtad son componentes que garantizan una relación fructífera. Algunas interpretaciones confunden lealtad con sumisión, mientras que, en otras ocasiones, se realizan críticas que tienen como objetivo central destruir a la otra persona. Ser leal implica saber criticar desde la empatía, poniéndose en el lugar del otro, reforzando así la relación. No obstante, si la otra persona, después de escucharnos, quiere seguir su camino, la lealtad hacia ella implica respetar su decisión. Algo parecido debió sentir John Stuart Mill cuando habla en Sobre la libertad de aconsejar a un amigo que se dirige a un puente, que ya no existe, y supondría su caída.

“Tras esperar durante el invierno y la primavera de 1931 a que el presidente Hoover y la administración republicana tomaran iniciativas federales, Roosevelt decidió a finales del verano ‘asumir el liderazgo y tomar medidas para el estado de Nueva York’. Convocó a la legislatura republicana a una sesión extraordinaria para aprobar lo que se consideraba una idea radical: un programa integral de seguro de desempleo patrocinado por el Estado. Sabía desde el principio que la mayoría republicana podía bloquear su propuesta. Al igual que el presidente Hoover, los líderes republicanos del Estado creían que la empresa privada, la caridad y el gobierno local eran las únicas instituciones capaces de hacer frente al desafío económico. Insistían en que las creencias procedentes de los lejanos niveles del gobierno estatal o federal solo perjudicarían la iniciativa del pueblo estadounidense y empeorarían el problema” (Goodwin, 2018, 178).

Una de las grandes aportaciones de Franklin Delano Roosevelt como presidente de los Estados Unidos fue poner en práctica el Estado social o Welfare State. Este se caracteriza porque el Estado adquiere un papel activo para alcanzar el bienestar de los ciudadanos y está preocupado por la igualdad material de estos. Se protegen derechos sociales, como la educación o la asistencia sanitaria o la Seguridad Social.  

Unos años antes, durante el mandato del Presidente Theodore Roosevelt hubo un precedente de este enfoque en el caso Lochner vs. New Yorkdonde el Estado intervenía para regular el horario de las panaderías. Esto era algo inédito en la historia constitucional norteamericana guiada por la idea de que el Estado debía abstenerse de intervenir en la Economía. Lo interesante es que la mayoría de la Corte Suprema anuló la regulación siguiendo un criterio formalista, basado en variables estrictamente jurídicas. Sin embargo, en un voto disidente el juez Holmes aplicó un enfoque finalista, utilizando argumentos económicos y sociológicos y apoyaba la medida sobre el horario de las panaderías. Años después, la mayoría de la Corte Suprema cambió y se mostró favorable a la intervención del Estado en la Economía. Podríamos recordar a Aristóteles y decir que es interesante concebir cómo el Derecho tiene forma y sustancia.

Bibliografía

Goodwin, Doris Kearns (2018), Leadership in Turbulent Times: Lessons from the Presidents, UK: Penguin Books.

Francesc Eiximenis, sobre el gobierno de lo público

Eiximenis dio consejos sobre cómo gestionar mejor la vida pública.


Francesc Eiximenis nació en Girona en 1327 y murió en Perpiñan en 1409. Entró en la orden franciscana muy joven. Posiblemente fue uno de los autores catalanes medievales más leídos de su tiempo. Formado en las universidades de Oxford, Toulouse y París, Viajó mucho por toda Europa. Volvió a Cataluña para poco después trasladarse a Valencia donde vivió de 1382 a 1408.

Escribió en su mayoría obras de tipo religioso, entre las que destaca una especie de Suma Teológica en lengua vulgar, titulada “Lo Crestià”, que no pudo completar. No obstante, Francesc Eiximenis escribió un obra titulada “Regiment de la cosa pública” dando consejos a los gobernantes y especificando en qué valores basar la esfera pública. 

Para resumir sus ideas sobre la cosa pública, Francesc Eixeimenis afirma “cinc són los fonaments principals de la cosa pública, ço és a saber concòrdia, observació de llurs lleis, justícia, fealtat, saviesa de consells per què es requereixen” (Regiment de la cosa pública, cap. XVIII).

Los cinco fundamentos de la cosas pública para Eiximenis son: concordia, observación de las leyes, justicia, lealtad y sabiduría. La justicia y las leyes son dimensiones habituales en este contexto, las otras nociones son aportaciones más originales. 

La concordia no se encontrará si cada individuo o grupo buscando su fin particular entra en discordia con otros. La gestión de conflicto es un tema clave en la sociedades diversas. Lo que afirma Eiximenis es que aquellos responsables de la cosa pública tienen un especial deber de concordia.

Lealtad es otro tema clave como vínculo de compromiso que une sociedades, valores e individuos. La pregunta de la polémica liberal/comunitarista, que retomó el republicanismo cívico es: “¿puede ser estable una sociedad compuesta por la república de los egoístas, donde cada uno va a lo suyo?”. La respuesta que pareció entonces más convincente es que el bien común necesita defensores y adhesiones cotidianas, en forma de virtudes cívicas, como la lealtad, la honestidad o la solidaridad. Pero para el cultivo de estas virtudes deben darse una serie de marcos referenciales y horizontes de significación adecuados desde la educación, la cultura y los medios de comunicación.

La cosa pública tiene que ver con consejos que provengan de la sabiduría. Los spins doctors de hoy, animales políticos que aconsejan a los políticos, se rigen por las encuestas electorales, el titular fácil y la polémica en redes sociales. De esta forma es difícil saber cuándo se arreglan los problemas de fondo, cuándo se piensa en las generaciones futuras, cuándo se mejora la calidad de vida -especialmente de los que están peor-, no basándose en apariencias mediáticas del corto plazo.

La concordia, la lealtad y la sabiduría llevan en el ejercicio de la política a separar entre cuestiones de Estado, donde es importante llegar a consensos amplios y estables, y cuestiones más políticas, donde las diversas contiendas pueden agrupar diversas mayorías que pueden variar en el espectro ideológico.

Francesc Eixeimenis define la justicia como “és virtut aital que, servat primerament lo profit de la cosa pública, dóna a cascú ço que seu és. Per les quals paraules pots veure com justícia principalment guarda al profit de la comunitat e puis entén a fer bé a cascú en particular, car de profit comú se segueix profit a cascú de la comunitat en quant són membres de la comunitat” (Regiment de la cosa pública, cap. XII).

La definición aquí que se da de justicia, en beneficio de la cosa pública, es dar a cada uno lo que es suyo. Y añade que entiende que el beneficio de la comunidad es hacer el bien a cada uno en particular ya que el beneficio común se sigue que el beneficio de cada uno de la comunidad en cuanto son miembros de la comunidad.

Definir la justicia como dar a cada uno lo que es suyo es un fórmula vacía, como ya advirtió Kelsen. La clave es el criterio de relevancia entre los iguales y los diferentes. Eiximenis añade un enfoque que se puede calificar de comunitarista, que tiene como referente la comunidad medieval. Allí había jerarquías en forma de estamentos. 

Su visión de la comunidad marca una frontera nítida entre los miembros  y los no miembros de la comunidad, pero en las actuales sociedades globales la cuestión que plantea Rorty es que para ser solidario es necesario ampliar el círculo del nosotros, hacer una comunidad mayor. O bien, plantearse ser solidario con los otros, lo no-miembros, los excluidos.

En regiment de la cosa publica, se puede leer: “lo terç notable és que, per a be aconsellar e consultar la cosa pública, comuntment los consellers deuen ésser antics e no jovens (…) en los antics és la saviesa. Experiència ho ensenya, que lo jóvens no saben tant de bé com los antics” (Regiment de la cosa pública, cap. XVII).

Eiximenis nos señala que en los mayores está la sabiduría, gracias a la experiencia. Los jóvenes son el ímpetu, el impulso y algunas nuevas ideas. Sin embargo, la cosa pública requiere tomar decisiones con inteligencia, habiendo sopesado todos los extremos, desde el saber de los años y los errores del pasado, que pueden transformarse en aciertos en el futuro.   

Eiximenis hace una critica a los abogados con estas palabras: “per bon estament de la cosa publica deu hom esquivar que no s’hi multipliquen molte jurites ne advocats. Car aquest aitals, han de pendre grans salaris de llurs davopcaciones e han de tenir grans maneres a atractar les causes a llurs profits, així com és dar gran dilacions en el causes, puntejar agudamente o supèrflua en ço és clar, emparar molts negocis e espataxar-se pocs (…) E jatsia que ofici de juriste sia fort bo a la cosa pública quant és en persona espataxada e ab consciencia, emperò en persona mala és destrucció de tots aquells qui ab ells han a tractar” (Regiment de la cosa pública, cap. XXVIII).

El autor se hace eco de la mala fama de los juristas y abogados, de las dilaciones en las causas, de llevar muchos casos y sacar adelante pocos. La conclusión es que el oficio de jurista es bueno para la cosa publica si se trata de una persona espabilada y con conciencia, pero si es mala persona es la destrucción de todos aquellos con quien ha de tratar.

Todas las profesiones tienen modelos de excelencia que, en ocasiones, se recogen en códigos de deontología profesional o bien, sitúan ciertos deberes o virtudes como deseables para ser un buen profesional. Entre los ideales y el día a día, los profesionales del Derecho deben con su trayectoria mostrar su utilidad social y buen hacer, a lo largo de los años.